Las calles no están hechas para las personas, entonces, Prensa Escuela hace nuevas rutas

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Maria Antonia Quintero Arango.

Comunicación Social y Periodismo

Universidad Pontificia Bolivariana

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Ser periodista me ha permitido pisar las calles nuevamente, conectándome con lo que allí sucede por medio de relatos reales que cuentan otras voces y narran otros ojos. Sin embargo, este romanticismo no es propio de cada paso. Los viernes a la una de la tarde salgo a esperar el bus integrado que me acerca a la estación de metro; una vez en el paradero, las piernas me comienzan a temblar como un llamado a la paciencia para que me acompañe en la incertidumbre de la espera: al parecer su reloj funciona distinto al mío porque su llegada al paradero puede ser cada diez minutos o cada media hora. Los días en que no llega, decido emprender el camino sin ayuda de su motor. 

Mis zapatos reemplazan el caucho de las llantas y el sudor que rueda por mi frente hace las veces de gasolina. Olvidar el paradero de bus y desistir de la paciencia, implica despojarse del escudo de metal que me aleja del humo de cigarrillo de las zonas de fumadores sobre la acera, de los cuerpos que duermen sobre cartón cubiertos con telas agujereadas, de heces tostadas por el sol, comentarios sexuales no solicitados, de cruces peatonales que parecen ser invisibles a los ojos de los carros, pavimento reventado por raíces que quieren retomar una existencia por fuera barreras grises. El escudo me protege de las realidades y me permite completar un recorrido sin mirarlo. Sin atención. 

Son 1,9 km incómodos. Pero qué es incomodarse cuando aún hay energía joven que puede caminarlos, cuando aún hay un cuerpo funcional que aguanta el esfuerzo. ¿Qué son veinticinco minutos en las calles hostiles cuando aún me esperan 2 horas maravillosas en Prensa Escuela? Nada. Era un viernes 20 de septiembre, le escribí a mi compañero tallerista: “Santi, el bus hoy me traicionó del todo. Voy tarde” y él, como es característico, me respondió “tranquila, yo me encargo mientras llegas”; emprendí mi camino en la jungla de autos sin paciencia y malos olores.  

Me hice pequeña. Me camuflé entre el humo de los buses y camiones. Cubrí mis oídos con cada moto que dejaba un eco después del viento. Di pasos más grandes para esquivar manchas de extraña procedencia. Jugué a la cuerda floja en aceras angostas que priorizan los vehículos y se olvidan de que en el mundo hay talleristas con ansias de llegar. 

La ciudadanía se construye desde los actos más pequeños y los gestos más genuinos. El camino pesado y los sacrificios son solo una forma de narrar el trayecto “prensaescuelero”, el adjetivo que formulamos para todo lo que implique la experiencia de Prensa; pero en esos detalles también están los aportes complejos y profundos de Pérez, junto a las reflexiones sensibles de Mena; bien complementadas con las ocurrencias creativas de Clara y la capacidad que tiene Amapola de sacarnos una sonrisa a todos. Los ojos atentos de Juan Miguel, compartiendo puesto e interés con Anto López y, algunas sillas detrás, la genuina sonrisa de Samu que enmarca su conexión con el taller. Cuando el proyector se encendía, la mirada de Isa y Eli se iluminaba para seguir las letras de Patricia Nieto, apoyadas de las recomendaciones musicales de Michelle y las apreciaciones significativas de Rich. La mano de Emi siempre era la primera que se levantaba en momentos de participación, propiciando un espacio en el que todos podíamos interactuar. La empatía es una categoría compleja de adquirir, pero la dulzura de Cañas y Violet siempre las condujo a conectarse con relatos ajenos. Juan Sebastián y Anto Arias construyeron historias detalladas y cargadas de sentimientos que hizo que nuestro territorio fuera incluyente de todos los sentires con respecto a lo que sucede en el Valle de Aburrá.

