Hora pico

Por: Emily Adarve Jaramillo

IE Jorge Eliécer Gaitán

Durante el año pasado fui a mi colegio usando transporte público. La ruta que tomaba era la 285, que con facilidad agarraba al salir de la puerta de mi casa. Tal vez para las personas montar en bus no sea su actividad favorita; para mí tampoco lo era, admito que sentí miedo las primeras veces. 

Mi horario de clases finalizaba a las 5:45 pm. Al salir, mientras esperaba el bus en el semáforo de la esquina, daban las 6:00 pm, cosa que no me gustaba porque sabía lo que me esperaba: la hora pico.

Tal vez muchos de estos días no fueron precisamente buenos. Estar rodeada de tantas personas o prácticamente tenerse encima unas a otras era verdaderamente agobiante. El temor de estar hasta el frente, en la parte delantera del bus, voltear atrás y ver si alcanzaría a atravesar a tantas personas antes de mi parada. La música era lo único que me hacía escapar de estos pensamientos durante el trayecto. Me dedicaba a observar las calles por donde el bus pasaba, tiendas que, aunque eran de mi interés, probablemente nunca visitaría. Recuerdo un hermoso vivero al lado de un semáforo en donde se formaba un gran taco, lo suficiente para poder detallar cada una de las plantas que había allí.

No siempre miraba hacia la calle, prefería dirigir mi vista hacia arriba para ver cómo atardecía. Me gustaba admirar la combinación entre los azules pasteles y anaranjados del cielo, en algunos casos con toques de rosado que, sin duda, no decepcionaban; hasta que finalmente oscurecía. Para este momento el bus iba completamente silencioso; solo se podían notar las luces led de color azul que ambientaban el interior, lo cual era muy reconfortante para mí; me hacía sentir verdaderamente cómoda.

En algunas ocasiones el timbre para anunciar la parada no funcionaba, y eso quería decir que tenía que gritar para poder bajarme, lo cual era aún peor: ¿y si no me escuchaba? ¿Si mi tono de voz no llegaba a ser lo suficientemente fuerte? A pesar de estas preocupaciones, disfruté de las peleas entre choferes; de los vendedores ambulantes que se suben a regalarnos historias, del ingenio que tienen con las manualidades o simplemente de compartir acerca de sus vidas y la razón por la que están ahí; de cantantes, raperos y otros personajes que se suben a compartir su arte.

Aunque tomé la misma ruta, nunca coincidí con las mismas personas. Personas que van a cumplir con sus responsabilidades, personas con vestuarios, apariencias llamativas; chismes que es inevitable no terminar escuchando. Las conversaciones de quien está en el asiento del lado, eso que causó risa a quienes estábamos ahí, la interacción entre todos los usuarios cuando el bus se pasa una parada, empezar a coincidir con el mismo chofer varios días hasta que te empieza a identificar e interactúa contigo…

Tal vez el camino no era lo suficientemente largo y en media hora llegaba a mi destino, pero era suficiente para analizar cada una de las situaciones o personas que se encontraban allí mientras disfrutaba de mis canciones favoritas; al escucharlas me siento como si nuevamente estuviera ahí: sí, la playlist siempre era la misma. Aún guardo experiencias y anécdotas que hicieron que una cosa tan cotidiana y pequeña tuviera mucho más significado. Aunque la ruta era la misma, para mí cambiaba todos los días. Mi estado de ánimo era un pincel que servía para dibujar la ciudad de diversas maneras. Esos días en el bus, en medio de todo el caos, aprendí y fui feliz.

 

Rosa

Por: María Valentina Castrillón Sepúlveda 

Colegio Vid

Mamita tiene 100 años de historias, unos ojos cansados, una sonrisa que inspira calma, a pesar de lo que ha vivido, y posee un don especial para alegar. En mamita se ven la fe, el amor y sobre todo el dolor, el dolor de ser golpeada a punta de machetazos por sus hermanos, de estar con un hombre típico de su época, poco comprensivo, abusivo y que la veía como un objeto. 

Un día, mi abuelito Aristóbulo simplemente desapareció y dejó a mamita sola con hijos y nietos que alimentar. Sobrevivió trabajando la tierra de la finca, sola y con mucha fuerza de voluntad; a pesar de que su aspecto aparenta ser débil, tiene mucha fuerza y sostuvo a sus hijos y nietos, los sacó adelante gracias a sus esfuerzos. Después de dos largos años de haber desaparecido, Papito llegó borracho y le intentó pegar a mamita Rosa, quién llena de rencor e ira, agarró un palo y lo amenazó con matarlo si le volvía a alzar la mano. 

Pese a lo vivido con papito, en mamita hay más dolor del que parece; mamita Rosa ha tenido que enterrar a 9 de sus 12 hijos, casi todos ellos han muerto por culpa de la guerra eterna que se vive en este país y que mamita ha vivido de primera mano. 

Vio cómo asesinaban a una de sus hijas en el atrio de una iglesia, con el único fin de infundir miedo en una pobre vereda del municipio de Cañasgordas, solo porque tenía una relación con un policía; otro de sus hijos también fue asesinado en una cantina por tomar lo que no le pertenecía; Y otro desapareció cuando se fue con los paramilitares.

Hace poco fui a visitar a mi mamita al hospital, me enteré de que su verdadero nombre es Angélica Urrego de Quintero y sorprendida al saber que su nombre no era Rosa, me dijo: “mi nombre es Angelica Urrego Higuita y cuando me casé con ese señor me pusieron de, como si fuera de su propiedad, como si fuera su ganado, su terreno”. Pero los años han demostrado que mamita Rosa es una mujer fuerte y valiente, sin miedo y con fe.

La historia de mamita no solo es de ella, es la de muchas de nuestras abuelas a quienes les ha tocado vivir el conflicto armado, el machismo y la violencia de género en carne propia. Nosotros como jóvenes de este país tenemos que saber escuchar, conocer nuestras historias, las historias de nuestras abuelas y nuestros pueblos. Es importante saber que también tenemos el poder de cambiar drásticamente ciertas circunstancias y que, si en ocasiones no lo hacemos, es por la ignorancia y por lo poco que conocemos de lo que somos y de dónde venimos.