Las navidades que recuerda Flor no son estruendosas ni parranderas. Se ve niña, rodeada de nueve hermanos y una madre que los sacó adelante sola ante la ausencia del padre. La imagen, nítida, es de la finca donde vivían, rodeados de los majestuosos paisajes del Suroeste antioqueño, comiendo natilla y un almuercito especial que cocinaba la mamá. Las navidades que recuerda Flor son el fragmento de una infancia dura, pero feliz, de una historia que terminó en vínculos rotos porque la violencia cayó con todo el rigor sobre su familia y dejó rastros que aún atormentan.
Pero este diciembre, en particular, Flor agradece tal vez el mejor regalo de 2023: después de 17 años de desaparecido, recibió los restos de Gildardo, uno de sus hermanos asesinados, y pudo darle una sepultura digna. Eran cinco niños y cinco niñas que crecieron en la vereda Corcovado, de Titiribí, recuerda Flor mientras señala una montaña con casitas clavadas que se ven diminutas a lo lejos. Ella, una de las mayores, ayudó a criar a los hermanos, porque la madre trabajaba desyerbando, podando, sembrando o recogiendo café para poder sostenerlos.
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Era una vida de carencias, pero tranquila y con la familia unida. Hasta que empezaron a escucharse las historias mil veces repetidas por quienes soportaron el horror del conflicto armado: cuerpos tirados al lado del camino, gente desaparecida, amenazas y zozobra.
La llegada del conflicto
Hace 22 años, Antonio Jesús fue el primero de los 10 hermanos arrebatado del hogar. Los paramilitares lo asesinaron. La familia se desplazó, como muchas otras de la zona obligadas a abandonar sus casas, sus animales, sus cultivos, la vida tal como la habían construido, porque los ríos empezaron a teñirse de sangre y los disparos aturdieron hasta el canto de los pájaros. Ningún diciembre volvió a ser igual. Los hermanos de Flor tomaron rumbos distintos; algunos, como ella, persistieron en el Suroeste antioqueño.
Fue allí que, poco después de asesinado Antonio Jesús, les dijeron que Gildardo estaba en una lista de grupos armados y que iban a asesinarlo. Huyó de casa, a sus 30 años, y dejó un niño de 4. Al principio llamaba a una vecina para preguntar cómo estaban todos, para dar razón de cómo estaba él. Pero en 2006 no volvieron a tener noticias de él. En octubre de ese año, el padre, que reapareció en la vida de la familia, fue a buscar a su hijo en el lugar donde vivía, en Ciudad Bolívar. Le dijeron que se había ido a recoger café por los lados de Armenia, Quindío.
Nunca volvió a llamar. Ni siquiera fue al entierro de la madre, en 2007. “Tal vez se le perdió el papelito donde estaba escrito el número de teléfono”, pensaron tantas veces. “Le pasó algo”, dijeron en las horas de pesimismo. “Se desentendió de la familia”, sintieron con resignación. “Lo alcanzaron los paramilitares”, temieron en los momentos de mayor incertidumbre.
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Solo alguien que haya vivido la desaparición de un ser querido, dice Flor, puede entender que ese es un suplicio, una tortura, un tormento que no cesa: “Usted día y noche se pregunta dónde está, dónde quedó, cómo le va, cómo se ve”. El hijo de Gildardo creció también con la ausencia, preguntándose por qué el padre no llamaba, queriendo desentrañar el misterio de si lo quería, si pensaba en el pequeño niño que dejó antes de huir.
La recuperación del cuerpo
Lo que entonces no sabían era que pasadas casi dos décadas desde la última vez que lo vieron, iban a recibir de nuevo a Gildardo. Les entregaron sus restos, el pasado 15 de septiembre, en un pequeño cofre que hoy reposa en un osario en el pabellón San José del cementerio de Titiribí, el mismo donde están su padre y su madre, que se fueron sin poder ver a su hijo una vez más. A Gildardo hubieran querido recibirlo vivo, pero esa pequeña lápida, adornada con la única foto que conservan de él cuando estaba vivo y dos pequeños jarros con flores artificiales, es toda la certeza que necesitaban para estar tranquilos, para pasar el primer Año Nuevo sin la incertidumbre por su paradero.
