La verdadera universidad de la vida: navegar en un barco por el mundo

Valeria Trujillo Arenas
Facultad de Comunicación Social – Periodismo
Universidad Pontificia Bolivariana

Darío Trujillo dejó iniciados sus estudios como publicista para embarcarse en una aventura que lo llevaría a recorrer casi todo el mundo durante 8 años. Vivía en Riosucio, Caldas, un pueblo carnavalero que lo vio crecer; en 1983, cuando tenía 17 años, un marinero de la Flota Mercante Grancolombiana del mismo lugar le ayudó a llenar un formulario para que comenzara a trabajar en la compañía naviera.

Ese mismo año, en mayo, comenzó su capacitación técnica y militar de 3 meses en Cartagena con el fin de recibir el aval de la Fuerza Naval de Colombia para trabajar en los buques mercantes, allí aprendió el glosario clave para entenderse con los marineros: ¿una ventana? se le llama portillo. ¿La derecha?, no, estribor, ¿izquierda?, babor. Y un conocimiento de vida o muerte para trabajar en los barcos: aprender a hacer nudos. 

Al principio, Darío pensaba trabajar como camarero, pero el mismo hombre que le dio el formulario le sugirió ser marinero de cubierta para que su labor fuera en el exterior del barco y pudiera aspirar a ascender en el trabajo; inicialmente, se es aprendiz de cubierta o grumete, después de 6 meses pasa a ser marinero, de acuerdo a su destreza, puede convertirse en timonel y finalmente, en un contramaestre.

Al zarpar desde Cartagena, la rutina de Darío consistía en cumplir con sus oficios desde las 7:30 a.m. hasta las 12:00 m, con un descanso a las 10:00 a.m.; más tarde, a la 1:00 p.m., seguía su jornada hasta las 5:00 p.m., almorzando a las 3:00 de la tarde. Pero en el mar hay que estar disponible las 24 horas, “no existe la palabra no puedo, no hay excusas”, cuenta Darío. Podría estar dormido en su tiempo libre, pero si era requerido, sencillamente iban a su camarote a llamarlo; por seguridad de la tripulación, nadie debía ponerle llave a la puerta cuando se estaba a solas en el lugar. 

El primer viaje en barco en el que estuvo trabajando se dirigía a Gotemburgo, Suecia; pasaron 17 días navegando en mar abierto, aproximadamente a 25 nudos por hora. Desde que zarpó en el primer barco desde Cartagena tardó 13 meses en volver a ver a su familia. 

Darío comenzó a disfrutar de los barcos cuando en mar abierto vio delfines, ballenas y tiburones y, especialmente, cuando entró en contacto con tantas culturas diferentes. En cada puerto donde el barco atracaba se quedaban al menos 3 o 4 días mientras se cumplían los procesos de carga o descarga, entonces él aprovechaba para recorrer los alrededores, comprar vinilos de heavy metal y empaparse de lo que la ciudad le ofreciera.

Recuerda nítidamente los puertos en invierno, algunos a 20 grados Celsius bajo cero. Afirma que por eso aprendió a dejarse crecer la barba. Durante esos periodos, usaba guantes de lana, encima, guantes de cuero y encima de esos, guantes de caucho; también una especie de pijama térmica, un pantalón de paño, una camisa, un buzo con cuello de tortuga y finalmente el traje azul de trabajo.

También vivió momentos más intensos que el clima. Cuando llevaba 9 meses navegando, el barco en el que estaba trabajando, llamado Río Cauca, chocó con otro. La zona frontal quedó destrozada mientras que el otro barco siguió su rumbo. En cualquier caso, esto no fue un problema para que Darío siguiera en la Flota Mercante; de hecho, trabajó en al menos 10 barcos diferentes entre buques de carga, petroleros e incluso cruceros. Cada que cambiaba de barco, cambiaba su tripulación.

El tiempo era más relativo de lo normal: dependiendo del lugar al que se dirigían y para hacer coincidir la llegada con la hora de la ciudad de turno, el timonel de guardia llegaba cada tanto donde la tripulación almorzaba para decir: “se le informa a la tripulación que, a partir de este momento, se adelanta una hora” y todos debían actualizar sus relojes y alarmas. 