El choque entre mi temperatura corporal y los 17 grados del aire acondicionado me hace saber que llegué. Pero el “¡Hola, Anto!”, en voces agudas cargadas de felicidad, me dice que estoy en el lugar indicado.  No pensé que un salón  me iba a permitir ver las calles como el espacio común que tengo con los chicos y chicas del grupo 2: el aula se vuelve un mundo cuando sus particulares historias llenan el taller de risas, sorpresas y nuevas formas de ver el mundo.

 

La niña que lo dejó todo atrás

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Hannah Lopera Builes 

Licenciatura en español e inglés

Universidad Pontificia Bolivariana

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Bertha Lía fue una niña que nació en el campo de San Jerónimo, un municipio ubicado en la subregión Occidente del departamento de Antioquia, caracterizado por su vibrante ambiente, sus campos verdes y también por su gente cálida. 

Desde muy pequeña Bertha cargó con muchas responsabilidades. Fue una niña que tuvo que cambiar sus juguetes, sus muñecas de trapo, sus ilusiones y sueños por los trapos o los callos del trabajo y el esfuerzo. Bertha creció entre muchos hermanos, catorce en total, sin contar los que fallecieron luego de nacer y los que la violencia o los azares le arrebataron. Cada uno tenía un aspecto diferente al otro, pero a Bertha la caracterizaba su belleza tan dulce, adornada con una notable tez blanca, ojos marrones y un cabello oscuro que hacían de ella una niña encantadora. 

Aunque ella fue muy feliz en los campos verdes de San Jerónimo, muchas veces la vida se tornaba difícil; como cuando los hombres de botas negras y uniformes entraban en las casas, los padres de Bertha, con el corazón agitado, la escondían a ella y a sus hermanos en costales de maíz y alimento para animales en un cuarto de agricultura. Allí, también entre bultos de café que perfumaban el aire con el intenso aroma del grano oscuro, intentaban olvidar el peligro, sumidos en el calor sofocante del escondite, mientras los hombres salían de la casa. A otros, los escondían bajo las camas, en un intento desesperado de que no fueran hallados. 

En 1951, a la edad de seis años, tuvo que mudarse a casa de su tía Emma en el municipio de Bello para poder estudiar la primaria. Aunque la calidez de Emma le recordaba a Bertha el abrazo de su tierra, la adaptación fue difícil. Era una vida distinta, pues en esa época no habían escuelas aledañas en San Jerónimo y, aún así, en Bello, Bertha debía emprender un largo camino para llegar al colegio enfrentándose a la nostalgia de su amado hogar. 

Estudió en el Sagrado Corazón el primer año, y en el Rosalía de Bello los dos siguientes. En tercero de primaria, se iba y regresaba del colegio junto a su prima Rosalba, se acompañaban entre sí. Ellas caminaban juntas porque su tía Emma siempre les decía: Cuidado con parar y ponerse a hablar con los locos que hay por ahí, que ellos andan con un machete suelto para coger a los niños. Les entra por allá atrás, y les sale por la boca. No se desvíen del camino. Estas palabras hacían que ellas caminaran tomadas de las manos y con sus ojos vigilantes al recorrido, y en cuanto divisaban a un hombre, se echaban a correr con miedo; esto llamaba la atención de sus compañeras, que les preguntaban: “¿ustedes por qué corren, es que le tienen miedo a la gente?”.

Como su tía Emma solía enfermarse a menudo y la mayor parte del tiempo se encontraba hospitalizada, Bertha debía frecuentar la casa de su tía Cleofe. Una noche, sintió que la estaban tocando y se dio cuenta que había sido el esposo de su tía Emma, entonces lanzó un grito fuerte. Este evento hizo que Bertha tuviera que permanecer con su tía Cleofe.

Fue allí donde vivió las peores experiencias de su infancia. Como su tía Cleofe le estaba ofreciendo un techo y alimentación, Bertha no podía vivir de arrimada en esa casa; entonces se convirtió en la cenicienta de aquel lugar, siendo una niña de tan solo siete años. Ella debía limpiar, organizar, cocinar e incluso lavar los interiores de sus ocho primos, que eran casi de su misma edad. Sus manos, hechas para sostener muñecas, ahora se sentían ásperas y secas por el constante frote del jabón en las prendas. Bertha también se levantaba a las cuatro y diez de la mañana para hacer “piladas” de arepas, esto le provocó serias quemaduras y ampollas en sus pequeñas y delicadas manos, que ni aún el aroma a maíz que tanto disfrutaba, podía curar.

