Rutas y recuerdos

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Por: Amalia Posada Sánchez

Colegio Marymount

Es un alivio ver al señor Yeiner Pantoja después de una larga clase extracurricular, sobre todo cuando debo llegar a mi casa a estudiar, probablemente a repasar para algún examen. Definitivamente, verlo a él saludándome con una amable y reconfortante sonrisa, me conmueve, porque no importa lo muy mal que haya ido ese día, siempre va a haber algo agradable, algo que lo arregle. 

Ir a mi casa después del colegio siempre fue un problema, no se encontraba a ninguna persona que se ofreciera para llevar dos niñas al Alto de Las Palmas, a las cinco de la tarde, pero Yeiner nos hizo sentir como si eso fuera lo que a él más le gustara, y  lo hace muy bien. Para llegar a mi casa hay que pasar primero por el barrio La Acuarela, ya que allá viven otras niñas que se fueron juntando para que hubiera una ruta que llegara tan lejos del colegio.

Mi conductor pone Vallenato a todo taco, con la ventanilla abierta cantándole a todo peatón que se le cruce. Este fue un impulso para abrir mis gustos musicales, y ya básicamente, me sé sus emisoras favoritas; aunque en un principio no me gustaba ni 5 que pusiera música tan duro, ya es indispensable para hacer el trayecto a mi casa más corto y divertido.

Al señor Yeiner le encanta manejar, se nota, lo supe desde la primera vez que él nos montó en esa buseta con El Binomio De Oro reventando los parlantes. Las carreteras destapadas son su pasión, y las coge como si no supiera lo mucho que esa buseta saltaría, así, sin miedo al éxito. Cuando la gente maneja “lento” se queja y grita: “¡Eche no joda!”, a todos los que se le atraviesan; pero lo curioso es que la gente es lenta al ver que se les avecina una buseta que se parece a un mega bafle o a un carro que transporta el equipo de sonido de un concierto de una banda que estaba ensayando ahí mismo.

No sabía mucho de él, ni de dónde era, sólo sabía que era costeño por su acento, y por mucho tiempo no supe ni cómo se llamaba. Prensa Escuela hizo que quisiera conocerlo a mayor profundidad, lo que nunca dudé es que fuera una buena persona, pues fue él quien se echó al charco cuando no teníamos un transporte a nuestra casa, una persona que se aventuró a convivir con nosotras cuarenta y cinco minutos al día. Quise indagar sobre él, porque me parece que conocerlo va a hacer mejor la comunicación. Yeiner Pantoja venía de la costa, de donde él decía “un nido de vacas”: era de Planeta Rica. A Yeiner no le gustaba hablar mucho de sus horarios, pero nos había contado en alguna ocasión que  en las tardes nos transportaba a nosotras y por las mañanas a estudiantes de otro colegio. Estas dos actividades las hacía en sus lomas favoritas: las del Alto de Las Palmas; y llegaba en la noche a su casa feliz a decirle a su esposa y su hijo lo bien que lo había pasado, y lo sabroso que le resultó el mango de ese día.

Me acuerdo que un día estaba muy pero muy estresado porque le quería conseguir boletas a su esposa para ir al concierto de Shakira, y menos mal la monitora de la ruta, Cristina, le ayudó a entrar en la lista de espera para conseguir las boletas. Aunque no sé cómo se llama su esposa, sé que la quiere, y mucho, sé que en la ruta habla con ella para contarle cómo va el recorrido y si ese día iba a llegar temprano o no; y desde el otro lado del teléfono se escucha una voz dulce (que no suena casi porque él habla más que un loro mojado) emocionada por escucharlo.

