¿Estamos en Antioquia o en Chocó? Es la pregunta frecuente de quienes llegan de paso a Belén de Bajirá. Una duda que ya no causa sorpresa a los habitantes porque se acostumbraron a vivir entre una dualidad: dos culturas que comparten el mismo polvo que se levanta en las calles sin pavimento, dos idiosincrasias, dos sentimientos —los antioqueños se sienten lastimados y los chocoanos triunfadores— y el mismo desdén de que ya eso haga parte de su cotidianidad.
Identidades que se fracturan
Para llegar a Belén de Bajirá desde Mutatá hay que transitar por una carretera destapada, cuyas piedras hacen tambalear a quienes van en carro, moto, bicicleta o caballo. Los huecos se llenan cada tanto de la lluvia que cae y durante los 40 minutos que dura el trayecto solo hay palmas de aceite y grandes extensiones de tierra con cultivos de plátano y animales. Al final, en la única fracción pavimentada que hay, se descansa del mal estado en el que se encuentra la que sería la conexión principal con el departamento de Antioquia.
Desde la entrada del pueblo se perciben las calles polvorientas, una gran cantidad de motos y se escuchan los sonidos vallenatos en cada esquina. Todo parece normal, como en cualquier pueblito colombiano, pero dentro, en las entrañas de esa comunidad bajirense, se está rompiendo un tejido social y quebrando una identidad.
“Ya no tenemos la tranquilidad. Pedimos que no nos impongan una cultura que no conocemos”, son las primeras palabras que lanza el bajirense Libardo Mosquera, un hombre alto, de piel oscura y voz gruesa que dice no sentirse representado por la cultura chocoana.
“Nosotros establecimos nuestro pueblo basados en los parámetros de la cultura de Antioquia. Estamos en una situación en la que, si los chocoanos se dan cuenta de que alguien se denomina antioqueño lo miran feo o le tiran indirectas, y viceversa”, exclama Mosquera.
Belén de Bajirá tiene aproximadamente 17.000 habitantes y la zona del pueblo en donde identifican los límites entre Antioquia y Chocó es en el llamado puente de Caño Seco.
El diferendo limítrofe al que han sometido Bajirá continúa retrasando el desarrollo y bienestar de sus habitantes, quienes, después de dos décadas, siguen sin ver avances en cuanto a infraestructura, acueducto, vías, empleo, educación y salud.
“Llevo 54 años en este pueblo y siempre nos hemos sentido de Antioquia. Somos dos culturas muy diferentes. Ahora solo hay bulla, problemas y desorden”, dice con su acento costeño Mélido Martínez, cofundador de Bajirá, quien llegó cuando tenía solo 12 años de edad y ahora es uno de los líderes de los antioqueños en el territorio.
Una lesión profunda
De la fractura de ese tejido social, Henry Chaverra, representante de la comunidad chocoana e integrante del Comité Pro Creación del Municipio Belén de Bajirá, expresa que esta ha sido provocada por divisiones, enfrentamientos, odios, xenofobia y racismo, y también por las decisiones y discursos de algunos gobernantes.
“El culpable de que nuestro tejido social esté fracturado es el Estado colombiano, porque somos una población que ha estado 20 años en un limbo en el que Antioquia dice que invirtió miles de millones y el Chocó nunca ha hecho la presencia que tiene que hacer”, dice Chaverra, quien lleva 17 años habitando ese municipio del sur de Urabá, ubicado en la cuenca del río Atrato.
Es esta división entre los mismos pobladores de Bajirá la que representa para el sociólogo, docente e investigador de la Universidad Eafit, Adolfo León Maya, “una lesión profunda en el sentido de comunidad porque los pone en un plano de rivales cuando lo que son es ciudadanos que comparten unas condiciones materiales e históricas de olvido”.
Maya, quien ha estudiado la historia y realidad de la sociedad colombiana, expresa lo desafortunado que es que los pobladores se vean envueltos en tensiones que tienen otro índole distinto al de sus preocupaciones cotidianas.
“Que pertenezcan a Antioquia o que sigan perteneciendo a Chocó poco ayuda a transformar sus condiciones reales devenidas de sus tradiciones, tejido y memoria histórica colectiva. Este proceso desvía y construye una fisión en sus problemáticas reales, en el pensarse como comunidad política hacia adelante. Bajirá comenzó a tener registro en la prensa no por sus logros de transformación social y calidad de vida, sino por un pulso político, económico y geoestratégico”, expresa.
Ante esto, la politóloga y representante a la Cámara, Katherine Miranda, quien estudió por varios años a Belén de Bajirá, afirma que “esos intereses económicos y estratégicos de las autoridades nacionales, regionales y municipales, como la unión de diferentes grupos armados que operan en la región, son los que han desplazado los intereses sociales y culturales de las comunidades que habitan ese territorio”.
De las disputas políticas, jurídicas y económicas que han abrumado a este pueblo se ha hablado por muchos años. La pregunta que queda ahora es: ¿será posible, en un futuro, sanar y cerrar las heridas que causaron la fractura y el desmembramiento del tejido social de los pobladores de Belén de Bajirá?
Por lo pronto, las tardes allí siguen terminando con la puesta de un sol que pinta las calles de un color amarillo tostado y sus rayos traspasan las ceibas, almendros y melinas que rodean los kioscos de madera del parque central.