Dos rayas, una oración

Por: Sofía Soto Guerrero

Colegio de La Compañía de María – La Enseñanza

Uno. Dos. Dos rayas se mostraban frente a ella en el baño del último piso del colegio.

Sonó la campana. Adriana se tendría que estar dirigiendo a la prueba de final de año de sociales, pero en ese mismo instante pensar en La Guerra Fría o en la Época de La Violencia parecía casi una broma, eso pasaba a último plano en su mente. 

Dos rayas se presentaban frente a ella y su corazón jamás había latido a tal velocidad. 

Sus dos mejores amigas la esperaban fuera del baño. Toc, toc, toc. La llamaron a preguntarle si estaba bien, a decirle que si seguían así llegarían tarde. ¿Tarde?, no, no había llegado tarde, había llegado temprano, todo estaba demasiado apresurado. 

Finalmente, salió del baño y se miró al espejo, y no fue hasta entonces que el peso de los acontecimientos le cayó encima. Estaba embarazada. La prueba de embarazo tenía dos rayas que lo confirmaban, y ella, Adriana, una chiquilla de 17 años, aún en décimo grado, estaba embarazada. 

Presentó el examen de sociales y no era de sorprender que, dadas las circunstancias, su rendimiento fuera deficiente. 

Adriana mantuvo el secreto entre sus amigas y unos días más tarde le contó también a su hermana.

–Si la echan de la casa yo me voy con usted, ese bebé es de ambas ahora, usted es mi hermana y sabe que cuenta siempre conmigo. Vamos a salir adelante como sea, ya va a ver. 

Con las palabras afirmativas y el apoyo de al menos un miembro de su familia, finalmente la futura madre respiraba en paz. Sabía entonces que no estaba sola, que resolverían la situación de algún modo. Aunque hubiera dificultad, recorrería el camino acompañada. 

Fueron las amigas de Adriana quienes se comunicaron con el colegio para que hiciera algo con la situación, ya que la chica se mostraba completamente reacia a hablar con sus padres o actuar respecto a lo que sucedía. La vicerrectora se reunió con Adriana, le mostró todo su apoyo y ofreció su ayuda; fue ella quien terminó hablando con los padres en un encuentro tensionante e, incluso, desconcertante. 

Cuando los padres oyeron la noticia lo primero que le pidieron a la vicerrectora fue que los dejaran solos un rato; querían orar por la salud de su hija y el bienestar del bebé que iba a llegar. Todo el peso que cargaba Adriana se descargó inmediatamente, como si a Atlas se le hubiera perdonado su condena de cargar la Tierra sobre sus hombros. Se sentía invencible, contaba con el apoyo de sus padres y su eterna oración sobre ella protegiéndola.

La reunión con la rectora no fluyó tan positivamente. Los padres de Adriana creían que los planes de Dios eran como debían ser; la rectora, por otra parte, la consideraba un mal ejemplo para el resto de las niñas. Incluso más, ya que, al tratarse de un colegio mariano femenino, tener relaciones antes del matrimonio o, peor aún, quedar embarazada, se consideraba una falta gravísima.

La rectora la echó del colegio, lo cual, en aquel entonces, era más factible, pues no se aplicaban estrictamente leyes de inclusión y no discriminación en la educación. Sin embargo, eso parecía nuevamente algo secundario dentro de todo lo que la vida estaba trayendo para esta joven. 

Nació una niña. Adriana terminó el bachillerato en otro colegio, estudió medicina, se especializó en anestesiología y años más tarde vive feliz, casada y con dos hijas; una aún bebé, la otra, escribiendo esta historia.

Dos rayas se mostraron frente a ella en el baño del último piso del colegio años atrás; pero la acompañaban sus padres y su hermana, la acompañó la oración que por ella hicieron, y desde entonces, la acompaño también yo, su hija, quien ha tenido la más alta fortuna de haber nacido con esta madre y en esta familia y que, a pesar de haber llegado temprano a sus vidas, no tardó en sentirse amada por ellos y en convertirse en una constante en la dichosa vida de Adriana, quien no cambiaría nada de lo que sucedió, ni en una vida, ni en dos.

 

Las medias se lavan los sábados

Por: Susana Calle Zapata

Comunicación Social – Periodismo

Universidad Pontificia Bolivariana

Susana Calle Zapata Colgadas en el tendedero, las medias blancas e impares, eran una insignia más confiable que el calendario para avisar que el sábado había llegado. Era lo primero que me ponía en las madrugadas y lo último que me quitaba en las noches, entonces mi madre no podía lavarlas entre semana porque al siguiente día no estarían secas. Fueron esos mis primeros actos de rebeldía, jugar con ellas puestas la tarde entera ignorando sus peticiones.