Su forma de manejar es impredecible, puede ir “empecuecado” por todo Envigado al son de lo que esté sonando en la radio (claramente sin violar ninguna ley de velocidad), o puede ir despacio si la canción hablaba de algo triste, o porque ese día Tropicana no estaba tan tropical como a él le gusta. A mi conductor le encanta el mango biche, el que no se ha madurado, el que “está duro porque nadie lo quiere” y al que escoge porque “está solito”, como dice él. Por eso, sin importar la fila en el puesto de venta, siempre pide su buena porción, “con de todo”. Nunca pierde la oportunidad de esperar su mango antes de llevarnos al colegio, y a nosotras nos encanta ver su emoción cuando maneja, mientras se lo come de un tarro gigante.

En rutas anteriores, mis amigas y yo leíamos cualquier libro que las otras estuvieran leyendo y guardábamos canciones que mencionaban para después buscarlas en nuestras playlists, pero en esta ruta ese no es el caso. Claro que lo tratamos, pero esos resaltadores terminan en otra esquina muy distante a la que queremos marcar, y es que escuchar a Diomedes Diaz mientras leemos un libro de suspenso es un tema complejo, pero empezamos a apreciar que esa música cuadraba perfecto con cualquier libro. ¿Estás leyendo Harry Potter? Pues La Gota Fría de Carlos Vives es justo lo que necesitas. 

Esos trayectos ya se volvieron recuerdos que no se olvidarán fácilmente, tardes que no queremos que se acaben, y sonrisas que nunca desaparecerán. Con él aprendimos que pasaba “en los años 1600”, y en “el verano del 73”; básicamente una clase de cultura general y de historia todos los días. Gracias a Yeiner supimos que “Una cosa es acero inoxidable, y otra es hacerlo inolvidable”

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Ilustración: Manuela Correa Vélez

Noche de Halloween

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Por: Yhosselin Ríos Grisales

Institución Educativa Carlos Vieco Ortiz

Halloween siempre ha sido una de las fiestas más amadas por los niños, es el día ideal para ver películas de terror, decorar nuestras casas con arañas, telarañas, fantasmas, muertos vivientes, sangre o cualquier elemento que nos provoque miedo; para disfrazarnos con amigos y comer grandes cantidades de dulces, aunque luego nos duela el estómago por consecuencia. Es también el día perfecto para perderse entre los mares de personas, ser secuestrado y vendido a desconocidos, ser objeto de hechizos, de brujería. Es el día perfecto para la muerte. 

El Halloween llegó a Colombia debido a la televisión, a la publicidad y a las influencias extranjeras, al mismo tiempo, justo en los 90 cuando el país vivía una de las épocas más violentas de su historia. En las ciudades y los pueblos se escuchaban sonidos estruendosos, parecidos a un golpe o una caída en seco, estallidos que algunos confundían con pólvora. Hasta el día de hoy, una oscura sombra cubre los rostros y las historias de miles de personas que, lastimosamente, tuvieron que sobrevivir como pudieron, enterrando a sus muertos y abandonando sus tierras. 

Ahora bien, pasando de una historia a otra, corría el mes de octubre de un año incierto, 2012 o quizás 2013, cuando la violencia caería una vez más sobre el suelo de nuestro dolido país. La sombra volvería a cubrir los rostros de muchas personas de la comuna 13 de Medellín, entre ellas, a una pequeña niña de escasos cinco o seis años. Y es que este territorio siempre se ha visto envuelto por el narcotráfico y golpeado por la violencia. Se dice que actualmente es algo que ya no sucede, atribuyéndole a la Operación Orión “un cambio y una mejora”, pero la realidad es otra. Esta historia de verdadero terror la vivió la pequeña niña que hoy les escribe.

El hecho ocurrió un 31 de octubre, aunque debo decir que el mero recuerdo ya es difuso para mí. Siendo apenas una pequeña niña, me cepillaba los dientes después de haber comido tantos dulces como había podido, cuando un sonido impactante me dio un susto increíble y me obligó a reaccionar de inmediato, salí del pequeño trance de sueño en el que me encontraba. La curiosidad me hizo pensar que aquel sonido era pólvora, pero de repente fui interrumpida por mi madre que me arrastraría al baño abruptamente. 