Su tía Cleofe la cuidaba por un compromiso, porque en realidad todas las labores de la casa se las encargaba a Bertha Lía. Incluso, ella solía irse con sus hijos a jugar parqués cerca de la casa y la obligaba a su sobrina a quedarse planchando la ropa de todos sin poder salir. Fue entonces, en una de esas noches de parqués y risas, pero de agotamiento y esfuerzo para Bertha, que decidió escapar de la casa. Tomó la poca ropa que tenía, la envolvió en un mantel con cuadros de un rojo vivo, se puso algo encima, y en medio de su temeroso silencio, huyó a casa de su tía Emma, ocultando su rostro, tratando de que nadie la reconociese. Aquel lugar que debía ser su ameno hospedaje, se había convertido en un hondo y oscuro abismo de puertas y ventanas.

Como ya no podía quedarse más en ninguna de las casas, la enviaron a un internado de monjas en el municipio de Marinilla. Allí, al menos podría terminar sus estudios y tener un techo bajo el cual pudiese vivir. Sin embargo, al cabo de unos años, también tuvo que huir de aquel lugar, pues una niña que nunca supo qué era jugar, sino trabajar hasta el sudor toda su vida, ya tenía la habilidad de aprender a hacer rápidamente cualquier tarea. Fue entonces en el internado donde aprendió a bordar y a coser, actividades que ahora disfruta, pero prontamente las monjas también comenzaron a aprovecharse de ella y de sus capacidades, sobrecargándola de labores e intentando convertirla en una trabajadora más.

Bertha anduvo su vida de trabajo en trabajo y de casa en casa para encontrar un refugio y la alegría que anhelaba: vivir su infancia como cualquier otro niño que desea tomar sus juguetes, reír, soñar, o ir al colegio, tomar un lápiz y trazar su propio destino. Con el paso de los años, se adaptó a toda clase de tareas, con la esperanza de labrar su vida, superar las carencias y convertirse en la persona que quería ser. De las manos de Bertha brotó el pan, las costuras del día a día, trabajó como impulsadora de productos, empleada doméstica y más, para poder salir adelante ella. Fue así como unos años más tarde, junto con su familia, pudo brindarle a sus hijos las oportunidades que ella no pudo tener.

A la edad de 17 años conoció a su primer amor, Arcesio, y tiempo después encontró el verdadero amor en Jairo de Jesús. A pesar de que él siempre la apoyó en las tareas del hogar y en llevar comida a la mesa, ella nunca dejó de trabajar para asegurar que sus tres hijos pudieran estudiar, no les faltara nada y no tuvieran que pasar por las dificultades que ella vivió. Hoy, sus hijos son profesionales y reconocen todo lo que su madre sacrificó y logró por ellos.

Bertha Lía ya no luce como antes. Su cabello negro profundo, ahora ha sido pintado por el tiempo en tonos de amarillo y blanco, como si de huellas de los muchos caminos que recorrió se tratase. Sus ojos, aunque ya no tan marrones, están adornados con un leve y dulce gris azulado, testigo de la niña que aún permanece en su interior. Su piel se conserva clara, pero ahora brilla con los matices dorados que el sol alguna vez le dio, y sus manos, aunque las use ahora para bordar, leer, cocinar, o para pasar los canales de la televisión, están decoradas con esos pliegues que narran, en silencio, las historias de la vida de una niña que se lastimó amasando tantas arepas; platillo típico y exquisito que ahora la caracteriza en su cocina. Bertha Lía es una mujer que dejó su infancia con todo atrás por la falta de recursos y oportunidades, fue la niña que tuvo que huir siempre, que soñaba con ilusión. Aquella que me causa admiración porque no desistió. Esa niña de la que hablo es mi abuela. 

