Murió doña Fabiola Lalinde. Su vida, como ella misma la describió, fue dolorosamente bella. Lo doloroso: la desaparición de su hijo Luis Fernando, por parte del Ejército, en octubre de 1984 y las ignominias a las que, ella y sus hijos, fueron sometidos mientras lo buscaban. Lo bello: las solidaridades que convocó, los milagros sucedidos, el encuentro con personajes extraordinarios. El resultado: haber obligado al Estado, específicamente al Ejército, a entregarle los restos de quien habían ocultado como NN en las montañas. Cosa que logró con un estilo particular, sin gritar, sin usar malas palabras, sin convocar a venganzas, con carácter y bondad; con una estrategia que llamó Operación Cirirí. Sí, así con c, como el pequeño pájaro que atormenta a los gavilanes.
A sus cuarenta y seis años, Fabiola se enfrentó a adversidades no previsibles, frente a las cuales se creció. Dejo de ser una ama de casa y empleada, para convertirse en activista de la lucha por la dignidad humana. En ese proceso asimiló cada cosa que escuchó y consideró útil, leyes y derecho humanitario, política y hasta conocimientos forenses básicos con los que confrontó a un científico que se atravesó en su camino. Ratificó una verdad que había emergido en el Cono Sur: nunca los dictadores, ni los militares, tuvieron un enemigo más poderoso que las madres, con pañoletas blancas, desfilando con las fotografías de sus ausentes. Porque en ellas, las madres, hay una dignidad incuestionable y porque son invencibles, ni si quiera la amenaza de la muerte las distrae.
De ese talante era Fabiola que, sin embargo, no salió indemne; los generales le temían y la acosaron de diversas maneras y hasta la llevaron a prisión, igual que a su hijo Jorge, acusándola de narcoterrorista. Pero al final también logró que le pidieran perdón. Fue al general Alberto Mejía, comandante de las Fuerzas Armadas, a quien le correspondió, el 12 de octubre de 2016 a 32 años de los hechos, presentar una especie de capitulación frente a ella. Hay que decir que el gesto del general no fue voluntario, sino en cumplimiento de una sentencia del Consejo de Estado, que ordenó además que el Ejército realizara un documental sobre el trasiego, de ella y su familia, en esa búsqueda, y que se construyera un monumento para recordar a su hijo.
La cita fue en el Museo Casa de la Memoria en el centro de Medellín. Fabiola sobrepuesta a sus años, lucía bella y altiva tal cual era en su discreta vanidad. Con un buzo morado de cuello tortuga, chaqueta de sastre, un collar que hacía juego con sus aretas, sus ojos claros detrás de unas gafas grandes, leía con su voz pastosa notas que preparó para la ocasión, sin dejar de preguntar a cada minuto: “¿Cómo les parece jovencitas?”. El general Mejía —un hombre alto, blanco, de pelo cano, de profundos ojos azules— con una voz melosa, que no parece la de un militar, le agradeció por actuar como un cirirí: “Sus sufrimientos nos permiten ver en segundos algo de lo que ha pasado en estos 52 años de guerra”. Ella, a la vez suave y punzante, no pudo dejar de decirle: “Una de las primeras personas a quien relaté la desaparición de Luis Fernando fue a su padre”. No era una frase gratuita, ni de cortesía, era un reclamo que remitía al inicio de esta tragedia. Al padre de este general Mejía, al general Nelson Mejía Henao, le atribuyó participación en esta desaparición, porque como Procurador Delegado para las Fuerzas Militares y, después, como comandante del Ejército no ordenó diligencias para identificar el cuerpo y oficializó la versión según la cual el detenido no era Lalinde sino un tal Jacinto, y permitió a los responsables ocultarlo por años en las montañas.