Otras veces, es como si a los barcos en altamar no los alcanzara el tiempo. “Usted en un barco se neutraliza, si no pone el 100% de su capacidad para estar actualizado, se queda con lo que llegó. A un barco no te va a llegar lo que puedes conseguir en tierra, no te va a llegar el celular, el curso de computadores, nada, el internet, toda esa cantidad de cosas. Tengo que poner de mi parte para estar a la par con el mundo”, cuenta Darío, reflexiona, además, que los lobos de mar, como le llaman a los hombres viejos que han estado toda su vida en altamar, son unos expertos en los barcos, pero al llegar al puerto se convierten en analfabetos.

Aunque Darío no pudo seguir con su carrera de publicista, llevaba con él sus habilidades artísticas innatas, todo lo que aprendió durante el semestre que cursó en la Universidad Católica de Manizales le sirvió más de lo que podía imaginar.

Durante los momentos de guardia en el barco conversaba con el oficial de turno. En cierta ocasión, su superior le comentó que al llegar al puerto contratarían a alguien en tierra para pintar varios avisos de “no smoking” en los pasillos y la ciudadela, la estructura exterior del buque, pues se encontraban en un barco petrolero. 

Darío le contó de su paso breve por la publicidad y le dieron la oportunidad de hacer el trabajo, que realizó con excelencia y quedó en su historial. Dos meses después, en otro barco con una nueva tripulación, el capitán al mando le dijo que él venía referido y que sabía de su capacidad para pintar.

El barco iba a quedarse en un dique seco, un espacio separado del agua en el puerto, para unos ajustes superficiales, entre esos, pintar el escudo de la Flota Mercante Grancolombiana en la proa. Darío le confirmó que podía hacerlo y le pidió un ayudante, otro marinero que también venía de Riosucio.

Un par de días después, terminada la pintura, llamaron al superior y caminaron por el muelle para ver la proa. El capitán observa el escudo, luego a Darío y su ayudante.

-¿No es una calcomanía?-sugirió.

-No señor, lo pintamos-le aseguró Darío. 

-Qué tan bonito… pínteme el de la popa y se va una semana para su casa- le propuso el capitán. 

Darío aceptó, pero negoció con el superior para que el otro marinero que le ayudó también recibiera el descanso. Al final, los dos obtuvieron tres días cada uno. Como se encontraban en Corea del Sur, cuando volvieron a Cartagena, disfrutaron el permiso concedido.

Por lo general, cuando Darío recibía vacaciones o permisos, llegaba lo más pronto que podía a Riosucio. Además del constante ambiente festivo del pueblo, su familia lo motivaba a volver de la misma forma en que lo motivó a irse; la razón por la que dejó sus estudios fue porque veía a su papá con problemas económicos, por lo que dijo “vámonos a trabajar más bien”.

Con 8 años siendo parte de la Flota Mercante, pudo sostener a toda su familia; ayudó a sus papás alivianando la carga económica, le dio un apartamento a su hermano mayor, Alonso; el estudio universitario a una hermana menor, Lina; y el paso por el colegio a los dos más jóvenes de la casa, Federico y Adriana.

A los 5 años de pertenecer a la compañía ganó el derecho de llevar con él a sus familiares en la ruta que estaba pactada en ese momento; recuerda con cariño cuando su mamá se embarcó con él y visitaron Europa en una travesía por Inglaterra, Suecia, Alemania, Bélgica, Holanda y España. 

Esta década para Darío fue trascendental en su vida, pudo tener su propio capital y conoció gran parte del mundo. Hoy reflexiona y considera que es una experiencia que debe ser una etapa, es decir, que comienza y tiene un fin; sus compañeros, los lobos de mar, le aconsejaban lo mismo. 

“Yo era el más sardinito-tenía 17 años- Muchos me decían: ´Paisa, ahorre y váyase de aquí, no se gaste toda su vida encerrado en un barco, esto es una cárcel ambulante… una casa ambulante…´Entre comillas me daban a entender que eran unas máquinas de trabajo”, cuenta Darío al pensar en la soledad y recuerda a otros marinos que no pudieron criar a sus  hijos o sostener su matrimonio. 

Hoy, 30 años después de su retiro en 1991, aún mantiene frescos sus recuerdos sobre esa época. Estar en el mar le trae una nostalgia leve-como la brisa- cuando piensa en su juventud tan singular, lejos de las aulas universitarias y los amigos, todo a causa de la marea, los lobos de mar y el resto del mundo esperándolo en cada puerto.

A Darío le gusta pensar en una teoría que afirma que el ser humano viene del mar y se quedó en la tierra, pero que, en el fondo, ese mar tiene una fuerza de atracción, una invitación a que volvamos a él. Como buzo certificado, disfruta meterse al agua porque siente que se le despierta ese espíritu marinero.