Los gritos y sollozos se hicieron presentes por las personas que ese día se encontraban en mi hogar: mi madre, mi hermana mayor, una prima mayor que mi hermana y yo. Todo pasó de manera rápida y el afán de entender lo que sucedía se me hizo presente. Mi mamá se encontraba hablando por teléfono, y en un pequeño descuido, decidí ir explorar, me asomé por la ventana a buscar el motivo de tanto alboroto, y lo que me encontraría sería una imagen que, aún años después del suceso, se puede hacer presente en mi cabeza. La escena que presenciaba era tan aterradora como un cuento de Stephen King. Se trataba de un joven con líneas negras y blancas por su rostro, vestido de los mismos colores intentando parecerse a un esqueleto, alrededor de él un charco de un líquido espeso de color carmesí; se encontraba ahí, tirado en la acera de mi casa, una lámpara que estaba diagonal a él en esa misma calle lo iluminaba de tal forma, que pude verlo patentico.

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Ilustración: Manuela Correa Uribe

El joven que yacía en el suelo de aquel callejón, pedía ayuda en voz baja, al mismo tiempo que gemía de dolor y comenzaba a retorcerse de formas extrañas, como si un puñado de hormigas subiera por sus piernas produciendo un estremecimiento por todo su cuerpo. Aquel muchacho desconocido, con toda una vida por delante, se empezaba a convertir en otra cosa, en muerte. Curioso, pues su disfraz era una oscura premonición de su futuro cercano. La muerte llegó ese día a un barrio, a una esquina, a una familia. 

Aquella noche de Halloween pasó de ser un recuerdo de divertidos disfraces, a ser un hecho traumático. El trance de las risas y dulces al primer vestigio de la muerte. Los restos de la violencia que ha perdurado por años en el país, y que se ha hecho presente en la vida de muchas personas, por no decir todas. 

Esta historia marcó mi vida, me transformé en una pequeña que no podía escuchar un sonido fuerte sin pegar un brinco del susto. Se me revuelcan las entrañas y los recuerdos, salen a jugar los sentimientos negativos cuando escucho un impacto fuerte al encontrarme sola o al estar en la fría oscuridad de la noche. Ese Halloween se convertiría en una huella de sangre, en un reflejo del dolor de una comuna, de una historia y de una tradición de muerte.

Conectados

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Por: Violeta Bolívar Hoyos

Escuela Normal Superior de Medellín

Decidí narrar a mi bisabuelo porque las historias que me cuentan de él en mi familia, siempre nos han mantenido conectados, sin importar que no nos conocimos en vida. Rogelio Antonio Zapata fue un hombre bondadoso, amoroso, respetuoso y honesto. Recuerdo que cuando era más pequeña, mi mamá siempre me hablaba de mi bisabuelo, o como de cariño lo llamaban, papito. Al principio para mi mamá fue duro hablar de él, pero con el tiempo empezó a contarme esos bonitos recuerdos que ella siempre guarda con alegría y nostalgia.

Rogelio Antonio Zapata nació el 5 de febrero de 1936, en Angostura, Antioquia y murió el 14 de octubre del 2003 en Medellín. Desde pequeño siempre fue un hombre trabajador, el cual ayudaba en la finca de sus papás. 

Un domingo, a sus 22 años, conoció al amor de su vida. Como de costumbre, mi abuelo fue a la iglesia del pueblo, y allí estaba ella, María Oliva Loaiza Zapata, una mujer muy hermosa. Él decidió acercarse y hablarle, para darse cuenta que, en cuestión de segundos, tuvieron una conexión increíble.

Rogelio le pidió que salieran, a lo que Oliva aceptó muy contenta. Rogelio visitaba a Oliva cada quince días: salían a caminar, a almorzar o solo a acompañarse el uno al otro. Y aunque en esa época se les daba un año a los novios para conocerse, apenas ocho meses después, ambos se casaron en Angostura un 25 de diciembre. 