Es que mientras al Mejía hijo le correspondió ser comandante mientras avanzaba la negociación del gobierno de Juan Manuel Santos con las Farc, el Mejía padre hizo parte de la cúpula militar que saboteó el proceso de diálogo iniciado por el presidente Belisario Betancur en 1984. Hay que decir en justicia que las guerrillas —entre ellas el Epl y el M-19— que firmaron la tregua, tampoco jugaron limpio. Ambos bandos trituraron los propósitos sinceros del presidente Betancur que, con espíritu de poeta, ayudó a la paz en Centroamérica y trató de hacerla, sin éxito, en Colombia.
La última vez que Fabiola vio a Luis Fernando fue el 1 de octubre de ese año. Y pasaron los días y luego las semanas recibiendo solo rumores y especulaciones sobre su destino, hasta que el Dr. Héctor Abad Gómez, presidente del Comité de Derechos Humanos de Antioquia, recibió el mensaje de un colega que decía que en el Municipio de Jardín, en el suroeste de Antioquia, por los días en que desapareció Luis Fernando, el Ejército había detenido a un hombre cuya descripción coincidía: joven, alto, de pelo liso... Jorge, el segundo de los hijos de Fabiola, viajó hasta la vereda Verdún y allí los campesinos le confirmaron, viendo una fotografía, que a su hermano lo había detenido una patrulla en la madrugada del 3 de octubre. Y, aún conmovidos, le narraron que a lo largo del día lo torturaron en una pesebrera, con sus manos amarradas y con un lazo al cuello pasado por encima de una viga lo subían hasta asfixiarlo y lo dejaban caer en el piso de estiércol. Que lo llevaron por el camino veredal golpeándolo “como a un nazareno”, y en la tarde, lo dejaron amarrado a un árbol de guamas frente de la Concentración Escolar, allí con el lapo de lluvia y de los vientos de huracán se enfrió hasta temblar. Y que, ya sobre las 6 p.m., lo tiraron a un camión que tomó la carretera de Jardín a Riosucio, que literalmente se perdió en la noche y la niebla.
Cuando esto sucedió, Fabiola llevaba años divorciada; había criado sola a sus cuatro hijos porque, en una muestra de carácter inusual, aún con los chicos pequeños, despachó al marido por desentendido y botaratas. La vida que llevaban en La Castellana, un barrio de clase media en el occidente de Medellín, se puede definir como tranquila, aunque a ella, entre su trabajo en Cadenalco, como coordinadora de bienestar, y las labores de la casa y la crianza, y su rezar constante, apenas le alcanzaba el tiempo.
Luis Fernando desde el último año de bachillerato había empezado a trabajar en el barrio Popular, influenciado por Federico Carrasquilla, un teólogo de los pobres, que era su profesor en el seminario. Y Fabiola ya lo había rescatado de un cuartel de inteligencia de la policía a donde lo llevaron después de una redada arbitraria contra una huelga obrera. A ella, católica practicante, le gustaba la sensibilidad social cristiana de su hijo, por lo que entendió que decidiera estudiar sociología en la Universidad Autónoma. Fue allí donde su sentido religioso se mezcló con el marxismo que aprendió en las células del Partido Comunista ml del que se hizo militante, asumiendo también un compromiso con el Ejército Popular de Liberación (EPL), brazo armado del partido.
Fabiola se tranquilizaba repitiendo la consabida frase: el que no es comunista a los 15 años no tiene corazón y el que lo sigue siendo a los 35 no tiene cabeza. Ya te pasará esa fiebre, vas a terminar de ministro, le decía. Pero, semanas antes, había quedado inquieta cuando él le informó que su organización entraría a un proceso de paz, de tregua y diálogo, con el gobierno. La palabra paz no le produjo esperanza sino desazón. Y le dijo de manera categórica: Usted que asoma la cabeza y se la mochan. Le contó pasajes de la historia colombiana en la que guerrilleros, que habían dejado las armas, terminaron asesinados. Y, como repetiría ella el resto de su vida, apenas alcanzó a pasar un mes desde la firma del acuerdo para la tregua hasta la desaparición de Luis Fernando.
