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Bolombolo, ser centro turístico o “morir” en soledad

Con las vías 4G, el corregimiento perderá parte de su tráfico. Hay un plan para que sea centro turístico.

  • Esta es la vista de Bolombolo desde la vía 4G de Pacífico I. El corregimiento está en medio de la tupida vegetación tropical. FOTO Julio césar herrera
    Esta es la vista de Bolombolo desde la vía 4G de Pacífico I. El corregimiento está en medio de la tupida vegetación tropical. FOTO Julio césar herrera
  • La estación del ferrocarril se encuentra deteriorada. Hoy funciona allí la inspección rural y la atención a víctimas. FOTO julio césar herrera
    La estación del ferrocarril se encuentra deteriorada. Hoy funciona allí la inspección rural y la atención a víctimas. FOTO julio césar herrera
Bolombolo, el renacer del país del sol sonoro
05 de julio de 2021
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¡Oh, Bolombolo!, ¿cuántos años han pasado desde que el ferrocarril se apagó? ¿Cuánto, desde que las cantinas se entristecieron? Desde que los viajeros, agobiados por el calor tropical, se enjugaron el sudor ante el atormentado y bravío Cauca. ¡Oh, Bolombolo! Un día la suerte cambió: el tren dejó de latir y la gente partió. Pero el cielo, las montañas, el inmortal río, siguieron inmutables. Y en esa, tu belleza nada utópica, diría León de Greiff, está tu mañana.

No son muchas las huellas que se preservan del ferrocarril. Cerca al Cauca, sobre el suelo seco y polvoriento, aparecen cada tanto las vías férreas; en otras partes permanecen ocultas, tan olvidadas como los tiempos en que el tren surcó el Suroeste. La estación, en donde algún día llegaron los viajeros —maravillados ante la exuberante vegetación, tal vez intimidados por la pendiente para subir al Valle de Aburrá— aún se mantiene en pie. Sus paredes están desconchadas por el paso del tiempo y un letrero poco agraciado ostenta la fecha de su erección: 1934.

En realidad, el ferrocarril llegó a Bolombolo el 26 de julio de 1926. Desde ese año, la población del caserío se asentó en torno al tren. La iglesia, aún en pie, da cuenta de ello: su fachada da la espalda a la carretera y está frente al río y la vía férrea. Pero el destino del corregimiento cambió. Desde las décadas del 50 y el 60 se hablaba de la agonía del medio de ese transporte. La gente prefería arrumarse en chivas, también llamadas líneas, para subir a Medellín. En parte, se debía a que el tren demoraba más en superar la pendiente hacia el Aburrá. En 1974 pasó por última vez el ferrocarril.

En ese momento, recuerdan algunos de los pobladores, se dijo que el corregimiento iba a desaparecer. Sin ferrocarril, ¿quién iría allí, a esas tierras calientes e inundables? Lo cierto es que, con la construcción de la Troncal del Café, en los años 70, Bolombolo siguió siendo paso obligado para quien fuera hacia el Suroeste o el Chocó. Hoy, como el día en que la locomotora se apagó, la suerte parece estar cambiando.

Turismo, el reto

Desde las épocas del ferrocarril, Bolombolo se convirtió en lugar de paso. Todos llegaban a él, primero en tren y, luego, en bus, moto o carro particular. Los restaurantes, a la vera de la nueva vía, crecieron al ritmo del parque automotor. ¡Oh, Bolombolo!, la suerte sonreía de nuevo.

Pero los caprichos humanos son cambiantes. El pasado 10 de junio se habilitaron dos tramos de las vías 4G Pacífico I y II. Desde entonces comenzó a crecer un rumor que, desde hace años, atormenta a los ribereños: Bolombolo quedará aislado y dejará de ser sitio de paso, como lo ha sido desde hace casi un siglo.

Pacífico I puso en operación 5,2 kilómetros en el sector de Sinifaná. Así las cosas, los que van hacia Tarso, Jericó o Pueblorrico no tienen que pasar por Bolombolo.

Inevitablemente, el tráfico disminuirá y los comerciantes sentirán el golpe. Para evitar que el trauma económico sea fuerte, la Alcaldía de Venecia, municipio al que pertenece Bolombolo, tiene un plan.

La idea es que esa tierra tropical, que el sol tuesta a su antojo, se convierta en un lugar de estadía. “Nunca hemos sido sitio en el que la gente se quede, sino que pasa y muchas veces ni conoce. Tenemos muchas cosas por ofrecer: la historia del tren, la vieja estación, la casa donde vivió el poeta León de Greiff. Además, jugos y frutas exóticas, que poco se ven en la ciudad”, dice Óscar Sánchez, alcalde de Venecia.

El plan para hacer de Bolombolo un sitio turístico ya está estructurado. Lo primero será desenterrar la vía férrea y recuperarla. De ello se hará cargo el Invias, que invertirá $800 millones en reparar la estación del tren y $3.700 millones para hacer de las viejas vías un corredor de poco más de seis kilómetros para caminar o recorrer en bicicleta. “Lo cierto es que cada vez somos menos un sitio de paso y no podemos quedarnos cruzados de manos. Tenemos que invitar a la gente a que venga, a que se coma una torta de pescado y pase una tarde al lado del río”, precisa el alcalde.

