Gente mala y fea, acerca de una columna de Rosa Montero

Sobre Rosa Montero

 

Laura Marcela Palacios Muñoz
Aprendiz de Comunicaciones
Prensa Escuela EL COLOMBIANO

No se trata de monstruos, plagas, psicópatas o criminales. Se trata de los malos del día a día, de los que discriminan sin razón y con prejuicios, de quienes señalan al otro con su dedo, pero esconden la mano.

La escritora española Rosa Montero, quien dice hablar más de gente buena que mala, reflexiona en este texto sobre la importancia del clima ético de un país, resaltando que no es necesario ser el autor de grandes masacres, pues con solo promover la mezquindad diaria que daña al otro, basta para ser malo, tonto y feo.

Prensa Escuela le recomienda la columna de Rosa Montero, “Gente mala y fea”, publicada en El Colombiano el lunes 12 de enero de 2015.

Un texto para comprender que la cobardía no es una excusa para dejar de ser buenos, que los buenos son mayoría, y que el ser humano necesita firmeza, porque, como dice esta periodista, no puede andar volátil como pluma en tormenta.

Vea  aquí  más columnas de opinión de Rosa Montero en EL COLOMBIANO.

El niño que hizo reír a la redacción de EL COLOMBIANO

Sala de redacción EL COLOMBIANO

 

Estefanía Alzate Arenas
Estudiante de Letras: Filología Hispánica
Octavo semestre 
Universidad de Antioquia 
Guía del Programa de visitantes “Conozcamos EL COLOMBIANO”

Un recorrido no es llegar a El Colombiano a trabajar, un recorrido es aprender, conocer, indagar y llevarse de cada visita una anécdota que se recordará siempre; unas más significativas que otras por los personajes que llegan, pero siempre habrá algo que recordar.

Un grupo de Boy Scouts llegó al periódico el sábado 19 de julio de 2014 en un calor de medio día, portaban sus uniformes azules de franjas amarillas,  y dispuestos a obtener una información que resolviera todas sus inquietudes sobre las publicaciones de El Colombiano mientras recorrieron las instalaciones.

El grupo estaba conformado por niños y adultos y las preguntas eran variadas según la edad, sin embargo, uno de ellos causó la risa de todos los presentes y de los periodistas que alcanzaron a escuchar su comentario. 

En los recorridos se nombran las zonas donde se distribuye el periódico Gente, una de ellas es el barrio Belén de Medellín. Ante esto, un niño que hacía parte del grupo de visitantes dijo con simpatía y seriedad: “¡Pues claro!, Belén, en donde nació el niño Jesús”.  

Fue un comentario inocente que no solo quedó en mi recuerdo, sino en el de sus compañeros de mayor edad, pues aún al finalizar el recorrido, quedaban risas de su singular comentario.

EL COLOMBIANO tiene su homólogo en Canadá

Y es que a El Colombiano no solo llegan personas de la Ciudad sino también extranjeros, en otra ocasión un grupo de estudiantes de Canadá de Maestría en cultura llegaron al periódico, unos incluso sin saber español. Sin embargo, sus compañeros más extrovertidos se arriesgaron a servir de traductores entre ellos y nosotros.

Todo era una novedad y las comparaciones no se hicieron esperar, pues nuestro amable traductor, para explicar de una manera más amable y amena, explicaba todo lo que tenía nuestro periódico relacionando los detalles con algunos de los diarios que ellos frecuentan allá.

Las diferencias no son muchas, tanto El Colombiano como Gente y Q’hubo tienen su homólogos en Canadá.

A EL COLOMBIANO le debo mi interés por el periodismo

 

Laura García Guerra
Estudiante de Comunicación Social
Sexto semestre
Fundación Universitaria Luis Amigó 
Guía del Programa de visitantes Conozcamos EL COLOMBIANO

Laur García Guerra, guía del programa de visitantes Conozcamos EL COLOMBIANO

Laura García Guerra, guía del programa de visitantes Conozcamos EL COLOMBIANO

¿Por qué estudiar Comunicación?, esta es la pregunta más frecuente que las personas realizan, en mi caso la respuesta va acompañada de una visita, una guía y un nuevo conocimiento en la niñez al lado de EL COLOMBIANO.

Y todo gracias al colegio, a Prensa Escuela y a la exitosa visita al periódico. Así comienza toda mi historia y crece el interés por el periodismo y los medios de comunicación.