Empezando el mes de noviembre, a un mes de la ausencia, Fabiola viajó a Bogotá. Entre muchas reuniones, sin duda, la más importante la sostuvo con el general Nelson Mejía Henao, encargado de velar por el buen comportamiento del Ejército. El general la escuchó y para salir rápido de ella, negó que el Ejército hubiese detenido a Luis Fernando y le leyó una comunicación de la VIII Brigada, suscrita por su comandante el coronel Héctor Julio Ayala, que decía resumidamente: En la Operación Cuervo, el batallón Ayacucho, detuvo, el 1 de octubre, en la Vereda Verdún a alias Jacinto, quien fue dado de baja cuando intentó escapar. El cadáver se enterró en la montaña como NN. Y como para despedirla le advirtió que no podían llevarla a la zona porque persistían los combates. Fabiola, con el mismo tono suave, le replicó: Mi hijo estuvo hasta el 2 de octubre en nuestra casa asi que no puede ser ese tal Jacinto. Y le repitió lo relatado por los campesinos sobre la detención y los malos tratos. El general se molestó. ¿Usted si quiera puede venir aquí a reclamarme por su hijo, pero nosotros a quien acudimos cuando nos asesinan los soldados, a Tirofijo? Ella, con la misma exasperante calma, le respondió: Mire general yo no vine aquí para que me grite, vine porque el Ejército detuvo a mi hijo y lo tiene desaparecido, yo no le he dicho que él es un monaguillo, él es militante revolucionario y estaba en la zona buscando a un guerrillero herido, hasta en las peores guerras hay tiempo para rescatar a los heridos. Fabiola recordaría que, en algún momento, vio al general enrojecer y papeles volar por el aire. Luego lo vio respirar profundo y esforzarse para decirle en tono paternal: Deme unos días yo averiguo, no se vaya a buscar a su hijo por allá que la tratan mal, vaya para su casa.
Ella no regresó a su casa, salió directo a recorrer las cárceles y cuarteles del Eje Cafetero, con la fe de que, en cuestión de días, encontraría a su hijo. La maldad de los mandos militares la constató porque, como vino a saber después, en ese momento, cuando se reunía con los comandantes de la VIII Brigada y del Batallón Ayacucho, responsables de los operativos, y les suplicaba que la dejaran estar presente en la exhumación de Jacinto, el juez militar Arnaldo Ayoz hizo el procedimiento y, con premeditación, afianzó su condición de NN. Escribió en el acta que la falta de los pulpejos de los dedos había impedido identificarlo y, además, lo trasladó a un sitio más oscuro y menos accesible.
Lo que buscan las madres, obviamente, es el cuerpo del desaparecido, Fabiola tuvo doble trabajo porque además del cuerpo debió recuperar la identidad despojada de ese alguien al que el Ejército llamó alias Jacinto. Por eso repitió, cómo un mantra, otra de sus frases: “La identidad es fundamento de dignidad”. Cuando encontró los huesos, no alcanzó a imaginarse que requeriría cuatro años más para demostrar que Jacinto era Luis Fernando y poder llevarlo a casa y despedirlo.
Los desaparecidos habitan los sueños, permanecen en el entorno como espectros, flotan omnipresentes en la cotidianidad de los dolientes. Cuando regresaron a Medellín, Fabiola y Adriana, también se trajeron a Luis Fernando, y a las montañas, a los ecos, las nieblas y los árboles. Los sueños de Adriana sucedían en esa geografía, con frecuencia veía la cabeza de una calavera caer rebotando y un árbol grande que, por esas cosas extrañas que solo entienden los creyentes, sería referencia para ubicar los restos, cuando ellas y los funcionarios judiciales se perdieron en la montaña.