Mis bisabuelos no tienen fotos de ese gran día, pero mi mamita siempre lo recuerda con mucha felicidad y nostalgia: su primer año de casados lo pasaron en la finca del papá de ella, y un año después se aventuraron a vivir en Medellín. Llegaron al barrio Villa Hermosa, donde compraron una casa hermosa y grande, a los dos años de estar allí, llegó la primera hija: Nury. De ahí le siguieron otras seis: Inés, Doris, Gladys, Alba, Melva y Andrea. Finalmente, a los dos años nació Santiago y mis bisabuelos se sintieron muy contentos, ya que siempre quisieron un varón. 

Rogelio era un hombre muy hermoso, medía 1.95, era trigueño, de ojos negros, cejas gruesas y cabello ondulado negro, siempre fue muy risueño, chistoso y trabajador. Él ayudó a construir el Banco Ganadero, en el cual le ofrecieron un puesto de trabajo. Fue mensajero de la gerencia, hasta que años más tarde lo ascendieron a cobrador, en donde laboró treinta y cinco años; aunque siempre se escapaba hacia su casa soñando despierto con los frijoles o el sancocho, que eran sus favoritos. 

Todos los días iba a misa y hacía el rosario. Fue un hombre muy devoto a la Virgen María, sabía montar a caballo a la perfección, y el deporte que más le gustaba era la bicicleta. Siempre hacía los mejores desayunos para sus hijos porque para él eran lo más importante, tanto así que vivía pendiente de que no les faltara nada, ni siquiera los estrenos de Semana Santa y diciembre. A todos les enseñó a leer en la plancha de la casa y como recompensa de su buen desempeño, les llevaba detalles con los extras del salario: pasteles de pollo, mecato, lecherita y mermelada para sus hijos y nietos. Para él los detalles eran importantes, por lo cual las rosas rojas y las citas a cenar en el centro de la ciudad nunca le faltaron a su amada Oliva. 

***

Hasta que llegó el día gris. Mi tía suele narrar aquel momento con todos los detalles: “Fui al parque a comprar una inyección porque mi papito se encontraba muy enfermo, al terminar de comprar la inyección, pasé por la iglesia y sin saber el por qué, entré e hice un Padre Nuestro y comulgué. Al llegar a casa nos reunimos en el cuarto de mi padre para hacer el rosario, le pregunté si lo quería entonar, pero me dijo que mejor lo hiciera yo. Mientras él contestaba empezó a toser de una manera muy horrible; entonces los vecinos entraron a cargar a mi padre, se lo llevaron en carro al hospital, mientras yo buscaba sus documentos. Al llegar allí me dieron la horrible noticia de que mi papá había muerto”. 

El corazón de mi tía se rompió en mil pedazos junto al de su madre y hermanas. Fue un momento duro para la familia, pero para ellas Rogelio está en su Santa Gloria. Hasta el día de hoy sus hijos y nietos siempre lo recuerdan con felicidad, pues en sus años de vida nunca faltaron sus historias maravillosas, sus bromas que hacían reír hasta el cansancio, su comida que siempre era hecha con amor y paciencia, sus detallitos que cada día enamoraban más a su esposa, el rosario que nunca faltó en su vida y la eucaristía que, aunque estuviera cayendo una tormenta, nunca omitía. 

Aunque no conocí a mi papito, le agradezco que, a través de su legado, me haya enseñado que la familia y el amor lo son todo. Aún sabiendo que sus brazos nunca me envolvieron en un abrazo, que de su boca nunca escuché una frase y que de sus manos no probé un sancocho, siempre siento que está a mi lado dándome un fuerte abrazo y escuchando esas historias que solo él conoce. Lo amo hasta la eternidad, hombre de buenos valores.