En 2020, Flor pidió a las autoridades que buscaran a Gildardo. Pronto les dijeron que lo habían asesinado y que estaba en Apía, Risaralda. El caso quedó en manos de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), que comenzó un largo proceso con la familia para hacer la identificación plena y la entrega de los restos. Casi un año después, Flor y su hermana fueron al cementerio de Apía y se pararon frente a una tumba. Era un muro gris donde habían escrito, cuando el cemento estaba fresco, lo poco que tenían por decir de Gildardo, un muerto desconocido al que nadie reclamó por años. “NN, 14 de abril de 2013” era todo lo que se leía en esa bóveda que abrieron ante los ojos de las dos mujeres, quienes lloraron la pérdida y el reencuentro al mismo tiempo.
A Flor y a su sobrino, el hijo de Gildardo, les tomaron muestras de ADN para cotejarlas con las de aquellos restos que fueron trasladados al Instituto de Medicina Legal para ser identificados. Durante el proceso les contaron cómo lo mataron, cómo lo encontraron, cómo lo enterraron lejos de su hogar.
Tuvieron que esperar hasta septiembre de este año para que les devolvieran esos huesos que representan un alivio. Fue una entrega simbólica, linda, conmovedora. Les prestaron un salón del hospital municipal, donde tuvieron un tiempo de intimidad, de oración, de remembranza. El 16 de septiembre, caminaron hasta el camposanto, acompañados de familiares y amigos, algunos de la infancia, de la vereda donde crecieron y de la que tuvieron que escapar.
Allí volvieron a llorar. De dolor, de alegría, de alivio, de agradecimiento, de tristeza. De saber que la violencia sigue ensañada con ellos. A escasos metros del osario donde resguardaron el cofre está sepultado Juan José, otro hermano asesinado el pasado 11 de agosto, en Fredonia. Le faltó un mes para vivir la entrega de los restos de Gildardo.
Fueron cinco entregas en la oficina de la UBPD Medellín
La historia de Gildardo no es aislada. Es un relato que se repite en miles de familias que tienen un ser querido desaparecido por causa del conflicto armado en Antioquia, donde entre 1958 y 2016 se registraron 20.279 casos de desaparición forzada.
Este año, la oficina Medellín de la UBPD entregó también los restos identificados de otras cuatro víctimas de desaparición forzada: dos en la capital antioqueña, uno en Ituango (Norte) y el otro en Granada (Oriente). Además, articulados con la oficina de la entidad en Apartadó (Urabá), hallaron viva a una persona que se reencontró con su familia tras 27 años. También este año, recuperaron 72 cuerpos tras una intervención integral en varios cementerios del departamento: los de Anorí (Nordeste), Cocorná y San Francisco (Oriente), sumados a la recuperación de nueve restos más a campo abierto en el Suroeste, el Occidente y el Nordeste.
Todos están en procesos de identificación en Medicina Legal. Las búsquedas son alimentadas por la constancia de familias que no se rinden y tienen aportes de firmantes del Acuerdo de Paz, organizaciones sociales y comparecientes ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).
Son 111 municipios de Valle de Aburrá, Oriente, Suroeste, Occidente, Norte, Nordeste y Bajo Cauca donde la sede de Medellín busca desde 2016 a los seres queridos que pudieron ser asesinados y desaparecidos por grupos armados ilegales o por el Ejército. Los casos de Urabá y Magdalena Medio los tienen las oficinas territoriales de Apartadó y Barrancabermeja.
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Gloria María Araque, coordinadora de la oficina territorial en Medellín, cree que en el último año creció la comprensión sobre el mandato de la entidad y de su carácter humanitario y extrajudicial: “Hubo una apertura de las instituciones, que ha permitido una mejor articulación y ha mejorado la respuesta a las familias que buscan a sus seres queridos”. Para esto, en 2023, se hicieron 227 tomas de muestras de ADN a familiares que no cesan en su lucha por encontrar.
De los frutos de esa lucha Flor sabe más que nadie. Por eso, hace algunos años se sumó a la Mesa de Víctimas de Venecia, municipio donde reside, en representación de las víctimas de desaparición forzada y de desplazamiento. Allí trabajan por sus derechos, pero también tienen tiempo para compartir el sufrimiento que puede camuflarse, pero no se esfuma.
Puede que este diciembre tampoco sea de grandes celebraciones en la casa de Flor, pero lo vive convencida de que es una carga menos de un dolor que consume. Recordará a sus padres, en especial a su madre; esbozará una sonrisa cuando piense en Antonio Jesús, Gildardo y Juan José, los tres hermanos hombres del medio que fueron casi como hijos que ayudó a “levantar” y que la guerra le quitó. Se reirá de sus travesuras, de cuando no iban a estudiar porque sus zapatos se empantanaban en la larga travesía a la escuela y preferían quedarse jugando en el campo, trepando árboles y cogiendo frutas.