Y el tiempo pasó lento pero irreversible. Fabiola vio cómo se alejaron los compañeros del partido y, luego, los que habían estado solo por provechos políticos. Fue entrando a la fraternidad de los familiares, sobre todo madres, con quienes compartía la comunión del dolor especial que generan los desaparecidos. No es un dolor cualquiera, porque la falta de respuestas, la imposibilidad del ritual de despedida, por falta del cuerpo, impide un cierre. Y el ausente toma sus destinos, se convierte en el eje de la familia, se le invoca para impedir la muerte que da el olvido; y nunca son suficientes las lágrimas ni los rezos. El espíritu de cada uno, el día y la noche y las energías vitales se deben aportar para su búsqueda.
Fabiola hizo un acuerdo de prejubilación con la empresa Cadenalco, logró una pensión que nunca alcanzó y debió vender su casa. Solo se conectaba con sus hijos cuando estaban en la frecuencia de búsqueda. Jorge la acompañó por un tiempo e intentó volver a una normalidad que se le escapó muchas veces. Adriana aplazó indefinidamente su autonomía, y se refugió en el arte a través del cual dejó ver la profundidad de su dolor, y se cobijó en la creciente figura de su madre. Mauricio, el benjamín, se radicalizó, transitó las militancias de Luis Fernando, vio morir asesinados a sus amigos, y huyó de las balas hasta que, acorralado, debió partir al exilio.
Fabiola asumió la presidencia del capítulo regional de la Asociación de Familiares de Desaparecidos, pero renunció porque, según dijo, no se iba a dejar manipular de partido alguno, ni de izquierda ni de derecha, y se empezó a definir como militante del Partido de las Mamás, afianzando un credo más universal de los derechos humanos. A lo largo de esta lucha se dejó acompañar de muchas entidades, especializadas en derechos humanos, pero defendió su independencia.
Años ochenta. Entre la vendetta de Pablo Escobar contra el Estado y la violencia paramilitar, Medellín se transformó en un escenario de terror. En 1987, ante el incremento de asesinatos y desapariciones el Comité de Derechos Humanos, convocó la Marcha de los Claveles Rojos. El 13 de agosto Doña Fabiola salió a la calle, izando la fotografía de su hijo, marchó al lado de Héctor Abad Gómez, a quien todos asumían como una figura protectora. Al frente de la marcha de unas tres mil personas también iban Carlos Gónima, Pedro Luis Valencia, Luis Felipe Vélez, Leonardo Betancur y Luis Fernando Vélez. Era la multitud más solitaria e indefensa de la que se haya tenido noticia. Estos líderes se relevaron en la presidencia del Comité teniendo plena conciencia de la inminente muerte. A todos se les asesinó. En Colombia crecía la tortura y la desaparición de personas y se inició la matanza, que nunca ha parado, de los defensores de derechos.
El contador de muertes, desapariciones y, un poco después, de masacres, pasó de decenas y centenas, a miles, que desatarían el éxodo de millones de pobladores. En esta tragedia de gran magnitud y extendida por décadas, los guerreros se olvidaron de las conductas necesarias para el honor, y se desdoblaron hacia diversas formas de lo inhumano.
Ante la falta de respuestas de las instancias nacionales, con la Justicia Penal Militar consagrada a la impunidad, con sucesivos y contradictorios fallos de la Procuraduría que terminaron en cero; en 1987 Héctor Abad Gómez le planteó a Fabiola que, aprovechando la rigurosa información acumulada, apelaran a instancias de justicia internacional. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) acogió la solicitud, abriéndose un camino, poco explorado hasta entonces, que además abrió esperanzas de justicia para las víctimas. Pero a su vez precipitó mayores tragedias para la familia Lalinde y la frágil comunidad de los derechos humanos.