 

En las mañanas veía la teoría de las historias en el pizarrón, me pedían usar letras y signos de puntuación. Sin embargo, en las tardes prefería la práctica, buscar cómo se sienten los verbos, a qué saben los adjetivos y cómo suenan los sustantivos. Estas investigaciones surgían en el hogar de mi abuela, imponente y florecido; el hábitat de la curiosidad. Era una casa esquinera en Envigado, de dos pisos, con escalas de madera, baldosas rojas, patio y jardín. En este último reposaban una planta de ají dulce, una tomatera, un horno de leña y una pequeña fuente que solo era prendida en los días calurosos, para que Manuela y yo jugáramos.

Toda la casa estaba custodiada por un curazao rosado y unos arbustos de limoncillo. Entonces, en estos lugares donde los límites entre la arquitectura y la naturaleza se difuminaban, las medias nunca podían estar limpias. Siempre cargaban manchas de tierra y sufrían pequeños agujeros en el lugar de los talones y cuando los primeros se oscurecen y los segundos se agrandan, mi madre sabía que se aproximaban las vacaciones. 

Pero en las tardes de abril, mi hermana y yo corríamos por nuestro mundo de paredes blancas, con las camisas del colegio desabotonadas y las faldas manchadas de chocolate. 

Como pistas de nuestra felicidad dejábamos cabellos e hilos provenientes de las medias deshilachadas en el camino. Mi abuela se encargaba de barrer cuando nos quedábamos dormidas en su cama o en los sillones, para que después de la siesta encontráramos todo limpio y pudiéramos seguir jugando. 

 

Cuando comenzaba a atardecer mi madre nos recogía y nos llevaba a casa. Ambas con los zapatos perfectamente puestos para que ocultaran las pruebas de nuestras travesuras. Una vez en casa y mientras hacía la tarea de español en compañía de mi madre, contaba los minutos para ir nuevamente a visitar a mi abuela y me prometía, a mí misma, que mañana no jugaría con las medias puestas. 

 

Sin embargo, esas promesas se desvanecían cuando el sol volvía a aparecer y veía como mi hermana, al llegar del colegio, se quitaba los zapatos sin desatar los cordones y empezaba a correr hacia el jardín. Sabíamos que la primera en llegar podía arrancar los limones o regar las orquídeas y a cambio de eso mi abuela le daba como premio el primer trozo de pan recién horneado. Entonces, con las manos sucias, nos sentábamos a tomar el algo, a conversar y a escuchar cantar a los pájaros. 

 

Ese era el único momento de quietud del que disfrutábamos Manuela y yo, porque una vez acabábamos de comer, corríamos al segundo piso y empezábamos a crear historias, personajes y recuerdos. Mi abuela, por otro lado, se iba a preparar la masa de pan del día siguiente y esa era la magia de nuestra cotidianidad, nuestro pequeño pedazo de felicidad. 

 

Nunca supe a dónde iban los pares de mis medias blancas, entonces tenía que regresarme a mi casa con una media puesta y la otra no. Antes de subirme al carro, mi abuela siempre me prometía buscarlas y dármelas al día siguiente para que mi madre no me regañara el sábado, al darse cuenta de que el número de medias colgadas en el tendedero era impar. Pero nunca recuperé ninguna.

 

 

Hoy, años después, me enfrento al reto de combinar en un salón de clase la teoría y la práctica de las historias para los jóvenes de Prensa Escuela. Debo lograr que sientan por ese salón lo que yo sentí por la casa de mi abuela. Deseo que desde esas cuatro paredes regresen a aquellos momentos que hicieron a su alma suspirar y solo espero que en el camino, pierdan una que otra media, para que sientan lo que es crear con libertad. 

 

Miradas para desmontar prejuicios

Por: Lara Olivares Matulick 

Colegio Marymount

Mi llegada a Colombia en el año 2020 marcó el inicio de una experiencia enriquecedora que me permitió adentrarme en un mundo completamente distinto al que conocía en España. Todo comenzó cuando mi padre recibió una oferta laboral que nos llevó a tomar la decisión de trasladarnos a este hermoso país en Sudamérica. Súbitamente, el viaje que originalmente estaba programado para julio se retrasó debido a la pandemia, y finalmente, nos encontramos volando hacia Colombia en el mes de diciembre.