Y sentirá un respiro por haber encontrado tras 17 años: “Después de una larga búsqueda, de uno no saber ni dónde estaba, ya podemos decir que ahí está, en el cementerio, donde podemos rezarle o arreglarle la lápida. No lo encontré de la mejor manera, pero por lo menos lo encontré”.
Otras entregas dignas de 2023
José Donaldo Rodríguez Taborda, Ituango
Trece años después de verlo por última vez, la familia de José Donaldo Rodríguez Taborda recibió en un pequeño cofre la certeza que necesitaba tras una búsqueda incesante. Por mucho tiempo no lo supieron, pero en mayo de 2010 el cuerpo de José Donaldo fue sepultado, como NN, en el Jardín Cementerio Universal de Medellín, ciudad a la que llegó dos meses antes para visitar una tía y para ir donde el médico.
Tenía 33 años, nunca más regresó a Ituango, el lugar donde vivía, cuidaba a sus tres hijos y se dedicaba a la agricultura. Lo asesinó un grupo armado ilegal, pero la familia siempre tuvo esperanza de que estuviera vivo.
En 2021, la Fiscalía confirmó la muerte, la UBPD exhumó su cuerpo y se los entregó en Ituango, en septiembre pasado. “Trece años después podemos estar con mi hermano, no físicamente, pero sí lo tenemos con nosotros. Nos sentimos muy afortunados de poder darle una sepultura en su tierra natal”, dice su hermana Fanny.
Jairo César García Idárraga, Granada
El día que pudo sepultar a su hijo Jairo César García Idárraga, doña Pureza se vistió de rojo y no de negro. Lo hizo en honor a la memoria de su muchacho, que adoraba ese color, y como símbolo de alegría, porque recuperó sus restos tras 18 años de verlo por última vez, el 22 de junio de 2005, en la vereda de Granada donde vivían.
De allí lo sacaron, lo mataron y el Ejército lo hizo pasar como guerrillero muerto en combate. Luego, lo enterraron en el cementerio de San Rafael, en la misma región. Casi dos décadas después, en septiembre pasado, la UBPD le entregó los restos y confirmó que su hijo no era un guerrillero, sino un campesino de 21 años, trabajador y honesto.
Tampoco eran subversivos Álvaro, de 18 años, ni Javier, de 15, los otros dos hijos de Pureza que fueron asesinados en 2004 y en 2005, respectivamente. “Me siento como la mujer más contenta, me siento feliz, como si hubiera nacido ayer. Me siento como si estuviera viviendo en el cielo”, expresa la madre que, por fin, tiene certeza de dónde están los tres hijos que le arrebataron.
Javier González Parra, Medellín
Javier González Parra fueron entregados por la UBPD a su familia, en septiembre, tras 30 años de que el Ejército lo asesinara y lo presentara como guerrillero muerto en combate, para lo cual le cambiaron hasta las botas después de muerto. Era agosto de 2003 y vivían en Cocorná, de donde huyeron a Medellín para empezar de nuevo.
Fueron años sin saber que en el Cementerio Universal, habían enterrado a Francisco como cuerpo sin identificar. Allí permanece, pero en un osario nombrado, cuidado y que representa un alivio para la familia en medio de una tragedia que les dejó la guerra: aún esperan encontrar los cuerpos de tres hijos más, Emilio, José Luis y Jorge Enrique, desaparecidos por distintos actores armados entre el Oriente y el departamento de Caldas.
“Un día ‘Francisquito’ me dijo que quería irse, pero no me dijo para dónde. Quizás era algo que presentía”, recuerda María Inés, la madre que mantiene la esperanza de sepultar con dignidad a sus otros hijos.
Los planes para el nuevo año
En 2024, la UBPD continúa su labor con acciones que permitan recuperar, identificar y entregar con dignidad los restos de víctimas de desaparición forzada. Se hará una intervención en el cementerio de Rionegro y se adelantará la segunda fase en el de Cocorná y Anorí. Continuarán las búsquedas en los camposantos de San Carlos, San Luis y San Francisco y en fosas a campo abierto.
En el caso de Medellín, se planea iniciar en febrero la intervención en el área de La Escombrera, en la comuna 13, donde se presume que puede haber cuerpos inhumados. Gloria María Araque, coordinadora de la oficina territorial de la UBPD en Medellín, recordó a las familias que tienen seres queridos desaparecidos por causa del conflicto armado que pueden solicitar que se inicie la búsqueda, a través de la línea 316 278 39 18.