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Ilustración: Manuela Correa Uribe

Los desplazamientos

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Por: María Camila Martínez

Colegio de la Compañía de María La Enseñanza

Parte 1

En 1951, en una finca ubicada en la vereda de La cabaña, se encontraba la pequeña casa campestre hecha de tabla y con techo de zinc en la que Rosalba vivió los primeros 6 años de su vida hasta el momento en en el que su familia, conformada por sus padres y sus dos hermanas, fueron desplazados de su hogar a causa de la chusma de Juan Serna, la cual luego de la muerte de Gaitán extendió la persecución política por el Tolima, Cundinamarca y los Llanos Orientales. Estos se paseaban por los pueblos intimidando a cada familia liberal que pudieran encontrar, haciendo común la escucha de amenazas en las puertas de los hogares.

Por medio de algunos vecinos de fincas cercanas, los adultos de la pequeña familia pudieron enterarse del inminente peligro que corrían, ya que ese día por el pueblo se supo que esta gente planeaba matarlos esa misma noche. Al ser alertados de esto, Carlos y Eliodora supieron que tendrían que huir para mantenerse a salvo a ellos y a sus tres hijas, de las cuales Rosalba era la mayor seguida de su hermana Flor, de 3 años y la apenas bebé de un año, Estela.

Por el apuro y el miedo, la familia no tuvo tiempo de alistar un viaje ni nada parecido, empacaron en tres costales de cabuya las cosas esenciales, la ropa de los padres, un par de cobijas, los implementos necesarios para el cuidado de la menor de las niñas, y las cosas de cocina más livianas que tenían: unas ollas, sartenes de barro, y unos platos y tazas de esmalte. Mas por el reducido espacio para las cosas, tanto Flor como Rosalba tuvieron que llevar sus únicas 3 prendas de ropa puestas para su escapada. Carlos tomó un costal y se lo puso al hombro a la vez que cargaba a Flor en brazos, Eliodora cerró los accesos a la casa para luego tomar otro de los costales en mano y llevar delicadamente a la pequeña Estela. Rosalba seguía a sus padres fuera de la morada con su mirada inocente, pero preocupada mientras jalaba el último y más pequeño de los costales.

Eran aproximadamente las siete de la noche cuando emprendieron su caminata por el sendero de herradura, cruzaron el gran terreno dejando atrás su hogar y pasando entre los pastizales, los palos de caña y el café; dieron una vuelta en la enramada y siguieron entre los árboles de guamos y naranjos que habían sembrados por allí. A la media noche su caminar cesó al encontrarse frente al río Gualí; sin muchas opciones y con la intención de poderse movilizar lo más rápido posible, el padre de las niñas se tomó un momento para improvisar una balsa de guadua, en ella los adultos subieron a las menores junto a su equipaje y continuaron su transcurso a través de las corrientes del río con Carlos y Eliodora nadando y empujando el botecito dentro del cual Rosalba cuidaba a sus hermanas con una persistente intranquilidad y tristeza.

Varias horas pasaron en su camino río abajo para después detenerse antes de las cataratas de Medina y abandonar allí su balsa en la orilla del río para volver a emprender otro largo trayecto a pie unos kilómetros al sur, atravesando una vereda montañosa hasta poder divisar una carretera a lo lejos: la vía de Mariquita a Fresno. 

Al arribar allí en plena madrugada esperaron por un rato hasta que una persona bondadosa y amable se ofreció a llevarlos en dirección a Fresno, fue allí donde consiguieron estadía y rearmaron ese hogar aún después de ese tan drástico e improvisado desplazamiento.

 

Parte 2

En 1985, a los 17 años, Cristina se encontraba en Bogotá, ya que el año anterior en diciembre había acabado el bachillerato y sus padres, Rosalba y Cristobal le habían dado la posibilidad de viajar desde su hogar en Villavicencio, pues en ese lugar no había universidades con la carrera que ella anhelaba, a Bogotá a completar un preuniversitario mientras transcurría el tiempo hasta la fecha de las inscripciones en la Universidad Nacional, a la que ella intentaría entrar; la falta de dinero en su familia no le daba para el pago de una privada. Aún con la distancia de sus padres, ella mantuvo un constante contacto con ellos, hablaba cada semana con su madre y de vez en cuando con su padre cuando no estaba fuera por el trabajo.

