Tal vez si se hubiese salvado a último minuto de morir fusilado en pleno parque de Angostura. O se hubiese paseado por la plaza empedrada besando muchachos y recitando poemas.
Quizás si hubiera sembrado cada mañana semillas de marihuana por los caminos que rodean el pueblo. Tal vez si hubiese reescrito con un clavo sobre la tapia de cada casa la novela que un alcalde gazmoño le confiscó por inmoral... Si algo de eso hubiese ocurrido, o a alguien le interesara al menos inventarlo, la presencia de Barba Jacob en Angostura sería más fuerte de lo que es hoy.
Pero fue en Nueva York donde regó semillas de marihuana y en Guatemala donde se salvó de morir fusilado por compartir apellido con un condenado al paredón.
Y fue en México, en Cuba, en Salvador y en otros lugares donde pasaron tantas cosas, o donde quisieron inventarse tantas historias de él, que es allí donde su esquivo rastro es menos difuso que en aquel pueblo donde el futuro poeta errante creció.
Angostura, sin embargo, tiene algo que no tiene ningún otro lugar: el punto de partida del poeta que hoy lleva como nombre Casa Museo Porfirio Barba Jacob, aunque no fue Barba Jacob quien vivió allí sino Miguel Ángel Osorio Benítez. O sea, el mismo hombre en una vida distinta. En la primera de todas sus vidas.
***
La casa sigue en pie y mira de frente a la iglesia donde se apretuja la gente cada fin de semana para ver los restos del padre Marianito.
Por sus mismos corredores, pero hace más de un siglo, Miguel, el niño que sería poeta, maldecía inventando palabras y se retrataba tallando con un clavo las paredes del sótano y garabateaba frases y lamentos.
Llegó a la casona esquinera de sus abuelos apenas días después de nacer en Santa Rosa de Osos en 1883. Ahí amó a su abuela Benedicta y su jardín lleno de toronjiles, eneldos, saucos y astromelias. Ahí desafió a la burda autoridad de su abuelo Emigdio y grabó con un clavo o lo que tenía a la mano autorretratos infantiles y confesiones íntimas.
Ahí escribió su primera novela llamada Virginia, arrebatada y extraviada bajo el yugo moralista. En cuartos y zaguanes apuntó su pluma contra alcaldes y curas y se resguardó de la asfixiante y camandulera Angostura.
Ahí, en el sótano que hoy luce intacto, se ocultó durante la orgía de sangre en la última de las guerras civiles. Marcando sus días de encierro en la pared: 45 rayas y la palabra muerto, o al menos es la historia que cuentan al recorrer las entrañas de la casona.
Y de ahí partió a los veintidós años tras la muerte en 1905 de Benedicta, la dueña del solar de los lulos de oro. Se fue para ser Ricardo Arenales y Porfirio Barba Jacob. Para ser periodista y poeta siempre en fuga. Conservador y liberal, según la circunstancia; artista indomable o pluma a sueldo, según su conveniencia; sibarita o mendigo, según su suerte.
***
Él se marchó pero la casa siguió ahí. Fue fragmentada por comerciantes, atiborrada en sus entrañas de panela, hasta que un convite ciudadano la rescató en vísperas del centenario del natalicio de Barba. El arquitecto Luis Hernández Arango fue encargado de restaurarla en 1982. Y para ello se sumergió en la poesía y en algunas pistas de poeta que por esos días aun podían hallarse en el pueblo. Y lo logró.
En 2012 la casa ingresó a la Red Nacional de Museos. Hoy conserva decenas de manuscritos de Barba Jacob; algunos sobrevivieron a la humedad, a los comerciantes invasores y al olvido. Otros documentos: cartas a sus amigos y testimonios de su trasegar por el continente llegaron donados por sus poseedores que entendieron que no había un mejor lugar para juntar los pedazos que desperdigó el poeta en 59 años de vida que el sitio primigenio al cual volvió cada tanto a través de sus versos.
En calles y negocios de Angostura es difícil encontrar quien recite algún poema de Barba Jacob. O quizás este periodista no tuvo suerte. En cambio sí hubo quien dijera haber visto mexicanos y gente con acento raro lamentarse ante la enorme puerta de madera cerrada de la casa tras haber peregrinado hasta ahí solo para conocer el primer refugio del rey del reino estéril de las lágrimas.
Y es que luego de muchos años de apertura intermitente, por falta de recursos para disponer de guías y coordinadores en el lugar, apenas hace unos días la Casa Museo abrió otra vez domingo a domingo con la promesa de que nunca nadie vuelva a irse sin recorrer sus pasillos, así lo cuenta su director Julián Fernando Atehortúa.
Pero además se proponen ir más allá. Julián Fernando dice que por primera vez el municipio está trazando un plan concreto para recuperar el legado de Barba Jacob y lograr que el atractivo turístico de Angostura, que recae netamente en la fervorosa imagen de Marianito, se bifurque en una tríada: religión, naturaleza y cultura.
El inicio de esa renovada apertura en febrero arrojó buenos síntomas. 500 visitantes recorrieron la Casa Museo que, literalmente, tiene arte en todos sus rincones, pues además del testimonio de Barba Jacob hay obras de artistas locales como César Agudelo y una sala dedicada al maestro Bernardo Echavarría Berrío con sus paisajes cargados de luz y silencio.
Será interesante ese intento de búsqueda y encuentro del poeta para lograr posicionarlo entre el imaginario del pueblo. También será difícil.
Marianito está en las mentes de la gente y en las paredes de las casas; en miradores, en las cuevas donde dio misa mientras huía de la Guerra de los Mil Días y en un simpático museo que alberga casullas, estolas, solideos, recortes de periódicos y hasta bichos disecados y una réplica exacta en una urna del cuerpo venerado donde creyentes y suplicantes dejan sus ofrendas en forma de billetes.
Del poeta, en cambio, además de la casa, solo hay una huella física que se mantiene, dice Julián. Se trata de la Finca Margaritas, una casona colonial a la cual se puede llegar tomando la carretera polvorienta que de Angostura conduce a Carolina del Príncipe, en la vereda La Culebra. Un lugar que dicen que todavía conserva el aura que Barba Jacob retrató en Parábola del Retorno recordando sus días cuando era el niño Miguel en la hacienda de sus tíos abuelos. Allí donde la civilización era “una dulzura sin inventos”, diría.
Pero no importa si no quedan rastros del poeta en Angostura, también podrían inventárselos. Solo basta con una casa abierta que alimente el interés. De todos modos el escritor Fernando Vallejo, quizás la persona que más cerca ha estado de encontrarlo, concluyó que Barba Jacob es etéreo, escurridizo como un duende travieso, es recuerdos que son olvido. Es Humo. Pero no por eso muchos, en todo el continente, han dejado de buscarlo