Mientras camina sereno por las calles aledañas al parque principal, con boina, bastón y muchas canas, a Héctor Robledo, de 83 años, le atormenta que en Sabaneta, donde vivió siempre, hoy crezcan más edificios que plátano.
Como a este pueblo llegó en 1954, cuando aún era corregimiento de Envigado, los recuerdos que tiene son los de un Sabaneta fresco, amplio, de casas viejas, muchos árboles, ganado, caballos y poblado por familias humildes que se asentaron en el territorio porque trabajaban en el Ferrocarril, en una empresa de cerámicas y en cultivos de plátano y de café.
“Ahora esto no es sino concreto, esas fiestas del plátano ya no se deberían llamar así”, dice en tono crítico, pero admite que, pese a todos los cambios, su municipio, del que fue el primer Contralor, sigue siendo bueno para vivir si se compara con los vecinos.
Cuando se volvió urbano
Aunque la vida de Sabaneta como Municipio empezó en 1967, cuando se creó por la Ordenanza N°7, en realidad el territorio que hoy ocupa se empezó a poblar desde el siglo XVII, cuando era una comunidad agrícola.
Según describe el historiador Vedher Sánchez Bustamante en el libro “Sabaneta Ayer y Hoy”, recién publicado, “la vida urbana arranca el 27 de agosto de 1896, cuando se coloca la primera piedra para el templo de la parroquia de Santa Ana por el padre Jesús María Mejía Bustamante”.
Pero a decir verdad, no corrió mucha agua sobre el molino, porque en la década del 70 aún tenía menos de 15.000 habitantes. Hoy, según las cuentas del alcalde local, Iván Montoya Urrego, son 100.000.
Eso sí la expansión urbana de este municipio, poblado al inicio por indígenas anaconas, empezó casi que a inicios del 2000.
Guillermo de Jesús Gallego, conocido como “Guillego”, un fotógrafo que vive allí desde 1970 y que se recorrió prácticamente todas las casas tomando retratos familiares, sostiene que el primer edificio que se construyó es la Torre Marión, ubicada en la carrera 45A, entre las calles 73 y 74, barrio Holanda, donde él reside.
“Ese edificio -diez pisos- lo hicieron en el 93, y el segundo lo inauguraron en 2004, pero de ahí para acá esto no paró y hoy no somos el municipio del plátano sino el del chorizo”, dice “Guillego”.
Con lo de chorizo se refiere a las torres altas que han ido creciendo y que convirtieron a Sabaneta en una urbe que él describe como una “ciudad actualizada”, en contraste con la descripción de “paraíso campesino” que le da al Sabaneta viejo.
Según cifras de la Alcaldía, hoy hay más de 34.000 viviendas, de las cuales 18.389 se construyeron entre 2012 y el presente año, mucha presión para un territorio de escasos 15,92 km2, considerado el municipio más pequeño del país.
Los viejos se quedaron
Es peculiar en Sabaneta la imagen de ancianos que caminan de bastón por las calles, entre centros comerciales, restaurantes y almacenes de remates. Explica “Guillego” que esos veteranos, entre los que está Héctor Robledo, nunca se fueron porque, a pesar de todo, Sabaneta sigue siendo muy agradable para vivir.
“Acá no había fincas de ricos sino territorios poblados por familias de estratos 1, 2 y 3, muchos campesinos que salían los domingos a la plaza, montaban en buses de escalera y cultivaban la tierra”, dice.
Hacia 1750, en este territorio se asentaron los Montoya, Restrepo, Vélez, Díaz, Vásquez, Guzmán, Garcés y Baena, entre otros, todas familias de españoles. Hoy, los pobladores poco se conocen entre sí, pues a habitar las nuevas torres de apartamentos llegan de todo el Valle de Aburrá. Sabaneta crece hacia el cielo.
La “cueva” de los recuerdos
En sus 50 años, cuyas celebraciones oficiales arrancaron ayer y continúan hoy, Sabaneta es objeto de críticas porque los últimos alcaldes otorgaron excesivas licencias de construcción, que terminaron desbordando la capacidad del territorio para absorber tanta población. Aún así, no pierde el encanto pueblerino.
Esto se comprueba en el bar “Dejar que digan”, que todo el mundo conoce como “La Cueva”, con 80 años de historia y que es visitado por los más veteranos, “pues acá se escuchan carrileras y rancheras y se toma guaro, que es lo que les gusta a los campesinos”, asegura su dueño, Libardo Vásquez, casi tan viejo como el sitio.
En este bar, al menos, “aún se siente el Sabaneta viejo, el de nosotros”, dice Rubén Vélez, que nació allí en 1954. En el Sabaneta que era rural....