En aquel entonces yo era una estudiante de quinto, estaba empezando middle school, secundaria, y la adaptación a mi nueva vida no fue tan sencilla como esperaba. Al principio me sentí un poco rara por las diferencias que percibía en mi nuevo país. La gente en Colombia tenía una manera diferente de hablar, comer, vestirse y vivir la vida. El acento y algunas palabras locales me resultaban desafiantes de entender al principio.

Uno de los aspectos que más noté en Colombia fue la diferencia social en el colegio. Al principio, me costó hacer amigas y me di cuenta de que no era muy querida por algunas de las niñas de mi clase. Me resultaba difícil entender por qué, hasta que, después de un tiempo, descubrí que había un prejuicio notable en algunas de ellas: al parecer, creían que mis ancestros eran los conquistadores españoles que habían llegado siglos atrás. 

Este descubrimiento me llevó a reflexionar sobre las relaciones interculturales y cómo la historia influye en las opiniones de las personas. A medida que fui conociendo más acerca de la historia de Colombia y su lucha por la independencia, me di cuenta de la importancia de ser consciente de nuestras diferencias y así tratar de aprender y respetar la cultura de mi nuevo hogar.

Con el tiempo, estas barreras comenzaron a desaparecer y logré establecer buenas amistades con mis compañeras de clase. La experiencia de vivir en un país con una historia y cultura tan distintas a la mía me ha enseñado a valorar la diversidad y a saber apreciarla. Colombia se ha convertido en mi segundo hogar y mi vida aquí ha sido una lección de adaptación a las diferencias culturales y sociales.

 

La alegría entre bulla y pavimento

Por: Samuel Vásquez Ramírez

Cosmo Schools

Me encanta rememorar vivencias del pasado, aunque algunos recuerdos no son claros en mi mente, porque apenas era un niño pequeño cuando los viví. Un recuerdo muy especial, al que le tengo mucho cariño, es al día en que acompañé a mi abuela al Centro de Medellín a hacer unas vueltas en un edificio en la plazuela Nutibara. Era yo apenas un niño que no pasaba de los siete años, tal vez menos. Ese es uno de los primeros recuerdos que conservo del Centro de Medellín, que en aquella ocasión no me agradó mucho. 

Lo recuerdo de manera difusa, como un sitio ruidoso, de calles polvorientas, difícil de caminar debido al calor del mediodía, al sol que hacía hervir el pavimento como si fuera un pedazo del mismísimo infierno. Hoy, mientras estoy nuevamente en el corazón de la ciudad, cerca de las Torres de Bomboná, escribiendo esta historia, y con más del doble de edad que tenía aquel día lejano, me doy cuenta de la forma tan radical como han cambiado mis percepciones. Soy consciente de que el Centro sigue siendo igual de ruidoso y probablemente más congestionado que cuando lo visité por primera vez, y, sin embargo, ya no lo veo como el lugar exasperante que fue para mí en aquella ocasión; sé que el Centro guarda dentro de sus límites todos los males habidos y por haber, pero de la misma forma resguarda también toda la esencia de nuestra cultura. 

Me encanta caminar, aunque no lo haga muy frecuentemente, por sus amplias avenidas y estrechas callejas que recuerdan a Medellín cuando era tan solo una villa que emergía entre las impenetrables montañas de Antioquia, en contra de los deseos de los ciudadanos de la antigua capital de la región: Santa Fé de Antioquía. Me deleito viendo los edificios y pasando junto a sus plazas, todas con orgullosos nombres de santos y próceres de la patria. 

A pesar de que vengo al Centro todos los días a estudiar, siento que no lo conozco, o mejor dicho, no lo vivo lo suficiente, porque paso fugazmente por sus calles. Para conocerlo realmente, es necesario tener alma de vagabundo, caminar sin dirigirse a ningún lado, sin rumbo fijo. 

En el Centro soy capaz de encontrar la felicidad. No me hace falta caminar por la Quinta Avenida de la ciudad de Nueva York, y eso no significa que no me encantaría, para disfrutar de un buen rato, pues me conformo con transitar por la Avenida Oriental, deslizándome sobre el pavimento, mirando los edificios con cara de bobo y teniendo la misma capacidad de contemplación de quien viene a la ciudad por primera vez, sin más preocupaciones que mirar hacia donde voy, mientras cruzo la esquina de la Oriental con La Playa, sin traer entre manos nada más que un buñuelo y una botella de Coca Cola.