El amor es de color rojo

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Diana Milena Mesa Restrepo

Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana

Universidad de Sanbuenaventura

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Durante varios años pensé que a las personas se les apreciaba más cuando ya no estaban presentes. Me causaba gran impresión el hecho de que la ausencia era el mayor detonante del amor. A su vez, contemplar cómo este se alimentaba de arrepentimientos carentes de sinceridad, me hacía replantearme la idea del amor. No me refiero a un amor romántico, sino a algo fraternal, es decir, un amor que se puede oler y saborear, con aroma a fines de semana en familia y con sabor a chocolate caliente.

Siempre he admirado a las personas que ven las adversidades como una oportunidad de aprendizaje, que saben que esquivar un obstáculo es un logro y que, aunque la vida sea dura, “el amor es más fuerte”. Ese fue el mantra que doña Eloísa siempre repetía cuando se avecinaba algo malo. En el barrio era conocida como “doña Eloísa”: la señora que vendía los almuerzos más ricos de todo El Playón. Para mí era “La mamita”; así la llamábamos los casi ochenta nietos y tataranietos que tenía. La mamita pocas veces se enojaba; siempre soltaba improperios chistosos y al reírnos le dábamos permiso para que continuara haciéndolo. 

La conexión con mi abuela era singular; cargaba un humor contagioso y la habilidad innata de levantarle el ánimo a cualquier persona que pasara por un mal momento. A su lado, los dolores y las preocupaciones desaparecían instantáneamente. Cuando me atrevía a preguntarle la razón de su infinita felicidad, respondía:

—La Virgen del Carmen siempre me ayuda y, para rematar, mis nietos viven muy cerca.

La familia vivía muy cerca de la abuela. No sé si por aprovechados o por amor ferviente, aunque me quedo con la primera opción. Pese a eso, la abuela siempre disponía de todos los artilugios y remedios caseros para cualquier enfermedad al menos eso creía yoy los preparaba con todo el amor del mundo. 

Con el pasar de los años, el desgaste de las rodillas se apoderó de ella y ya no podía caminar libremente. Su eterna positividad disminuyó al punto de hacer que la familia se preocupara. Sin embargo, recobró su buena actitud y decía que al estar sentada todo el tiempo ya podría descansar y disfrutar de la vida. Su positividad crecía y decrecía constantemente. En ocasiones decía que soñaba con ver a mi hermana casarse y, en otras, se afligía porque creía que no podría verme cumplir quince años.

La inocencia de la infancia se extendió hasta la adultez, y esa fue mi realidad. Desde mi más vago recuerdo, la casa de la abuela siempre mantuvo el mismo orden y los mismos objetos. Hace algunos años no lo entendía, pero ahora puedo comprender que era una costumbre para atesorar los buenos tiempos. Para mí era fascinante, como viajar al pasado y ser eternamente la pequeña niña de La mamita. El color que predominaba en la casa era el rojo. Nunca pregunté la razón, pero casi todo en la casa tenía ese color.

Era rutina pasar por la acera de esa gran casa de puerta roja y despedirme de mi abuela, mientras recibía las bendiciones de todos los santos existentes en el mundo. Aún recuerdo su voz cuando hablaba por teléfono:

—¡Vea por Dios! La niña va a estudiar dizque en la San Buenaventura. Me contó que eso allá tiene muchas escaleras. Yo ya le dije a José que me compre una silla de ruedas; esa graduación yo no me la voy a perder.

Efectivamente, la silla de ruedas fue una compra que no tuvo espera y era su medio de transporte para las citas médicas, reuniones familiares y algunos paseos dominicales a misa. Gracias a ese artefacto ella se motivaba a salir. Por esto, cuando los días se tornaban oscuros yo tenía la certeza de que esa casita roja me iba a curar todas las angustias, que la magia de esta era inagotable para mí, que era la pequeña princesa de la casa. 

El 22 de abril recibimos una de las noticias que nadie espera recibir: 

—Mami, ya entregaron los exámenes. La mamita tiene cáncer y está en la etapa terminal.

