No se entiende la fascinación que nos generan las quebradas y los ríos sin la filiación que tienen con la niñez misma, con la evocación de un paseo, un sancocho en leña con los primos o una ida a tirar baño con los abuelos, cuando la vida era sumergirse en el agua que siempre corre y secarse en una piedra.
Tomás Carrasquilla, que le escribió un poema al Río, exalta la memoria de ese canal de agua que parte en dos a la ciudad y su historia: “En otro tiempo fuiste para el medellinense consuelo en sus quebrantos, solaz en sus trabajos. Por arriba o por abajo del puente de Colombia te invadía los domingos la estudiantina bárbara. Era una horda anfibia que trasegaba todo el día de tus ribas (orillas) a tus corrientes, de tus arenales a tus bosques; un juego de aguas y un zambullir perpetuo, entre las hartadas de naranjas y los atracones de guayabas, entre la disputa horrenda por el quesito y la panela”.
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No se hablaba todavía de canalizar y rectificar el río, de construir autopistas, ni de tumbar los carboneros y cámbulos que crecían en las explanadas que se inundaban cuando la corriente bajaba turbia del alto de San Miguel.
Todavía se pescaban sabaletas —riquísima de espinas y en sabores, pero que agota la paciencia del pescador de caña con sus malicias y esquiveces, como escribe Carrasquilla— e ir al río era el plan de damas mañaneras de copete, encachacados, pelaos de escuela, de obreros y asalariados.
Por allá en los años 20, cuando se alegaba que Medellín necesitaba una gran avenida para el creciente tráfico vehicular, empezó el debate sobre la canalización de sus quebradas.
Primero fue la Santa Elena, donde décadas atrás los hombres de la élite —entre ellos el comerciante Ricardo Olano— trataron de emular en La Playa los paseos urbanos de Nápoles, Chicago o Budapest. La quebrada quedó sepultada, entre 1924 y 1925 empezó la cobertura en concreto, a semejanza de una lápida, en un primer tramo entre Junín y Palacé.
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Después siguió la canalización del río Medellín. Cuenta Germán Camargo Ponce de León en un texto sobre las narrativas oficiales del urbanismo una anécdota que hoy se ve como desafortunada. En 1934, el presidente Alfonso López Pumarejo tenía una cita en la ciudad con los promotores de un gran parque en las orillas del río para concertar la plata que pondría la Nación. La suerte quiso que un puñado de empresarios llegara primero al encuentro del presidente y lo terminaran convenciendo de cambiar el gran parque por “un corredor vial e industrial” que tuviera jardineras y zonas verdes.
“Te pusieron en cintura” —relata Carrasquilla—, “te metieron en línea recta; te encajonaron, te pusieron arbolados en ringlera. Has perdido tus movimientos, como el montañero que se mete en horma, con zapatos, cuello tieso y corbatín”.
Entonces el paseo matutino, la caminata entre los guayabos, la reflexión vespertina después del trabajo fueron historia. Solo volvimos a frecuentar esos parajes fuera de la gran ciudad donde aún hay bosques en pie, rincones llenos de follajes, cascadas y charcos, rocas enormes como huevos prehistóricos.
Antioquia, por fortuna, está bañada por las grandes cuencas del Caribe, del Cauca y el Magdalena y tiene numerosos y caudalosos ríos y quebradas que riegan sus tierras. Por eso los paseos, los sancochos en leña, la caminata comiendo el casao de queso con bocadillo, la pesca de sabaletas saltando de piedra en piedra o la simple contemplación de una cascada siguen enraizadas en nosotros como una evocación. Ahora, decenas de clubes y agencias de turismo ofrecen paseos los fines de semana para salir de la ciudad en busca de esos destinos para tirar charco y sonreír.
Acá una selección arbitraria —ojalá sea la primera de más entregas— para que se anime a conocer las aguas y algunos paisajes de Antioquia.
En Andes lo esperan Los Chorros de Tapartó
Ubicados en el corregimiento de Tapartó, en la reserva forestal Farallones del Citará, entre los municipios de Andes y Betania, los Chorros son uno de los planes preferidos en el Suroeste para los amantes de los charcos. La caminata comienza en el corregimiento que le da nombre al paraje por un camino que rodea los cafetales y que tiene como recompensa el paisaje típico de la cordillera Occidental. El recorrido completo permite conocer cinco cascadas —entre los 35 y los 60 metros de altura— que tienen agua rojiza por la presencia de minerales. También se pueden avistar sinsontes, turpiales y barranqueros. El destino, que hasta pretexto fue para una obra de teatro de Rodrigo Saldarriaga que aún se presenta en el Pequeño Teatro y que representa el drama histórico del país, está disponible en grupos de viajeros de Medellín en planes de un día que tienen dificultad de 3,5 en una escala de 5.