Como guía del programa de visitantes Conozcamos El Colombiano comienzo a disfrutar de las sensaciones que me transmite esta empresa,  una de ellas es la ansiedad por conocer el grupo que llega de visita.Me hace feliz transmitir conocimiento

Los nervios antes de comenzar se mezclan con la felicidad de enseñar cada parte de El Colombiano, pero al final del recorrido queda la satisfacción de que las personas se van agradecidas con el conocimiento que les brindé.

Es gratificante ver a los adultos mayores que se vuelven niños al sorprenderse con las instalaciones del periódico, con el funcionamiento de las máquinas y todo el proceso de producción detrás de las publicaciones de El Colombiano.

Las visitas con ellos se convertirán en recuerdos e historias que perdurarán en el tiempo.

Como guía busco dejar huellas en las personas, de la misma manera que las dejaron en mí cuando fui visitante hace algunos años. Además quiero que quienes nos visiten, sean niños o adultos, adquieran un mayor sentido de pertenencia por  EO COLOMBIANO como empresa informativa.

Relato de mi primer recorrido

Un amigo en el bolso

 

Por Daniela Navarro
Estudiante de Comunicación Social
Quinto semestre
EAFIT
Guía del Programa de visitantes “Conozcamos EL COLOMBIANO”

 

Amigo en el bolso

Ilustración: Camilo Sandoval

 Por una equivocación, el primer día llegué tarde, pero salí feliz, sobre todo al ver a los niños con su nuevo amigo en el bolso.

Cuando crucé el torniquete de la entrada a las instalaciones del periódico eran las 9:20 de la mañana. El grupo ya estaba sentado esperándome con el otro guía hacía casi una hora. Nos visitaban niños de segundo grado de la I.E. Paula Montal de Itagüí que, por alguna razón se confundieron, y llegaron una hora antes de lo previsto.

Ese día sería mi primera vez, a las 10:00 de la mañana según la programación, pero justo antes de las 9:00 recibí una llamada, urgente, en la que me pedían amablemente llegar antes, es decir, salir ya de mi casa. ¡Ya!

Como era mi primera vez, yo estaba lista desde mucho antes —afortunadamente—  pues confieso que le tengo un miedo terrible a llegar tarde a cualquier parte. Entonces, ese día, además del susto de la primera vez, mi temor a ser incumplida se materializó, dejó de ser una terrible fantasía que jamás quería vivir y, efectivamente, llegué tarde.

No tuve tiempo ni siquiera de tomarme los dos tintos anti-nervios, ni el agua que me recupera la voz que siempre se me va antes de empezar, ni de proclamarme el discurso tranquilizante de “te va a ir bien, tranquila”, ni de repasar el guion al menos dos vececitas antes de decirlo, ni de separar las secciones del periódico que me gustan para mostrarlas… de nada, no tuve tiempo de nada.

Empecé. Varias veces al principio —lo confieso— se me nubló la mente porque no sabía qué más decir. Acababa de empezar y sentía que mi intento de discurso didáctico se agotaba, que no tenía más información, y que de las casi cinco páginas que cuentan la historia de El Colombiano, solo me faltaba contar un centenar de datos históricos que para los niños serían irrelevantes.

Pero en uno de esos momentos de bloqueo mental combinado con una especie de ceguera blanca, me llegó una epifanía, y creo que esa fue la responsable de que este, mi primer recorrido, haya sido particularmente especial.

Al frente mío tenía 15 niños de no más de 10 años, con una enorme expectativa por escuchar todo lo que yo tenía para decirles y de conocer cómo funcionaba El Colombiano. Lo sentí porque todos me miraban fijamente con ojitos saltarines que no hablaban, pero que comunicaban su ansiedad de conocer sin necesidad de pronunciar una palabra.

Entonces, en uno de esos momentos en los que no supe qué más decir, se me ocurrió preguntarles: ¿ustedes alguna vez han metido a un amigo en el bolso?

Todos se rieron mucho, y fue en ese instante cuando la pared de hielo que existe inicialmente entre el guía y el grupo se rompió. Fue mágico: repentinamente, mi susto se espantó y la dinámica cambió completamente.

En serio, ¿alguna vez han metido a un amigo en el bolso? —repetí mi epifanía, que para ellos no era más que una pregunta chistosa. Les mostré la portada de la cartilla Las noticias… ¡todo un cuento!, que tantas veces leímos y preparamos en las capacitaciones para aprender a trabajar con grupos de niños, y en ella, efectivamente,  aparece la ilustración de una chica que guarda a un amigo en el bolso al que solo se le ven las piernas.

A ellos les causó gracia al principio, pero luego, cuando les conté que el periódico El Colombiano era un amigo que sabe muchas cosas y que además, “se puede guardar en el bolso”, a ellos les quedó sonando la idea, y pude comprobarlo al final del recorrido.