Todo pasó muy rápido. La mamita volvió a la casa, como si nada hubiera pasado. La familia decidió callar esa dura realidad, y ocultarle dicho infortunio era nuestra prioridad. El reto más grande era escucharla hablar de su futura mejoría y hacer de tripas corazón para evitar llorar frente a ella. Los médicos no se explicaban el hecho de que aún estuviera con vida; sus órganos estaban completamente deteriorados. 

Durante esos días, el cielo se había contagiado de la desgracia que se avecinaba en aquella casita roja. Llovía constantemente; nadie hablaba. Al llegar a casa mi hermana, mi mamá y yo siempre llorábamos antes de bajar a saludar a la abuela. Mi papá no lloraba. Supongo que lo hacía para sostener la cordura casi inexistente en la familia. Saludarla cada día era una tortura. Su alegría contagiosa había perdido la calidez que siempre había tenido. Ahora sentía una fuerte punzada de dolor y evitar las lágrimas era una labor de superhéroes.

Las visitas no se hicieron esperar, y la última despedida de muchos familiares, era uno de los momentos más felices de La mamita, ya que pudo compartir con personas que no veía hacía años. Días después, contrataron a una enfermera para que nos ayudara a asistirla en la noche. Las visitas, cada vez, eran más y más constantes. La mamita tuvo la valentía de preguntar lo que nadie podría responder:

—¿Por qué hay tanta gente? ¿Es que yo me voy a morir o qué?

El silencio se prolongó tanto que sentí que me iba a desmayar. Hasta que alguien respondió con una risa nerviosa:

—¡Oiga pues! ¿Y es que no se puede visitar a La mamita o qué?

Conservaba la esperanza de que La mamita se hubiera convencido con esa respuesta, aunque sé que eso no había pasado. Los días pasaban y la espera nos carcomía; no sabíamos cuál era el siguiente paso. La mamita odiaba a la enfermera y eso me motivaba un poco porque no había perdido el humor que siempre la caracterizó.

La gran pesadilla llegó con gritos desaforados. La escena más desesperante y triste fue ver la casa atestada de personas gritando. La mamita estaba saturando en 7. La mamita se estaba muriendo…

El sonido de ese pequeño aparato era como una burla al desespero que se sentía en esa casa.

¡Beep! Está en 7…

¡Beep! Está en 2…

¡Beep! Subió a 40…

Su oxigenación subía y bajaba. No aceptaba que era el momento de decir adiós, aunque ya era necesario. Se negó durante toda la noche a partir. Se burlaba de la muerte al negar fuertemente con la cabeza cuando alguien decía que era momento de irse. Las mil y una noches no pueden compararse con la eternidad que duró esa noche. Los celos que sentí de Sherezada eran inmensos. Al menos ella tenía mil posibilidades, yo solo tenía una certeza. Después de llorar, de verla sufrir y quejarse del dolor a las 6 a. m., día de las madres, pronunció un:

—Mi Dios les pague.

Y la magia en aquella casa murió para siempre. La mamita Eloísa murió a los 92 años y la vida nunca volvió a ser igual. La casita roja cambió de color. Ya no había nadie al pasar por la acera, ni había chistes, ni anécdotas. No quedaba nada. La magia que creía inagotable daba por finalizada su labor. Los médicos dijeron que no existía una razón lógica para que ella hubiera estado viva en las condiciones en que estaba. Desde las letras sí le encuentro significado, tal vez para consolarme o porque realmente es así. La abuela vivió hasta el último momento gracias al amor que había en su corazón, un amor puro, incondicional y lleno de magia: un amor de color rojo. 

Allá arriba, en tu origen

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Susana Arcila Jiménez

Universidad Pontificia Bolivariana

Comunicación Social – Periodismo

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La espera se hizo conscientemente más larga cuando vi pasar el quinto bus de El Pinar, Santo Domingo. A quien llamaré “El reparador de llantas”, le dijo algo indescifrable al busero y procedió a acostarse boca arriba bajo el bus, como todo un mecánico; tenía un buzo rojo y una bolsa de basura negra. No supe ni lo que hizo ni lo que le dijo al conductor, yo sólo estaba parada arriba de ellos en la estación Hospital, eran las 9:40 de la mañana y el cielo estaba nublado y gris, tanta era mi preocupación al salir de casa, que me llevé la chaqueta más grande y, ¿por qué no?, un impermeable de motos reciclable de color azul. No llovió.