“Ser marinero no lo es cualquiera, cualquiera no tiene la capacidad de montarse en un barco y meterse mar adentro, yo me pongo a pensar hoy en día… o uno tenía un corazón demasiado aventurero o no tenía nada que perder”, concluye Darío.

 

Vida, muerte, vida

Ana Isabel Giraldo Giraldo
Escuela de Educación y Pedagogía
Licenciatura Inglés Español
Universidad Pontificia Bolivariana

Se sentó en la cama para respirar e intentar llenar con aire el vacío que se le encajó en el pecho después de que, todavía entre dormida, escuchara a gritos: “¡Se murió Laura!”

Otra vez, la madrugada siendo mensajera de malas noticias. Salió del cuarto con la misma sensación de vacío en el pecho, el nudo en el estómago y la negación en la cabeza. Caminó desesperadamente de un lado a otro mientras amanecía.Le retumbaba la premisa de desconsuelo que escuchó decir a otra de sus tías, quién vivía en el piso de arriba, “Esto no puede ser, esto no puede ser. Díganme que es mentira”.

Rápidamente, todos en la casa comenzaron a bañarse y organizarse, ya habían vivido situaciones como estas porque, como dijo alguna vez uno de sus primos, “Muy bellos, muy buena gente, pero lástima lo poco longevos”. Sabían que el día comenzaba temprano y que luego habría encuentro de corazones apacharrados, abrazos con sollozos, mensajes de condolencias, llamadas y más llamadas de familiares, amigos, conocidos y curiosos. 

Cinco días antes la tía había comenzado a sentir malestar en el cuerpo. La indisposición no pasaba de una gripa que debía cuidarse con Fluturán, Vitamina C y altas dosis de aguapanela caliente con jengibre y limón. El jueves, después de 3 días sintiendo desaliento, decidieron ir a hacerle la prueba para Covid 19. Salió positiva y, antes de finalizar la semana, cuatro positivos más en su casa. El viernes, toda la familia estaba en cuarentena y en la madrugada del sábado la tía ya no estaba.

A mi mamá le chocaba tanto la gente lenta que hasta pa’ morirse fue rápida. Contaba una de sus hijas en una tarde familiar de remembranzas en la casa donde vivieron los abuelos. En ese mismo lugar donde los sobrinos aprendieron a montar en zancos, patines y bicicleta con la ayuda de la tía que, sin mucho pensarlo, soltaba a quien le estaba enseñando y le decía:

Hágale, hágale. Siga que usted es capaz. Mire pal’ frente.

Años más tarde, cuando ya no había niños que cuidar los juegos de patio fueron reemplazados por el Fase10, los rompecabezas de mil fichas, los sudokus y los crucigramas. Para estos últimos las tías se turnaban las mismas gafas que permanecían sobre la mesa. A no ser que Laura se las quedara para usarlas como diadema y así sujetar su pelo gris que hace muchos años había decidido no volver a tinturar y tampoco dejar que su largo sobrepasara los hombros.

Además de los juegos, el tinto que ofrecía la tía apenas llegaban a la casa amenizaba la previa a la coronilla del señor de las misericordias que rezaban cada tarde a las tres, en correspondencia al legado que había dejado la abuela. Luego empezaba la tertulia con vino de consagrar de las monjitas del convento de Marinilla y la tía, que conocía a mucha gente en el pueblo, fácilmente podría terminar contando que la hija de los “paturros” se casó con un “patebomba” que viene siendo primo de los “chingas”. Y les decía a las otras tías que cómo no se iban a acordar si ellos tuvieron tienda por ahí por la confitería, cerquita de Anita la de los Granodeoros. Un acertijo que solo entendían los viejos porque para los más jóvenes parecía estar hablando en clave, pero realmente hablaba de los apodos de familias de un barrio de Marinilla.

Por otra parte, nunca se llegó a saber que tenía la tía con las reuniones funerarias porque no había velorio o entierro de persona conocida que se perdiera. Tal vez, por eso tan suyo de la vida social, las amigas y las charlas que duraban horas. Además, su particular gusto por las ciencias forenses y su ausencia de morbo respecto a este tema. De hecho, en varias ocasiones llegó a contar con picardía que le cerró los ojos a un muerto y que otro día le sacó un pelo de la boca a una señora ya fallecida. Tanto así que, siempre que moría algún vecino, la abuela le hacía lavar las manos antes de entrar a la cocina porque según ella, Laura era muy “novelera” y seguro, había estado allá tocando al muerto. Anécdotas que terminaba expresando con su gesto natural, la sonrisa desmedida complementada por las arruguitas de las comisuras alrededor de la boca y aquellas marcadas en el contorno de los ojos coquetos que hablaban sin palabras.