El majestuoso salto del buey entre La Ceja y Abejorral
En ningún paraje de Antioquia se siente tanto el poder de una cascada como en el Salto del Buey. Sus 90 metros de caída generan un impacto tal en el visitante que queda contagiado de la fuerza imparable del agua, un fenómeno que se conoce como el efecto Lenard, una sensación auténtica de bienestar por la rica densidad iónica. Este monumento natural está ubicado entre La Ceja y Abejorral, pero se accede desde el primer municipio distante a solo 21 kilómetros del parque. Allí confluyen más de 10 saltos, cascadas, manantiales y nacimientos de agua. El Salto del Buey es uno de los muchos atractivos que integran el Ecoparque Los Saltos, donde también se puede volar en uno de los canopy más altos del país, disfrutar del ocaso de la jornada en hamacas suspendidas en el vacío, escalar en la vía Ferrata y caminar sin prisa por el sendero de El Buey para disfrutar de ríos, bosques nativos y cultivos.
La bóveda de mármol es el atractivo en Río Claro
En la cuenca media del río Magdalena, entre los municipios de San Luis, Sonsón y Puerto Triunfo, está Río Claro, uno de esos destinos naturales a los que se puede ir muchas veces sin repetir paraje o experiencia. La aventura comienza en el puente de la vía Medellín - Bogotá sobre Río Claro; arriba está la reserva natural con oferta de hospedaje y recorridos guiados. Justo en el puente hay empresas ecoturísticas que emplean muchachos de la región y que tienen disponible el descenso en bote inflable por este cañón. Uno de los lugares más impactantes del recorrido es la Bóveda de Mármol, una caja de roca que es parada obligada para apreciar las enormes estalactitas que se forman en el techo de la cueva. El paseo continúa hasta una quebrada que tiene el piso en mármol, por ahí se camina unos 15 o 20 minutos para llegar a las cuevas de los guácharos, aves que viven en la oscuridad de las cavernas y que emiten un sonido ensordecedor cuando los caminantes pasan con linternas. El plan dura unas seis horas y lo puede realizar toda la familia.
Las cascadas en el paseo al río Melcocho
Perteneciente a la cuenca del río Samaná Norte, un afluente del Magdalena, el río Melcocho se popularizó en la última década como destino predilecto de caminantes y bañistas. La belleza escénica compuesta por sus cascadas, el agua cristalina —algunos guías dicen como buenos paisas que son las más cristalinas del continente— y la cobertura boscosa conservada lo pusieron en el podio de los atractivos turísticos recomendados del Oriente.
El paseo más usual es llegar por la vía Medellín-Bogotá hasta la vereda La Piñuela de Cocorná, ahí se toma un bus escalera que entra hasta la vereda El Retiro. En ese tramo se conoce la cascada que está en la foto, como antesala de la llegada al río. Hay varios planes: se puede caminar una hora para conocer el Puente Amarillo, uno de los bañaderos famosos en el Melcocho, o elegir puntos más cercanos donde refrescarse en las cristalinas aguas.
EL cañón del Río Alicante en Maceo
El cañón del río Alicante es una joya escondida en el Nordeste y el Magdalena Medio. Posee formaciones kársticas (piedra caliza) que se aprecian en un sinfín de grutas, cavernas y cuevas. Se accede por el corregimiento La Susana y las veredas aledañas en el municipio de Maceo. Una vez se llega al paraje natural hay un circuito de senderos que cruzan el bosque hasta encontrar el margen del río Alicante. Las cavernas y las grutas están bautizadas como buena familia paisa: El Indio, la Mano Poderosa, el Guardasol, Doña Agustina y Don Guillermo. Además del ingreso a las cavernas, el cañón tiene gran riqueza de fauna, sobre todo de aves y monos. Es común ver bandadas de pericos, guacamayas y de aulladores que revolotean por las copas de los árboles. Esta categorizado por Parques Nacionales como área protegida con uso sostenible de los recursos naturales en un área de 6.291 hectáreas.