Mientras el clima mejoraba, y de fondo en mis audífonos sonaba Dramarama, pasaban varios transeúntes que venían del metro. No es por hacer suposiciones, pero parecía que estaban ahí por lo mismo que yo; les miraba de reojo sus tenis de caminata, las camisetas cómodas con estampados variados, algunas gorras y, curiosamente, al bajar las escaleras, paraban en el mismo lugar de encuentro al que yo debía llegar. Seguía esperando y mirando casi el décimo bus de El Pinar, rojo y chiquito; adiviné la ruta del tercer Circular Coonatra que veía, ese que está integrado con el metro: recorre “La 33”, te deja en la UdeA, pasa por El Palo, el Museo Cementerio San Pedro y, donde yo estaba, por la estación Hospital. Claro, no podía ser el décimo, el octavo o el quinto que veía, porque haciendo un recorrido tan largo se explica por qué se demora tanto.

Faltaba un minuto para las 10:00, la hora de encuentro, y por fin me estaba dirigiendo al lugar donde estaban todas y cada una de las personas a quienes les había analizado la pinta y que ahora me miraban con mayor familiaridad. Recuerdo que mi amiga, a quien había estado esperando, dijo algo y el muchacho de la caminata soltó el comentario: – ¡Ah sí! Yo la veía parada hace rato allá en el puente–. El joven de bermudas verdes, como las mías, corpulento y con cara de caricatura, me señaló; mientras yo estaba ignorándolo, miraba hacia atrás, porque estaba viendo que una persona conocida, de esas que es mejor no saludar, llegaba al aclamado punto de encuentro: el D1 que queda frente a la estación Hospital. “Mierda, qué pena”, pensé, pero al voltear e integrarme solo sonreí como una niña pequeña. 

Jalé a mi amiga del brazo, le hice la seña, esa que es con los labios, señalando al ser de camiseta vino tinto y a su compañía, con quienes no quería cruzar miradas, y ella lo entendió todo; íbamos a caminar lejos de la pareja indeseable. Inició la caminata por el barrio Prado a eso de las 10:08 de la mañana y antes de que empezara la subida de una verdadera loma, el joven de bermudas verdes, como las mías, que resultó ser el guía, nos dio un poco de contexto. 

– ¿En serio, Susi? ¿Eres adoptada?–, me preguntaba mi amiga de lentes y vestido negro, largo, vampirezco. 

– Si, ¿yo no te conté? Esa es mi carta de presentación. 

– ¡Ay Susi! Ahorita me cuenta la historia–. Me dijo cuando empezamos a caminar cuesta arriba. Ahora estaba a tan solo cuatro minutos de La Casita de Nicolás. 

Llegamos a la franja arquitectónica del barrio Prado, donde poco a poco dejábamos el ruido, los buses, las panaderías de esquina, las casas del siglo XXI de la clase baja de Medellín y, comenzábamos a ver los 1.200 metros cuadrados que se llevaba cada casa del mismo barrio que una vez le perteneció a las familias más pipiris nais de todo Medellín, como decía el guía, y que ahora tiene varias zonas de tolerancia y está rodeado de asilos e instituciones para la salud mental.

Caminamos hasta el Parque de Prado, un manglar futurista, abandonado, pero irónicamente, rodeado de un esquema de seguridad escondido en la maleza y cerca de uno de los muchos elefantes blancos de Medellín: la estación San José del Metroplús. Quien nos guiaba, nos permitió recorrer el parque y tomarnos fotografías. Después de ir por una botella de agua a una tienda cercana, me quedé pensando en el siguiente hecho: “¿Cómo es posible que un bus del Metro pare en una loma de estas? Con razón”. Durante el recorrido libre de ese escenario sacado de Jurassic Park, hablaba con La Vampira: 

–Es que ahí mismo supe que íbamos a estar por aquí, yo tenía que buscar qué tan cerca estábamos de ese lugar–. Le dije. 