Entre el trance que supone una noticia que se siente como una patada en la cara y la exigencia de continuar la vida sin opción de ponerle pausa, las memorias se llenan de últimas veces.  La última vez que la vio, la última llamada, el último mensaje la noche anterior o la última planta de su jardín amado que, con sus manos grandes y gruesas como las del abuelo, sembró y luego regaló diciendo “para que me cuide la energía”, como si ya el camino lo supiera. Las mismas manos con las que escribía en un pedazo de servilleta mal doblada la solución a los acertijos que enviaba al grupo de WhatsApp de la familia, después de haber enviado mensajes o notas de voz diciendo:

¿Nada que han podido? Jajaja

No, no es así. Miren bien y pónganle lógica.

Hoy, cuatro meses después de que la tía trascendió, la vida va volviendo gradualmente a su curso. Volvió el afuera, la ciudad, la rapidez, el movimiento. Volvió todo, menos Lala, porque ya hace parte de todo. 

El recorrido

Simmon David Ayala Mosquera

“Ver cómo las ideas se convierten en palabras, las palabras en párrafos, los párrafos en historias”, dijo Carolina; en ese momento supe que sobre eso quería escribir.

Llegué a Prensa Escuela por casualidad, una tarde de esas en las que los viernes se alargan en la universidad y uno decide esperar a un amigo para comer algo después. “Acompáñame a dar un taller, en el bloque 9” — eran días de presencialidad “De una, claro que sí”.

Empezaron a llegar, con uniformes variados, chicos y chicas que no parecían tener mucho en común, ni las edades ni los colegios, pero todos se conocían entre sí, se saludaban con nombres, apodos y bromas del que siempre llegaba tarde o la que rara vez asistía. Ese día la actividad era en pequeñas hojas de colores, uniendo palabras y contando historias, una de mis cosas favoritas. 

“Escriban sobre su primera vez”, fue la indicación. Algunos se reían entre susurros antes de explicarles que podía ser cualquier primera vez: el recuerdo de algún viaje o una salida especial. Mi amigo me pidió que ayudara a quienes tenían dudas, mientras él hacía asesorías sobre los textos. Al principio las preguntas tenían forma de coma, tilde o una b, pero pronto se convirtieron en cómo describir el dolor de una fractura o la emoción de un beso y, pensando en las particularidades de cada pequeña primera vez, la duda sobre esos jóvenes y sus historias se fue conmigo.

Dos años después me senté frente al computador, ahora como tallerista en vez de ayudante y saludé a un nuevo grupo de historias con jóvenes curiosos para contarlas. En ese primer encuentro, entre risas nerviosas, con mi compañera Maria Camila, quisimos saber qué pasaba por la mente de los chicos y chicas contando anécdotas sobre zapatos, chanclas y botas. 

Entre otras cosas, intentamos resolver la gran duda que estaba en el aire sobre qué estábamos haciendo allí sentados frente a computadores o celulares. En ese momento teníamos meses en los que nos habíamos preparado con muchas ideas: ¡Ciudadanía! Queremos acercarlos. ¡Escucha! Queremos dialogar con ustedes. ¡Narración! Queremos que lean, escriban y creen sus historias.

Al final, el paso a paso de los aprendizajes, que es el recorrido por El Taller, siempre pensando en esas historias, en esa publicación con las narraciones que dejan a un lado la imaginación y hablan de la realidad, lo que pasa frente a uno y, como cierto cliché dice por ahí, “supera la ficción”.

Entonces, en uno de los encuentros hablamos de descripciones y el valor de los detalles, mientras escuchamos a alguna chica reconstruir la finca que visitaba con su papá cuando era pequeña; ella compartió con el grupo algunos párrafos repletos de texturas, olores y recuerdos como si fueran fotografías.

Otro día, hablando de los personajes y cómo ubicarlos en medio de una historia, una chica nos cuestionó sobre qué preguntarle a su profesor, el personaje de la historia que quería escribir y que admiraba porque había migrado persiguiendo sus sueños. Curiosamente, recordé que hacía menos de una hora ella contaba los altibajos de su propio viaje de Venezuela a Colombia y le pregunté por qué no era ella misma la protagonista de su historia: “Eso era lo que quería al principio”, respondió.