La escena es muy conocida y dramática: A Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur los asesinaron cuando arribaban a la velación del líder de los maestros, Luis Felipe Vélez, en la sede sindical de la calle Argentina. No parecía razonable, pero una parte de la sociedad aplaudía estos crímenes porque consideraba a los defensores de derechos humanos idiotas útiles de la guerrilla y aceptaba que se les definiera como guerrilleros vestidos de civil, para que sus muertes no generaran culpas. Como vino a saberse después, los hermanos Carlos y Fidel Castaño, pioneros del paramilitarismo, manejaban pistoleros en la ciudad, y actuaban con impunidad garantizada por los generales. La oficialidad colombiana mezcló la doctrina de la seguridad nacional, aprendida en las escuelas militares gringas, lo que les enseñaron los generales del Cono Sur, exitosos en el aniquilamiento de las guerrillas; con las prácticas de vendetta y corrupción que los narcotraficantes introdujeron a nuestra violencia política.
Según las creencias de Fabiola, Héctor Abad Gómez, transformado en ángel, logró que la Cidh, en 1988, condenara al Estado Colombiano por la tortura, muerte y desaparición de Luis Fernando. Para los generales ese fallo fue un golpe inesperado, porque no estaban acostumbrados a la injerencia de la Cidh, que era muy activa en casos del Cono Sur, pero prácticamente no había tocado a las fuerzas militares de Colombia.
¿Cómo nos irán a cobrar esto? Preguntó Mauricio a su madre. Desde la desaparición de Luis Fernando, el Ejército quiso paralizarlos sembrándoles miedo, pero lo que siguió, tras el fallo, se salió de cualquier cálculo. Octubre 1988. Siendo el general Nelson Mejía Henao comandante del Ejército, el general Ruiz Barrera, comandante de la brigada militar de Medellín, citó a los medios de comunicación para informar que en la Operación Centella, se habían detenido catorce personas que planeaban acciones terroristas. Entre los detenidos figuraban Fabiola Lalinde y su hijo Jorge Iván, de quienes se publicaron fotos con armas, banderas guerrilleras y cocaína, y casetes con la voz de Héctor Abad Gómez. Los acusaron de narcoterrorismo.
En la cárcel Fabiola vivió algún tipo de transfiguración. Escribió: “Yo me di cuenta de lo importante que fue mi infancia cuando estuve detenida en la cárcel El Buen pastor de Medellín. En dos semanas de encierro, reflexionó sobre sus raíces para reforzar su identidad, se inspiró en la paciencia y la fe estoica de su madre y en las cualidades de estratega de su padre. Recordó su niñez en la finca cafetera, los gavilanes cazando los pollitos y el cirirí defendiéndolos, y a su padre diciéndole que se parecía a ese pequeño pájaro: eres como ese pajarito, muy insistente, persistente e incómoda. Y, en el encierro, a donde la enviaron los militares para derrotarla, se repotenció, se liberó de miedos y sobre todo concibió la Operación Cirirí un relato para contar su vida y describir su lucha con un símbolo; una fábula precisa y preciosa.
El juez José Valencia consideró absurdos los cargos presentados por el Ejército y los dejó en libertad. La búsqueda continuó. Jorge, en algún viaje a Riosucio, la sede del Batallón Ayacucho, había logrado que soldados le contaran donde había sido enterrado su hermano. Uno de ellos incluso le dibujó un pequeño mapa. El juez civil Bernardo Jaramillo al no recibir información del juez militar se aventuró con Jorge a buscar la tumba, guiándose por el mapita. Llegaron por la precaria carretera a la vereda Ventanas e identificaron un saladero que era la señal más clara. Ahí arriba, unos 50 metros quedó enterrado, le habían dicho. En algún punto encontraron tierra movida y latas de comida usadas por el Ejército. Pero el cadáver no estaba. El juez Jaramillo, que además investigaba masacres de los paramilitares, no pudo continuar la investigación porque la asumió la Justicia Penal Militar. Poco después lo asesinaron.