Mauricio Millán, el gerente de Covipacífico, la concesión encargada de la construcción de Pacífico 1, precisa que el tráfico no dejará de pasar por completo por Bolombolo: “El corregimiento conservará parte importante del tráfico que tiene, en especial el que corresponde a los municipios de Concordia, Salgar, Betulia, Hispania y Ciudad Bolívar, quienes continuarán con su alternativa de ruta sobre la calzada actual”. Además, expresa que el tema ha sido ampliamente dialogado con la comunidad y la conclusión es que el impacto no será mayor.

Pero aquí queda una duda: ¿qué pasará con la vía existente? El temor es que, al ser menos transitada, se pierda su mantenimiento y se convierta en una carretera “fantasma”. Al respecto, Juan Pablo López, secretario Seres de Infraestructura de Antioquia, le dijo a EL COLOMBIANO que esta pasará a manos del Invias.

“Hoy lo que nos preguntamos es qué hacemos con los municipios que en realidad no son impactados positivamente por las vías 4G, por ejemplo, Titiribí. Estamos buscando una estrategia para que quede conectado fácilmente. Lo mismo ocurre con los corregimientos como Santiago, El Limón o La Quiebra. Por eso la gobernación está haciendo un trabajo de mapear cómo queda cada municipio conectado con las 4G. Eso está en desarrollo”, precisa López.

Según el alcalde de Venecia, las obras para restaurar la estación del ferrocarril comenzarán en agosto. Allí quedará una parte de la administración municipal, pero también habrá espacio para la comunidad. Para Sandra Restrepo, directora ejecutiva de Cotelco, Capítulo Antioquia, Bolombolo tiene todo el potencial necesario: su clima es cálido, está al lado del Cauca, es un punto de encuentro. “Lo más importante es que haya una articulación entre la Alcaldía, la Gobernación y los comerciantes. No es un proceso corto, que dure un año, pero, si lo hacen bien, pueden transformarse en lugar de estadía”.

Retazos de Bolombolo

En 1926, como empleado del Ferrocarril de Antioquia, llegó León de Greiff a Bolombolo. El poeta, que había pasado una larga década en Bogotá, se deslumbró con el paso del río Cauca, o Berdunco, como lo llamaban los aborígenes: “Oh Cauca de fragoso peregrinar por chorreras y rocales/ atormentado, indómito, bravío/ y de perezas infinitesimales/ en los remansos de absintias aguas quietas/ y de lento girar en espirales/ y de cauce limoso/ oh Cauca, oh Cauca río”, escribió en su momento.

Fueron dos años los que el poeta pasó a la vera del río, extasiado con aquella vida rural, simple y de tardes cálidas. La casa que habitó aún se conserva, aunque está deteriorada. Recuperarla es otro de los planes de la alcaldía.

Pese a los años que han transcurrido desde que el poeta vivió en Bolombolo, es poco lo que la vida ha cambiado. Ya no está el ferrocarril, es cierto, pero el corregimiento no ha dejado de ser el paso rural, lleno de vida, en el que habitó De Greiff: “¡Oh, Bolombolo! país exótico y no nada utópico en absoluto. Enjalbegado de trópicos hasta donde no más. ¡Oh, Bolombolo! de cacofónico o de ecolálico nombre onomatopéyico y suave y retumbante, ¡oh Bolombolo!”.

Juvenal Mesa es un hombre mayor, de hablar poco y ojos neblinosos, que vende frutas en la vía. Su puesto es un estallido de ese país tropical del que habla De Greiff. Comercia mamoncillos, tamarindo y toda suerte de frutas coloridas y exóticas. A pesar de que se mantiene vital, tiene el aspecto de un hombre de otro tiempo, de uno de los que vivió las épocas más gloriosas. “Yo me iba hasta La Pintada a vender panelitas en el ferrocarril. En esa época había mucha gente acá, las cantinas se mantenían llenas. Ponían a sonar una rockola y bailaban. Los carros hacían fila para recoger a los pasajeros”, rememora.

A pesar del paso tumultuoso de los años, Juvenal aún recuerda anécdotas del ferrocarril. En su memoria está fresco un día en que fue con su padrastro a La Pintada. Cuando volvían, unas vacas se le atravesaron al tren. Por más que el maquinista se pegó de la bocina, el accidente fue inevitable. “Se llevó todo el ganado por delante. Entonces, mi padrastro me tomó de la mano y me dijo que fuéramos para que nos dieran carne. La reclamamos y comimos muy bien”, relata el hombre.

Sobre la vía principal, María Bedoya ve pasar los días desde su negocio, en donde vende frutas y dulces típicos. Hace más de diez años que ejerce esa labor. Agobiada por el calor, bajo la sombra de un techo de zinc y un palo de mangos, dice que la vida en Bolombolo es simple y monótona: “El turismo tendrá que cambiar esto, pero no la veo fácil. Hay que ofrecer más cosas. Yo, por ejemplo, puedo empezar a vender helados para los turistas”.

Cuando cae la tarde, ¡oh Bolombolo!, la melancolía del trópico camina por tus calles. El río, atormentado e indómito, se sumerge en la penumbra. Y, ante la lobreguez de la noche, no queda más remedio que añorar el renacer del país del sol sonoro, ¡oh Bolombolo!, como te bautizó León de Greiff

$3.700
millones costará la restauración de la vía férrea. Los recursos los pondrá el Invias.
550
metros sobre el nivel del mar es la altura de Bolombolo, lo que le da su clima cálido.
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