–Demás que pasamos por allá, ojalá–. Me decía mi amiga. 

Cuando me estaba convenciendo de que habíamos volteado por el lado contrario para llegar a La Casita, el joven de bermudas verdes, como las mías, nos pidió a todo su séquito una foto en esa parada, luego, nos dio unas indicaciones y volteamos a la izquierda del Parque, una cuadra abajo; justo por esa calle estaba la cuadra de Nicolás. Me puse nerviosa.

No iba a ese lugar desde que nací, literalmente. Era la mitad de la cuadra y tenía el celular guardado en el bolsillo. Comencé a ver una fachada amarilla pastel muy deteriorada y un letrero el cual sólo podía ser leído intuitivamente. La Vampira me dijo: – ¡Ahí es! ¿Cierto Susi?–. Me paralicé un segundo e intenté hacer memoria fotográfica; es decir, tratar de recordar si sentía que había estado allí y solo pensé en una imagen donde había una pareja y una bebé con la lengua afuera; de fondo había una ventana y al lado una cómoda gigante de color café, parecía un recibidor, una oficina; era un segundo piso. Vi la ventana desde otra perspectiva, desde afuera y también logré imaginar a las familias Arcila Arango y Jiménez Arango entrando por la puerta principal de La Casita de Nicolás. 

Le dije a La Vampira que me tomara una foto. “Esto tenía que quedar capturado”, pensé. La lejanía que sentía con ese espacio me hacía querer plasmar un recuerdo y sentir a aquel lugar en el que había estado, por lo menos 55 días, como un hogar. La gente de la caminata pasaba y se quedaban mirando para tratar de averiguar en qué lugar emblemático estaba posando la vista y cuando veían la fachada desvanecida y el letrero borroso y caído, seguían caminando. “Quizá era algo más personal”, creo que pensaron. Le envié la foto a mis papás de inmediato; a los cinco minutos, exactamente a las 11:05, me llega un audio de mi papá: – Gordita, qué es esa foto tan maravillosa, mi amor. Tu origen, ahí fue donde estuviste en cuna mi amor. Ahí ya eras nuestra, te amamos– . 

Foto Susi

Martes

Sara Garcés Villa

Licenciatura en Español e Inglés

Universidad Pontificia Bolivariana

Equipo de Talleristas Prensa Escuela 2024

Sara Garcés Lic Español e Inglés_UPB_2024

 

 

 

 

 

En el cielo están pasando de occidente a oriente las constelaciones visibles de febrero; en Barú las páginas de los libros de la única biblioteca se llenan de gotas de aire salado; en Concordia las hojas de café se mueven al ritmo de las nubes densas y en la 70 voy embelesada porque es martes, el día en que veo más relajada la ciudad. Aun así, voy también como si de mis pasos dependiera la vida de mis padres. Hoy es su aniversario 33.

La 70 siempre ha sido un lugar donde el ruido y el sonido cotejan los límites de mis tímpanos. Mis pasos se unifican con los de una niña a la que sus coletas le saltan debido al revoloteo salvaje de las palomas que en su tiempo libre se alimentan del popó humano de los indigentes de la avenida.

Foto: El Colombiano

Motores en aceleración contaminan los bosquejos de la historia que escucho del señor que dibuja caricaturas de las almas extranjeras, visitantes de la Eterna primavera. Así, entre pensamientos del cielo, del mar, del café y las coletas de la niña voy llegando a Estadio. Un mundo lleno de vida que recorre lo no finito del universo.

Dos pasos, dos segundos y un hombre tirándose de los barandales de la estación. Un cuerpo, un mareado, una vida, una muerte, un tren pasando y un humano desbocado entre todos los momentos de su existencia. Un segundo y mi mirada se deconstruye, un suicidio y mis ojos observando a aquel que sería el tercer muerto que han admirado. El momento centrado en lo que era la vida de un extraño, a quien nadie puede nombrar.

Una noche despejada siente el calor del beso de mis padres. Mi mente viajando entre la angustia y la felicidad. Finalmente, algo o nadie buscando la voz del muerto de la estación.