Pero lo que dejó escrito fue fundamental para la Cidh: el 3 de octubre Luis Fernando fue detenido y torturado, al salir de Verdún tirado en el camión estaba vivo y en la noche, sin saberse cómo, murió por un disparo. Y en vez de, como era lo obvio, hacer el levantamiento del cadáver y llevarlo a una morgue de la población de Riosucio a una hora y media por carretera lo escondieron en esos páramos.
La permanente presión de la Cidh, la expedición de Colombia de una Constitución con garantía democráticas, el hecho de que por primera vez se hubiese nombrado un ministro de defensa civil y el cambio del juez penal militar que llevaba el caso, le abrieron el camino a Fabiola, quien, por primera vez, en ocho años fue aceptada como parte civil, por lo cual pudo asistir a una exhumación de N.N alias Jacinto.
A Fabiola y Adriana las acompañó el abogado Rodrigo Uprimny. En el primer día, el nuevo juez Lara Rueda le pidió al anterior juez, Arnaldo Ayoz, que los guiara. Pero, al contrario, los embolató. No hallaron el sitio. Ayoz se hizo el tonto, dijo Uprimny. En la noche el juez Lara Rueda buscó, en Riosucio, al conductor que había participado en la primera exhumación, lo comprometió bajo la gravedad de juramento en que no revelaría que iba a hacer la diligencia y que los llevaría al sitio exacto donde habían dejado el cadáver. Llegaron a la zona pero, bajo la sombra espesa de los árboles, aun siendo un grupo grande, no encontraban nada. Acordándose del árbol grande de los sueños de Adriana, Fabiola les pidió buscar un claro desde donde ubicarlo. Así lo hicieron y hacia él se dirigieron. Encontraron vértebras dispersas. Parece que lo hubieran desmembrado, dijo Adriana. O tal vez los animales regaron los huesos, dijo Uprimny. Los animales de dos patas, replicó Fabiola. En la tarde del segundo día al expirar la diligencia, no lograron encontrar el cráneo, pieza definitiva para la identidad. El Juez Lara Rueda dijo: tienen que lograr presión internacional para que permitan realizar de nuevo la diligencia.
Sí sucedió. Volvieron a la escena. Terminándose el tiempo del segundo día el juez evidenció su angustia. Es ahora o nunca, dijo. Uprimny recuerda que Fabiola proponía con insistencia buscar hacia arriba. No, lo lógico es buscar hacia abajo, los huesos ruedan por la gravedad, decían los peritos. Lo que pasa es que en Colombia las leyes de la impunidad van incluso en contra de las leyes de la gravedad, sentenció Fabiola. Y, al hacerle caso, se obró el milagro: buscando por la parte alta, en una especie de cueva formada por las raíces de un árbol, hallaron un pelota negra, que al medio limpiarla dejó ver que era el cráneo.
En la noche levantaron un acta con el inventario de los huesos, que guardaron en una caja de cartón. Fabiola escribió: “Han transcurrido más de 2.500 días desde que Luis Fernando fue detenido. Se inventariaron 69 huesos. No los pude llevar porque no están identificados. Yo estoy segura de que los restos pertenecen a Luis Fernando, allí encontramos restos de su ropa y mi corazón de mamá me lo dice”.
Medicina Legal y la Fiscalía General de la Nación presentaron múltiples pruebas e informes criminalísticos sobre los huesos y vestido para identificar el cuerpo. El profesor José Vicente Rodríguez hizo la caracterización morfométrica y un retrato antropológico tridimensional con base en el cráneo en el Laboratorio de Antropología Forense de la Universidad Nacional. Todo encajaba. Por ello me decidí a comprar un osario en la parroquia de Santa Gema.