En una sesión más, les dijimos que así como uno se presenta con el nombre, los textos se presentan con el título y por eso debe ser interesante, concreto, cautivante, que sea un abrebocas para lo que se va a leer. “¡Yo ya tengo mi título! Nuestra vida colgando en el aire”, dice un chico con la energía de siempre, nos dejó con la duda de su historia y al final reveló que se trataba del relato de cuando se quedó atrapado en el Metrocable. Es un muy buen título, pensé, justo cuando los demás prendían los micrófonos para decírselo.

De cierta manera, siendo muy poético, me gusta pensar en El Taller como algo literal, una especie de carpintería donde los textos se escriben por piezas: algunas ideas sueltas, muchas preguntas y títulos sin historias concretas. Todo se va construyendo y, acompañándolos, uno se da cuenta de que algunas veces es difícil encontrarle la forma a las piezas que van juntas o cortar aquellas que no encajan; otras veces es más fácil darle unas últimas pinceladas.

Leyendo también se nota que la voz es algo muy potente, porque es particular leer algo y pensar: esto es justo lo que esta persona escribiría. Tal vez es por eso que al corregir uno se vuelve más meticuloso, cuida la historia de cada uno en sus palabras, y al reunirse con ese autor hacerle las preguntas correctas: “¿qué querías expresar con eso? ¿Crees que podría haber más de aquello?”.

Entonces, ellos responden, corrigen, preguntan, vuelven a responder, a revisar y a corregir de nuevo. Escribir es un esfuerzo interminable. “Los autores siguen corrigiendo hasta después de publicar” nos dicen en el ejercicio de sala de redacción, y es muy cierto, aunque los autores tienen un proceso que conocen de primera mano y que, en este caso, los talleristas tenemos también la dicha de conocer.

Escribir sí es un esfuerzo interminable, porque de las ideas a las palabras hay un camino muy largo. En ese camino uno escribe, corrige, pregunta, responde, revisa, todo de nuevo y, cuando menos piensa, llega la hora final en la que se entrega el texto. Uno, como tallerista, sabe que no todos serán seleccionados porque todos son diferentes, cada uno con un valor desconocido detrás.

Y me quedo pensando en esa primera vez, hace varias semanas, cuando, con emoción, empezaban las historias a encontrar sus escritores y ellos, a su vez, encontraban sus palabras, que, como bien decía Carolina, pronto serían párrafos que harían esas historias realidad.

El Taller ocurre así, entre un primer encuentro y relatos listos para escuchar, para publicar. Queda lo aprendido, lo que solía ser desconocido, y el esfuerzo de todo el recorrido. 

 

El barrio desde la ventana

Sara Montoya García
Universidad Pontificia Bolivariana

Algunas veces necesitamos que pase alguien por nuestras vidas para recordarnos aquellas memorias que tenemos enmarcadas para siempre, pero que a veces duermen. En esta ocasión quiero agradecer a una de mis estudiantes de El Taller de Prensa Escuela por haberme hecho recordar mi primer barrio, el de toda la vida -o al menos la primera parte de ella, la parte más emocionante e inocente-, a través de su texto Y empaqué mi barrio.

Hace algunos meses atrás pasé en autobús por la que fue mi primera cuadra: la 111, en el barrio Florencia, de Bello. Viví allí durante los primeros diez años de mi vida. Así que ella me vio nacer, llorar, crecer, me entregó mis primeras amistades y las primeras imágenes que llevo de la vida. Mientras el bus bajaba por esa cuadra empinada no pude evitar pensar en todos los momentos que pasé allí. Sentía que el bus iba rodando divertida y lentamente como cuando todos los vecinos extendíamos una bolsa negra desde la parte más alta de la calle hasta la punta de abajo, con agua y jabón y nos deslizábamos repetidas veces hasta que alguno resultaba con dolor de cadera, o un niño caía encima de otro y teníamos que envolver la bolsa para que no fuera una bola de niños, uno encima del otro, con otro y otro, rodando sin cesar.

