Por: Mariana Acosta Gutiérrez
Tallerista Prensa Escuela 2019
Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana
Universidad de San Buenaventura
Damos por sentado que a todos, alguna vez en la vida, nos ha ocurrido algo. Desde lo más remoto como la primera vez que nos atrevemos a jugar paintball, nos emocionamos por dar nuestro primer beso o, por qué no, nos han dejado plantados como coloquialmente se le llama en nuestro territorio. Son anécdotas un poco descabelladas que conservan la esencia de lo que implica ser humano y, sobre todo, ciudadanos que van caminando por el mundo descubriendo nuevas cosas.
La primera vez que me rompí
“La estrategia es la siguiente: cuando empiece el juego tú corres inmediatamente por la bandera. Ellos no se lo esperan, eso nos va a dar ventaja. Te van a empezar a disparar pero no te preocupes, nosotros les disparamos a ellos para cubrirte. Cuando llegues a la montañita que hay aquí a tu derecha saltas y te escondes. Desde ahí resolvemos. ¿Listo?”
“Listo”, le dije a mi amigo con voz segura, aunque estuviera temblando del miedo. Desde que me levanté esa mañana comencé a dudar si ir a jugar paintball. Una voz dentro de mí me decía que algo iba a salir mal, y mientras mi amigo me explicaba el plan, ese sentimiento se volvió más inminente. Pero yo, que siempre confío en mi intuición, ese día decidí ir en su contra porque no quería quedarles mal a mis amigos, que sí estaban muy emocionados por el juego.
En retrospectiva, no sé por qué accedí a ir en primer lugar. La única vez que había jugado paintball antes de ese día me asusté tanto con las balas que me quedé escondida detrás de una trinchera todo el juego. Naturalmente, mi equipo perdió. Tal vez lo que quería ese 27 de junio era reivindicarme.
1, 2, 3, ¡Juega! Gritó alguien del otro equipo desde el lado opuesto del campo, y supe que era mi momento. Respiré profundo para armarme de valor y emprendí mi rumbo montaña abajo. En mi mente sonaba la canción de Rocky Balboa. Me sentía invencible. Hasta que esuché la primera bala proveniente del campo contrario. La música se apagó y ahora solo escuchaba mis gritos, mi mecanismo de defensa por excelencia. Ya no me sentía invencible sino torpe. Los zapatos se enterraban en el lodo, el casco me empezó a sofocar y el peso de la pistola me anclaba al piso. Y sin embargo, milagrosamente, yo seguía corriendo para agarrar el trapo rojo que se elevaba en la mitad del campo.
Tomé la bandera. Sentí un breve alivio y me di la espalda para volver a mi territorio. En ese momento sentí el impacto de varias balas chocando contra mi chaleco. En medio de la adrenalina, olvidé que las reglas establecen que una vez te alcance una bala debes soltar la bandera y volver a tu campo con la pistola apuntando hacia el cielo. De haberla recordado, no me habría esperado aquel destino fatal. Pero en ese momento ya estaba pensando solo en la victoria.
Con la bandera en la mano ya no me sentía tan nerviosa. Incluso, había parado de gritar. Alcancé a divisar el montículo que me había señalado mi amigo y corrí hacia él. Una vez en la cima, salté. Solo me percaté de lo alto que era cuando estaba en el aire. Cuando caí grité de nuevo. Pero un grito distinto, este ya no era de miedo sino de dolor. Había caído mal en el pie izquierdo y me dominó una punzada a la altura del tobillo. Sentí toda la sangre de mi cuerpo correr hacia mi pie y un calor me invadió en ese punto. Puede que hayan pasado solo unos segundos, pero para mí se sintió una eternidad mientras estuve tirada en medio del pantano cual soldado herido.
Al ver que no me levantaba, mi amigo fue a ver qué había pasado. Del otro equipo gritaron que paráramos el juego, porque pensaban que había hecho trampa. De ahí, todo sucedió muy rápido. Mi amigo me tuvo que llevar cargada hasta una silla, porque cuando intentaba apoyar el pie sentía tanto dolor que se me iba el aire; estaba mareada y temía desmayarme. Ya sentada, llamé a mi mamá y a mi novio para avisarles que iba a ir a urgencias. “Seguro es un esguince, no te preocupes”, les dije a ambos para tranquilizarlos. Pero por dentro me decía a mí misma lo que unas horas después iba a confirmar la radiografía: “jueputa, me lo quebré”.
Tatiana Lozano Jaramillo
Universidad Pontificia Bolivariana
Comunicación social y Periodismo