La justicia Penal militar no aceptó estos dictámenes, exigió que se demostrara la identidad con una prueba de Adn. Se le encargó el trabajo a Emilio Yunis Turbay del Instituto de Genética de la Universidad Nacional, quien tenía la reputación de ser el padre de la ciencia de la herencia en Colombia. Yunis escribió que se había establecido “de manera irrefutable e inmodificable” que los restos hallados no eran de Luis Fernando Lalinde. Al leerlo, Fabiola desfalleció. “La ciencia había convertido a Luis Fernando de nuevo en alias Jacinto”, dijo. Uprimny apeló: “Yunis fue decepcionante y arrogante, sobre todo porque él sabía que las herramientas con las que contaba en el país le daban para hacer pruebas de paternidad pero no para examinar el ADN extraído del hueso de un muerto. Por eso objeté ese dictamen”.
Y es en este momento que aparece el antropólogo forense Clyde Snow, otro personaje extraordinario de esta historia. Un hombre de un largo recorrido, que entre muchas otras cosas había identificado faraones en Egipto, los restos del nazi Josef Méngüele, encontrados en Brasil, y había participado en la identificación de restos en la ex Yugoeslavia. En América Latina capacitó a las madres de la Plaza de Mayo, en técnicas forenses para, según decía: hacer hablar los huesos. Ese conocimiento se divulgó por entre las madres en varios países. Fabiola lo recibió en una capacitación en Venezuela.
Fabiola buscó a Snow que providencialmente había llegado a un evento de medicina forense en Bogotá. Lo arrastró hasta la VIII Brigada en Armenia. Snow centró su análisis en el cráneo, al cual le hizo tomar radiografías; también examinó la prueba genética de Yunis. Los huesos le dijeron a Snow que sí pertenecían a Luis Fernando, pero la única forma de desvirtuar a Yunis era hacer una nueva prueba en una entidad independiente que contara con la tecnología adecuada. Solo había dos laboratorios en el mundo con probada experticia. Snow logró que Mary Claire King del laboratorio de genética de la Universidad de California en Berkeley, asumiera el caso. Un nuevo camino dispendioso, una espera de cuatro años, a la espera de un examen que concluyó que la probabilidad de que los restos examinados fueran de Luis Fernando era de un 99%.
Fabiola recibió entonces la caja de cartón con los restos inventariados. Para la ceremonia de inhumación, en la parroquia de Santa Gema, usaron una urna diseñada por Adriana, con cierto color ocre y un árbol que se proyecta hacia la tierra en una raíz en forma humana. La acompañaron amigos de militancia de Luis Fernando que estaban reintegrados a la vida civil, personas de las organizaciones de derechos humanos y el jesuita Javier Giraldo.
Con el alivio parcial de su dolor Fabiola y su hija Adriana, continuaron activas en el apoyo a otras víctimas de diferente índole y haciendo pedagogía en derechos humanos. La Operación Cirirí abrió sus alas para cobijar a madres de soldados desaparecidos y secuestrados, que no eran tenidas en cuenta por las organizaciones de derechos humanos. No faltó quien le reclamara. Fabiola dijo que la operación Cirirí era patrimonio colectivo porque sus logros eran fruto de muchas solidaridades.
La familia decidió que con los recursos de la reparación no quería un monumento de Luis Fernando, sino un centro cultural comunitario que le sirviera a los leales campesinos de Verdún. En la inauguración se reencontraron los Lalinde con los campesinos, con hombres y mujeres jóvenes que repitieron, para el documental, lo que de niños habían visto el 3 de octubre de 1984: la forma como los militares profanaron la humanidad de un capturado. Los logros de Fabiola los asumieron como propios.
Ella recibió diversos reconocimientos. Su archivo meticuloso lo inscribió la Unesco en el Programa Memorias del Mundo. En la ceremonia en la que lo entregó a la Universidad Nacional sede Medellín, insistió: Hagan Hablar el archivo. Fabiola y sus hijos continuaron la Operación Cirirí para ayudar al Partido de las Mamás como llamó al contingente creciente de mujeres que peregrina por Colombia buscando a los ausentes