A la una de la tarde del 12 de junio de 2017 sucedió. Días atrás unos árboles ladeados y el traqueteo de unos postes de energía les dieron el aviso. Las matronas del barrio corrieron la voz. Entre todos improvisaron un plan: sacar lo importante de las casas, organizar la salida de los que no podían hacerlo por sus propios medios y no olvidar a las mascotas.
El pedazo de montaña se regó encima sobre seis casas del sector Palomar en el barrio Bello Oriente, tal como lo habían advertido días antes, mientras con manos temblorosas algunos grababan el inevitable desastre que pudo ser tragedia. Un niño y un perro terminaron con magulladuras. Pero 27 personas, 10 familias enteras, salvaron sus vidas por la intuición y el azaroso plan entre vecinos.
En Medellín hay 200.000 habitantes de asentamientos informales expuestos a que un deslizamiento se lleve sus vidas o sus hogares en cualquier momento. Para la mayoría ese riesgo es una certeza, pues viven en 16 zonas en las que el riesgo no es mitigable, es decir, la amenaza y vulnerabilidad es tan alta que la única medida posible para evitar que se pierdan vidas es reasentarlos en otro lugar, algo poco factible pues ocupan el territorio de manera irregular y para la Alcaldía eso significa que no tienen derecho al hábitat digna.
Vivir en las laderas, en zona de influencia del río y las quebradas de Medellín y el Aburrá exige un plan. Hoy existen 27 alarmas comunitarias que el Siata empezó a construir desde hace ocho años. Son sensores y monitores que detectan la emergencia, desatan una alarma –atemorizante pero efectiva– que se riega por el barrio convertida en mensajes de Whatsapp y llamadas que coordinan una evacuación segura y garantizan que nadie, ni siquiera las mascotas, se queden atrás.
Por ejemplo, la alarma comunitaria instalada hace cinco años en El Cafetal, en Bello, ha sonado 46 veces, 19 de ellas este año y las últimas tres en agosto pasado, avisando a tiempo a cientos de personas que los bríos de la quebrada La Loca, crecida por las fuertes lluvias, podía dejar muerte a su paso.
Pero en la mayoría de asentamientos irregulares los desastres y tragedias siguen llegando sin alertas que les hagan frente. Por eso es tan valioso que Bello Oriente se haya convertido en el primer barrio informal en el mundo con un sistema de alerta temprana para deslizamientos.
De los Alpes a la comuna 3
El proyecto empezó a germinar hace una década en Medellín pero fue hace cuatro años, a más de 9.000 kilómetros de distancia, en Alemania, donde se materializó.
El profesor Christian Werthmann, que para la época trabajaba en Harvard, desarrolló hace cerca de una década, junto con el Centro de Estudios Urbanos y Ambientales de Eafit – Urban –, una investigación llamada “Rehabitar la montaña”. De esta experiencia el profesor Werthmann se llevó una convicción: que ocupar una ladera no podía convertirse en una condena de muerte o miedo para miles de personas.
“Está claro que esos cerros propensos a derrumbes nunca debieron ser asentados, pero aquí estamos en el año 2022, con más de 200.000 ciudadanos viviendo en esa condición en Medellín. El objetivo principal de un sistema de alerta temprana es salvar vidas”, apunta el investigador.
En 2018 Werthmann, siendo ya profesor del Instituto de Arquitectura del Paisaje de la Universidad Leibniz de Hannover, presentó la propuesta al Ministerio Federal para la Educación y la Investigación de Alemania y consiguió los recursos para llevarlo a cabo.

En febrero de 2019 empezó el proyecto Inform@risk. Expertos de doce entidades: geoingenieros, arquitectos, diseñadores de paisaje, liderados por la universidad de Hannover y Urbam se pusieron a construir un sistema de alerta ante deslizamiento de alta tecnología que ahora Bello Oriente comparte con los Alpes Bávaros, zona de castillos y aldeas de ensueño.
Carolina García Londoño, coordinadora local de Inform@risk y presidenta de la Asociación Colombiana de Geología en Antioquia, explica que el sistema tiene cuatro componentes. Lo primero que había que hacer, cuenta, era establecer confianza con la comunidad, conocer cómo viven y, sin estigmatizar, construir el conocimiento sobre el riesgo a partir de las prácticas locales: la forma en la que edifican sus casas, en la que intervienen las quebradas. Pero también valorar sus saberes empíricos sobre el territorio.
Luego llegó la tecnología. Crearon una red de más de 100 sensores por la parte alta del barrio y la montaña capaz de detectar el movimiento de uno a 50 metros. Otros sensores más que miden movimientos de viviendas fueron acompañados por instrumentos que se imprimen en 3D.
Finalmente desarrollaron la red de alarmas y las rutas de evacuación. Como parte de estos últimos componentes formular desde Alemania una aplicación de última generación, que ahora está bajo ajustes para funcionar en medio de un territorio en el que el internet sigue siendo un lujo.