Durante su estadía en Bogotá ella hizo varios amigos, entre los que estaban Luz, Jaime, Gustavo y Elmer, quienes eran su compañía casi todas las mañanas o en las tardes en la biblioteca cuando se reunían juntos para estudiar. Cristina era muy competente en distintas disciplinas, principalmente, en las matemáticas. En una de esas tarde-noches en las que el grupo se reunió, se desviaron algo del tema para terminar en una conversación acerca del futuro de ellos, es decir, lo que harían después del preuniversitario. Todos los amigos, creyeron que ella optaría por una carrera relacionada con la Ingeniería,  por su desempeño en las áreas de matemáticas, pero en realidad ella tenía otra idea en mente: Medicina. 

Luego de esa charla uno de sus amigos se quedó pensando en su respuesta acerca de su idea de futura carrera y un tiempo después se reunió con ella y le expresó su pensamiento al respecto. Jaime le dijo que la admiraba mucho, que era muy inteligente y talentosa, pero que estaba en el lugar equivocado, desperdiciaba su tiempo quedándose en el preuniversitario y que no debía esperar las inscripciones de la Nacional porque tenía otras opciones. 

Cristina no comprendió lo que él le quería decir hasta que este le explicó el porqué de sus palabras: resulta que Jaime también deseaba entrar a esa carrera y, por eso, conocía de una universidad pública a la que seguro ella lograría pasar directamente por su desempeño en el bachillerato, en el preuniversitario y en las pruebas Icfes. Así que esa misma noche Jaime le ayudó a redactar la carta y la constancia con los datos para el departamento de admisión de la universidad, y además le pagó el envío de la solicitud.

A la semana siguiente ella siguió asistiendo al preuniversitario con normalidad, ya que lo último que ella se esperaba fue que, al hablar con su madre, Rosalba le contara que a su casa había llamado  un funcionario de admisión de la Universidad del Cauca, el cual había revisado su solicitud y querían informarle que había sido admitida en la carrera de Medicina. La emoción la llenó al escuchar esa noticia, estaba algo sorprendida y definitivamente feliz, apenas colgó con su madre fue directamente a contarle a todos sus amigos la situación. 

Al lunes siguiente ella, junto a su grupo, decidieron salir por dos razones: uno, a celebrar la admisión de su amiga en la universidad y dos, a hacerle una despedida, porque al entrar a la Universidad del Cauca ella se veía obligada a salir de Bogotá y viajar ahora en dirección a Popayán. Al acabar este encuentro ella volvió a su apartamento y se dispuso a empacar sus maletas para prepararse para el vuelo. Doblaba su ropa mientras se preparaba para todo lo que implicaba su decisión:  cambiar de ambiente, no estar cerca de sus amigos, entrar oficialmente a la carrera, estar lejos de su familia… Pero todo por  cumplir su sueño y más grande aspiración. 

Luego de llegar a Popayán y empezar su carrera siguió en contacto con sus amigos, especialmente con Jaime: le escribía cartas contándole cómo era todo el lugar, cómo era la carrera y lo agradecida que estaba por su ayuda. Finalmente allí, lejos de su hogar, de su familia y amigos, logró cumplir su meta, todo gracias a ese inesperado y afortunado desplazamiento.

 

Parte 3

En 2024, Camila, a sus 14  años estaba sentada en la mesa del comedor de su casa, luego de comer se quedó un rato considerando en qué más escribir mirando su libreta llena de garabatos y manuscritos; mientras jugaba con su lápiz pensaba en lo recientemente escrito en aquellas hojas: historias de su abuela Rosalba y su trágica huida a tan corta edad y con tanto peligro. Recuerda cuando ella le contó esa vivencia por primera vez, sus ojos cristalizados con lágrimas que amenazaban con salir ante el recuerdo de la tristeza, la angustia y el temor. Historias de su mamá, Cristina, quien cuenta con inexplicable alegría acerca de tan inesperado viaje que aún con las desventajas del cambio de ambiente y la lejanía de sus seres queridos, la tenían llena de emoción por cumplir sus sueños y metas; cuando lo recuerda sus ojos se iluminan y una sonrisa le aparece.