Aunque el viaje en bus venía desde el Doce de Octubre hasta el barrio Gran Avenida, solo mantengo presente ese instante en el que crucé mi cuadra, o la que era mi cuadra. Algunos decían que era la más empinada de Bello. Asomada por la ventanilla recorrí con la mirada uno a uno los lugares más destacados de ella. En la parte superior, vi la tienda de doña Ángela, la señora de risa eterna, porque cuando algo le causaba gracia, o incluso dolor, reía tanto, y tan fuerte, que las personas tenían que acercarse a ofrecerle agua y decirle “Doña Ángela, tranquila, respire, usted puede”. Y ella agarraba un abanico colorido que tenía siempre encima de un balde de cervezas. Y decía: “Yo creo que me voy a morir de la risa un día de estos. Ventéeme, ventéeme”. La tienda ya no está, y por comentarios que le llegaron a mi abuela, doña Ángela murió de un cáncer de estómago. En el barrio dicen que fue de tanto reírse.

Más abajo, se encontraba la casa de una de mis mejores amigas de la infancia. Carolina, “La Negra”. La casa era la admiración de toda la cuadra: grande, sin grietas, y con un vasto jardín en donde había árboles de naranjas y conejos. Lo interesante es que, aunque el jardín era de la casa de Carolina, toda la cuadra se dedicaba a cuidarlo. Era normal encontrar al vecino de la primera casa podando el jardín, mientras doña Ángela tomaba las regaderas, se limpiaba el sudor, y se ponía a mojar todas las plantas. Cuenta mi mamá que, eso sí, toda la vida la gente se ha peleado por coger las naranjas de ese jardín. A veces el árbol amanecía desnudo, y al otro día, todos se miraban de reojo tratando de adivinar quién fue.

En la mitad de la cuadra, vi la casa del celador. Seguía teniendo en la entrada una silla, la silla en la que él solía sentarse y dormirse cuando estaba cansado de tanto trabajar. Don Aníbal cuidaba todo el barrio, y se recorría todas las cuadras cercanas con su silbato y su boquitoqui de mentiras. Cuando se hacía tarde, lo veíamos desde los balcones, le voleábamos la mano, y le decíamos: “Qué descanse, don Aníbal, hasta mañana”. Y entonces levantaba la ceja y decía: “¿Qué descanse? Si yo soy el celador”. Él se conocía todos los recovecos del barrio, los amoríos, los ñeros, los ricachones, y con todos conversaba y se reía y se inventaba historias de leyendas nocturnas, y de monstruos que cobraban ‘vacunas’. Así lo creía yo. Don Aníbal murió sentado en la silla donde descansaba. Un día no amaneció, y supimos que había tenido un descanso eterno, como se lo merecía.

Y cuando el bus ya estaba a punto de girar, reconocí lo último que esperaba ver.  La casa de las rumberas: Eugenia, Estella, Vicky y la Chiquis. Las más bullosas, las más conflictivas, las que habitaban la casa a la que le retumbaban los vidrios, y la que los vecinos decían que se estaba cayendo, que porque ese ruido alguna vez iba a tumbar las paredes. Me acuerdo que una vez mi abuela les dijo: “El equipo de sonido de ustedes es más grande que la nevera”. Y una vez entré a esa casa y descubrí que no era sarcasmo. Doña Eugenia y doña Estella ya murieron, y Vicky y la Chiquis se fueron a vivir a otro barrio más alto, y parece que siguen siendo conocidas por sus fiestas estrambóticas. Las recuerdo de buena manera porque, aunque eran siempre el motivo de rabietas y conflictos en el barrio, y las que hacían llamar a los policías y luego se quedaban charlando con ellos, siempre que hacían comida, la hacían para toda la cuadra y llevaban los platos puerta a puerta. Nos compartían la música a todos, y también la comida.

Sé que la 111 sigue siendo una cuadra particular. Estoy segura de que se siguen escuchando los coros de la mazamorra, el Q’Hubo, la tierra de capote y musgo, y el medio litro de helado. Solo que con otras voces. Ya hay una señora nueva de la tienda, un nuevo celador, y una nueva familia rumbera, porque pareciera que las cuadras siempre están y lo que cambian son las historias. Y las historias son las que tejen las personalidades de los barrios. Me quedo con el barrio que veo desde la ventana, porque es el que yo recuerdo aunque realmente ya sea uno totalmente distinto.

 

Una comedia en la ciudad

Sofía Pérez Quinchía
Colegio Colombo Británico
Grado Noveno
Talleristas: Paola Cañas y Ana Isabel Giraldo

Este video es un relato sobre la fuerza de los recuerdos, construidos a partir de momentos cotidianos, los cuales consolidan una amistad potente y atemporal.