A lo sensores en las casas la comunidad los bautizó Loras y en cuanto a los monitores de la montaña, en lugar de aislarlos, los convirtieron en parte de un espacio público que antes no existía: bancas y puntos de encuentro.
Puede parecer insignificante, pero Carolina explica que estas dos acciones marcan la diferencia entre una brecha entre la tecnología y la comunidad y la apropiación definitiva de gestión del riesgo por parte de una población, que a falta de un hábitat más estable ha asumido el compromiso de coexistir con el territorio en el que les correspondió vivir.
“Nosotros entendemos el cambio climático como algo sencillo; es una prueba que nos pone la naturaleza y depende de nosotros si la pasamos o no. Si tumbamos árboles, si contaminamos la quebrada, si no nos tomamos el trabajo de entender cómo funciona el territorio no vamos a pasar esa prueba. Eso es lo que decidimos aprender”, dice Luz Inés Morales, una líder comunitaria que hace 20 años llegó al barrio que surgió en los 80 ante la llegada de desplazados de Chocó y Antioquia y Medellín, expulsados por la violencia y la falta de recursos habitar una ciudad cuya especulación inmobiliaria y expansión ya iba a paso avasallante.
La deuda es prevenir
Por eso apunta Carolina que el enfoque del proyecto no se queda solo en crear un sistema de alerta antes de que ocurra un deslizamiento, sino aportar en un fortalecimiento comunitario para que se llegue al punto, incluso, en el que el evento pueda evitarse.
Ahí toca la experta quizás la cuestión fundamental de toda esta discusión alrededor de la gestión del riesgo en una ciudad en la que el número de emergencias y desastres, asociadas al cambio climático y la vulnerabilidad del territorio, aumentan sus cifras récord año tras año.
Prevenir el riesgo en lugar de mitigarlo o verlo materializado. Esa es la gran deuda que tiene Medellín entre manos. En los reportes anuales de la última década las emergencias por desastres naturales alcanzaron cifras históricas seis veces. El año pasado se acercaron a las 3.000 y en 2020 habían sido 1.799.
El número de viviendas destruidas en la ciudad por desastres naturales, que venían en descenso progresivo desde 2016, volvieron a dispararse a partir de 2020, tiempo desde el cual 1.555 casas (con corte a junio) han tenido que ser abandonadas por destrucción total.
Las inversiones públicas explican, en buena medida, estos resultados. Según Medellín Cómo Vamos el presupuesto asignado a prevención y atención de desastres representa menos del 2% de la inversión municipal total y las inversiones para el medio ambiente ni siquiera alcanzan el 1%. Para completar, la mayor cantidad de recursos están destinados a atender el desastre, no a prevenirlo y ni siquiera a mitigarlo.
La conclusión que entrega para Medellín Cómo Vamos Elizabeth Arboleda, directora de investigación y extensión de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, Medellín tiene la brújula embolatada porque asumió la gestión del riesgo de desastres como una política sectorial, desconociendo que dicha gestión solo puede ser posible con un desarrollo territorial en su conjunto. En palabras castizas, esto se ha traducido en una debilidad de la sociedad para reconocer los riesgos presentes y futuros de la ciudad y construir soluciones colectivas ante las amenazas del cambio climático.
Ante el gran interrogante de cómo hacer sostenible y replicable este sistema de alerta comunitario que hoy tiene Bello Oriente, Christian Werthmann sostiene que su esperanza es que la sociedad migre hacia una ética ampliamente compartida de mejora de asentamientos informales y prevención de desastres.
El investigador alemán recalca que la prevención de desastres “debe ser intocable a los recortes presupuestarios o cambios de prioridad”. Aun así –lamenta– se gasta mucho más presupuesto en la respuesta (primeros auxilios, limpieza, reconstrucción) a los desastres que en la prevención. Aunque este, advierte Werthmann, “este es un fenómeno mundial y parece ser una debilidad general de la naturaleza humana”.
Para el líder del proyecto Inform@risk, “mientras la sociedad no tenga una fuerte ética de prevención compartida por todas las entidades políticas, la última línea de defensa será la propia comunidad vulnerable y su capacidad para autogestionar el riesgo”.
En una ciudad que mira hacia las laderas en actitud de reproche, es importante mantener presente una realidad: los habitantes que allí habitan son poblaciones atrapadas, es uno de los conceptos que conforman la migración climática, fenómeno que la ONU lleva casi dos décadas abordando aunque todavía persisten enormes vacíos jurídicos en los países.
Están allí porque la ciudad y la institucionalidad no les dio otra opción y no pueden irse, aunque permanecer equivalga a vivir bajo amenaza, porque no tienen otra lugar a donde ir.
¿Puede la ciudad darles la espalda? Mientras la institucionalidad resuelve esa pregunta hay que seguir generando conocimiento y capacidad a las comunidades. Una causa que en Bello Oriente logró unir a expertos mundiales y a un montón de vecinos que se niegan a seguir errando.