Ambas historias son tan diferentes y tan parecidas, en ambas ocurre algo importante: un desplazamiento, por razones distintas, en circunstancias, épocas y condiciones diferentes, dando como resultado situaciones bastante contrastantes.

Camila mira al techo unos segundos y luego cierra su cuaderno de escritura para levantarse de la mesa vacía y dirigirse a su habitación, dejando su libreta a un lado de su escritorio y recostándose en su cama mirando a la  nada con un solo pensamiento en la cabeza: ¿Cuál será su desplazamiento?

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Ilustración: Manuela Correa Uribe

Allá arriba, en tu origen

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Susana Arcila Jiménez

Universidad Pontificia Bolivariana

Comunicación Social – Periodismo

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La espera se hizo conscientemente más larga cuando vi pasar el quinto bus de El Pinar, Santo Domingo. A quien llamaré “El reparador de llantas”, le dijo algo indescifrable al busero y procedió a acostarse boca arriba bajo el bus, como todo un mecánico; tenía un buzo rojo y una bolsa de basura negra. No supe ni lo que hizo ni lo que le dijo al conductor, yo sólo estaba parada arriba de ellos en la estación Hospital, eran las 9:40 de la mañana y el cielo estaba nublado y gris, tanta era mi preocupación al salir de casa, que me llevé la chaqueta más grande y, ¿por qué no?, un impermeable de motos reciclable de color azul. No llovió.

Mientras el clima mejoraba, y de fondo en mis audífonos sonaba Dramarama, pasaban varios transeúntes que venían del metro. No es por hacer suposiciones, pero parecía que estaban ahí por lo mismo que yo; les miraba de reojo sus tenis de caminata, las camisetas cómodas con estampados variados, algunas gorras y, curiosamente, al bajar las escaleras, paraban en el mismo lugar de encuentro al que yo debía llegar. Seguía esperando y mirando casi el décimo bus de El Pinar, rojo y chiquito; adiviné la ruta del tercer Circular Coonatra que veía, ese que está integrado con el metro: recorre “La 33”, te deja en la UdeA, pasa por El Palo, el Museo Cementerio San Pedro y, donde yo estaba, por la estación Hospital. Claro, no podía ser el décimo, el octavo o el quinto que veía, porque haciendo un recorrido tan largo se explica por qué se demora tanto.

Faltaba un minuto para las 10:00, la hora de encuentro, y por fin me estaba dirigiendo al lugar donde estaban todas y cada una de las personas a quienes les había analizado la pinta y que ahora me miraban con mayor familiaridad. Recuerdo que mi amiga, a quien había estado esperando, dijo algo y el muchacho de la caminata soltó el comentario: – ¡Ah sí! Yo la veía parada hace rato allá en el puente–. El joven de bermudas verdes, como las mías, corpulento y con cara de caricatura, me señaló; mientras yo estaba ignorándolo, miraba hacia atrás, porque estaba viendo que una persona conocida, de esas que es mejor no saludar, llegaba al aclamado punto de encuentro: el D1 que queda frente a la estación Hospital. “Mierda, qué pena”, pensé, pero al voltear e integrarme solo sonreí como una niña pequeña. 

Jalé a mi amiga del brazo, le hice la seña, esa que es con los labios, señalando al ser de camiseta vino tinto y a su compañía, con quienes no quería cruzar miradas, y ella lo entendió todo; íbamos a caminar lejos de la pareja indeseable. Inició la caminata por el barrio Prado a eso de las 10:08 de la mañana y antes de que empezara la subida de una verdadera loma, el joven de bermudas verdes, como las mías, que resultó ser el guía, nos dio un poco de contexto. 