Muchas veces me pregunté cuál de los públicos podría ser el menos complicado, y siempre tuve la idea de que era el de los niños, por ser más ingenuos y tener menos experiencia sabrían menos y, por eso, me harían preguntas más sencillas.

Sin embargo, ese día caí en la cuenta de cómo había menospreciado la inteligencia, la sagacidad y la sabiduría que trae consigo la ingenuidad: ellos, con sus preguntas, inquietudes y aportes, crearon una atmósfera muy particular durante el recorrido e hicieron que este no fuera solo el primero, sino, hasta ahora, el más especial y, quizá, el que más recordaré.

La que más me sorprendió fue una de las niñas. Le gusta mucho leer el periódico y nos contaba a todos sobre algunas noticias que le habían llamado la atención en otras ocasiones.

Cuando llegamos al lugar donde trabajan los periodistas de La República, nos contó a todos que en un diario económico, evidentemente, podríamos encontrar información relacionada con el predial. Lo dijo con tanta naturalidad que me sorprendí muchísimo, en especial, porque la palabra “predial”, si mal no recuerdo, empezó a formar parte de mi vocabulario más o menos a los 18 años.

Las rotativas estaban funcionando. Eso para ellos —y en general para todos los visitantes— es un espectáculo. Aún recuerdo la mirada de todos suspendida, enfocada en la banda transportadora que, “como en una montaña rusa”, (tomo prestadas las palabras de uno de los niños), lleva todos los periódicos de una manera tan organizada.

Noticias todo un cuento

Camilo Sandoval

“Yo quiero trabajar aquí”, es la expresión de muchos cuando hacen el recorrido. Pero lo que más me gusta escuchar de parte de los niños es ¿cuándo podemos volver? O, ¿cuándo la volvemos a ver?

Es muy gratificante sentir que las personas se sienten acogidas, satisfechas y, sobre todo, que ese discurso tan bien redactado en un guion y que podría reposar en un anaquel o estar archivado en el computador, toma vida, y que de allí, todos los visitantes, algo se llevan.

Terminamos la visita y les entregué un periódico de cortesía junto a la cartilla Las noticias… ¡todo un cuento! Lo que más me conmovió —y le doy los créditos a eso que he bautizado como una epifanía— fue verlos a todos sentados, en el piso, guardando el periódico en el morral y diciéndome: “Daniela, mira, guardé mi amigo en el bolso”.

Todos querían hacerlo. Todos lo enrollaron como mostraba la cartilla y los que no eran capaces de hacerlo, me decían: Daniela, ¿por favor me ayudas a guardar a mi amigo en el bolso?

La imagen de esos niños con su “amigo en el bolso” me ocupó la mente gran parte del día, y mi ceguera ya no era blanca por el susto, sino colorida por la emoción y la alegría de darme cuenta de lo atentos que son los niños, de cómo nos escuchan a quienes ellos perciben como adultos, de cómo nos respetan, de cómo nos agradecen.

Y sobre todo, el mayor aprendizaje de ese día fue, o es, que debemos escucharlos a ellos, prestarles atención y, desde niños, tratarlos como sujetos inteligentes, propositivos y capaces.

Hasta el día de hoy esa imagen me persigue, y tal como termina la historia de la cartilla, terminó la historia de mi primer recorrido: un grupo de niños con un nuevo amigo en el bolso.

 

Escuela en casa

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Carolina Navarro Montoya
Aprendiz de Comunicaciones
Prensa Escuela EL COLOMBIANO

El pasado 11 de marzo, un grupo de niños con sus  padres visitaron las instalaciones del periódico para conocer cómo se hace EL COLOMBIANO.

El recorrido fue como cualquier otro, la diferencia la hacía un grupo de padres que educan a sus hijos en casa, con horarios estrictos, tareas y exigencias como en cualquier colegio.

Algunas familias  son extranjeras y por limitaciones del idioma han tenido que recurrir a esta opción educativa, pero otros son colombianos que encontraron en esta alternativa una forma de conjugar equilibradamente la vida familiar con la académica, dando como resultado estudiantes preparados para las pruebas de Estado y familias comprometidas con el  proceso de formación académica de sus hijos.

Este es el testimonio de una de las madres que visitaron EL COLOMBIANO, quien desde hace tres años vino de Estados Unidos por motivos laborales y ha decidido educar a sus dos hijos en su hogar. Ella  considera que ésta es una excelente alternativa y está feliz con los logros que ha alcanzado.

Prensa Escuela EL COLOMBIANO – Visita

En este enlace podrán ver las fotos de la visita.