– ¿En serio, Susi? ¿Eres adoptada?–, me preguntaba mi amiga de lentes y vestido negro, largo, vampirezco. 

– Si, ¿yo no te conté? Esa es mi carta de presentación. 

– ¡Ay Susi! Ahorita me cuenta la historia–. Me dijo cuando empezamos a caminar cuesta arriba. Ahora estaba a tan solo cuatro minutos de La Casita de Nicolás. 

Llegamos a la franja arquitectónica del barrio Prado, donde poco a poco dejábamos el ruido, los buses, las panaderías de esquina, las casas del siglo XXI de la clase baja de Medellín y, comenzábamos a ver los 1.200 metros cuadrados que se llevaba cada casa del mismo barrio que una vez le perteneció a las familias más pipiris nais de todo Medellín, como decía el guía, y que ahora tiene varias zonas de tolerancia y está rodeado de asilos e instituciones para la salud mental.

Caminamos hasta el Parque de Prado, un manglar futurista, abandonado, pero irónicamente, rodeado de un esquema de seguridad escondido en la maleza y cerca de uno de los muchos elefantes blancos de Medellín: la estación San José del Metroplús. Quien nos guiaba, nos permitió recorrer el parque y tomarnos fotografías. Después de ir por una botella de agua a una tienda cercana, me quedé pensando en el siguiente hecho: “¿Cómo es posible que un bus del Metro pare en una loma de estas? Con razón”. Durante el recorrido libre de ese escenario sacado de Jurassic Park, hablaba con La Vampira: 

–Es que ahí mismo supe que íbamos a estar por aquí, yo tenía que buscar qué tan cerca estábamos de ese lugar–. Le dije. 

–Demás que pasamos por allá, ojalá–. Me decía mi amiga. 

Cuando me estaba convenciendo de que habíamos volteado por el lado contrario para llegar a La Casita, el joven de bermudas verdes, como las mías, nos pidió a todo su séquito una foto en esa parada, luego, nos dio unas indicaciones y volteamos a la izquierda del Parque, una cuadra abajo; justo por esa calle estaba la cuadra de Nicolás. Me puse nerviosa.

No iba a ese lugar desde que nací, literalmente. Era la mitad de la cuadra y tenía el celular guardado en el bolsillo. Comencé a ver una fachada amarilla pastel muy deteriorada y un letrero el cual sólo podía ser leído intuitivamente. La Vampira me dijo: – ¡Ahí es! ¿Cierto Susi?–. Me paralicé un segundo e intenté hacer memoria fotográfica; es decir, tratar de recordar si sentía que había estado allí y solo pensé en una imagen donde había una pareja y una bebé con la lengua afuera; de fondo había una ventana y al lado una cómoda gigante de color café, parecía un recibidor, una oficina; era un segundo piso. Vi la ventana desde otra perspectiva, desde afuera y también logré imaginar a las familias Arcila Arango y Jiménez Arango entrando por la puerta principal de La Casita de Nicolás. 

Le dije a La Vampira que me tomara una foto. “Esto tenía que quedar capturado”, pensé. La lejanía que sentía con ese espacio me hacía querer plasmar un recuerdo y sentir a aquel lugar en el que había estado, por lo menos 55 días, como un hogar. La gente de la caminata pasaba y se quedaban mirando para tratar de averiguar en qué lugar emblemático estaba posando la vista y cuando veían la fachada desvanecida y el letrero borroso y caído, seguían caminando. “Quizá era algo más personal”, creo que pensaron. Le envié la foto a mis papás de inmediato; a los cinco minutos, exactamente a las 11:05, me llega un audio de mi papá: – Gordita, qué es esa foto tan maravillosa, mi amor. Tu origen, ahí fue donde estuviste en cuna mi amor. Ahí ya eras nuestra, te amamos– . 

Foto Susi