Algo va de Catalunya a la disolución de la URSS.

En el año en que España vive el episodio más real de separatismo desde que se reinstauró la democracia en la década de 1970, también se conmemoran 100 años de la creación del, otrora, país más grande del mundo, el cual no alcanzó a vivir siquiera 75 años.

¿Por qué los países se dividen?

Yugoslavia, Etiopía o Checoeslovaquia fueron casos concretos de división de estados nacionales en el siglo XX. Pero hay otros fenómenos latentes en Bélgica, Italia, España, Canadá y en las naciones donde viven los kurdos.

Sin embargo, cada caso tiene su propia historia. Algunas secesiones se dieron cuando naciones existentes (con identidad cultural, económica e histórica) hacían parte de Estados más grandes donde se asfixiaba su identidad nacional. Probablemente esto explique la separación de la república Checa y Eslovaquia, o tal vez sea el caso de las naciones balcánicas que se habían organizado como Yugoslavia al desaparecer los grandes imperios al final de la primera guerra mundial; pero que se separaron después de un sangriento “divorcio”.

Geopolíticamente hablando, estas separaciones lograron cierta legitimidad internacional, la cual se fundamentó (o excusó) en la reconocida identidad nacional de los territorios que se separaron.

 

El aún inexplicable caso de la implosión de la URSS.

El caso de la Unión Soviética no es tan simple. Tal y como lo argumenté en un artículo que escribí hace varios años durante mis estudios en Argentina, la implosión de la URSS es compleja, ya que, si bien el país se conformaba por 15 repúblicas, de las cuales algunas tenían una clara identidad nacional (Estonia, Letonia, Lituania, por ejemplo), otras poseían una historia más compleja: una Ucrania culturamente dividida (un Occidente católico y ucraniano-parlante enfrentado a un Oriente ruso-parlante y ortodoxo) o las repúblicas del Cáucaso, creadas artificialmente por el gobierno bolchevique de Moscú en la primera mitad del siglo XX.

Tal vez pocos discuten por qué el partido comunista perdió el poder en ese enorme país o por qué todas naciones de la exURSS abandonaron el socialismo y transformaron sus sistemas, social, político y económico en democracias liberales y mercados capitalistas. Sin embargo, no es claro por qué un país conformado por territorios que por siglos estuvieron unidos, se desmoronó.

En este caso, mi hipótesis, -ver artículo- es que se dio una combinación de factores: nacionalismos en algunos casos -los bálticos, por ejemplo-, antipatía hacia las élites rusas que gobernaban en diferentes regiones de la URSS -las cuales pasaron a ser minorías étnicas en cada nuevo país- y la necesidad de élites locales de controlar sus mercados, incluído el político.

¿Por qué la complejidad del caso de Catalunya?

En otro estudio que hice hace varios años, -ver artículo- señalé la contradicción dialéctica que se presenta entre la globalización y la descentralización (o, incluso, separatismos). El caso de España cabe dentro de esta reflexión.

España es un país conformado por regiones autónomas, con una legendaria historia de unidad territorial -siglos-, a pesar de que en varias de aquellas se tiene una lengua propia. España es multicultural, eso no se discute. De hecho los vascos tienen una identidad cultural con significtivas diferencias con respecto a las demás regiones, cuyas lenguas tienen el mismo origen: son lenguas romances.

Pero, la otra categoría que marca la evolución del estado nacional en las últimas décadas es la globalización. Esta última genera un cambio en el ejercicio de la soberanía por parte de los estados. Para España este fenómeno es particularmente evidente en las últimas tres décadas desde que ingresó al bloque europeo, el cual se caracteriza por un proceso gradual de supranacionalidad por el cual la Unión Europea asume funciones que anteriormente ejercían los estados nacionales; como es el caso de la soberanía comercial, la monetaria y, en parte, la fiscal. O sea, los estados miembros de la Unión Europea renuncian a parte de sus funciones soberanas en favor del bloque.

Bajo este contexto es que se nace la pregunta ¿por qué se separan los catalanes? no tienen una historia de identidad nacional que les preceda, por lo menos durante siglos; tienen una fuerte interdependencia económica con las demás regiones de España y, además, quieren ser parte de la Unión Europea. O sea, ¿se separan de España para unirse a la Unión Europea y convertirse en socios de España?

ingreso a la zona euro

Como se puede ver, no es fácil de entender este caso de separatismo. Sin embargo, a riesgo de reducir el tema, no se puede negar que en España se mantiene viva la discusión por la necesidad de ampliar la autonomía en el marco de un proceso histórico de descentralización del país.

La autonomía fiscal aparece en el orden del día de las relaciones entre Madrid y las regiones autonómicas de España. Este tema, que como todo proceso de descentralización es una manera de hacer más real la democracia en tanto se acercan las decisiones mayores al constituyente primario, también es un mecanismo para fortalecer la convivencia entre las élites centrales y las regionales.

La anterior explicación sirve para entender, al menos parcialmente, cómo el separatismo catalán en tan sólo unos años logró poner en jaque la soberanía española, algo que no alcanzaron los vascos -con una combinación de formas de lucha- a lo largo de décadas.

A modo de conclusión.

Los separatismos no tienen explicaciones unidimensionales. Son complejos. Cada caso tiene sus propias razones e historia. La identidad nacional (o al menos la identidad local) se combina con los interese de élites para argumentar un proceso separatista, a pesar de los costos que genera la incertidumbre del cambio.

Sin embargo, es evidente también que las democracias maduras tienden a ser descentralizadas como un mecanismo que hace más real la participación del ciudadadano en las decisiones que le son importantes.

Seguramente con la aplicación del artículo 155, el gobierno de Rajoy logrará detener, al menos temporalmente, este intento separatista. Pero las huellas que este proceso dejará en las presentes y futuras generaciones no sabemos que tan profundas serán. O sea, seguramente en el campo jurídico se socava la independencia, pero en el político “el fuego seguirá quemando el bosque.”

En consecuencia, ya sea por identidad nacional o por negociaciones de élites, el futuro de España está atado a una revisión de su constitución, particularmente en aquello que tiene que ver con las autonomías locales.

La globalización es compleja: los países se unen entre ellos -o al menos sus mercados- mientras sus hilos internos se descosen.

 

 

 

Neoliberalismo vs. Socialismo del Siglo XXI: la muerte de la integración económica latinoamericana.

Agosto 8 de 2017

 

Lo que significaba la Integración Regional Económica.

La historia de los procesos de integración regional se empezó a escribir en la década de 1950 cuando los europeos comenzaron a construir su “casa común” después de las grandes guerras del siglo XX. Ya desde 1960, Latinoamérica emulaba al viejo continente con la firma de ALALC. Sin embargo, la apertura de las economías latinoamericanas después de la crisis de la deuda externa en el decenio de 1980, trajo consigo una revisión de los modelos de desarrollo lo que se tradujo en una propuesta de Regionalismo Abierto que CEPAL trató de explicar como un proceso de integración que no se centraría en los beneficios fiscales (altos aranceles a terceros)  -tal y como fue el regionalismo de las décadas anteriores-.

La integración latinoamericana (1960-1990) se puede explicar de la siguiente manera:

– estimulaba la industria regional, manteniendo altas barreras a las importaciones de terceros países;

– se inspiraba en un pensamiento latinoamericanista, estructuralista y, hasta cierto punto, antiimperialista;

– se beneficiaba, desde la teoría ortodoxa de Viner, de los efectos de creación y desviación del comercio. (Cardona, 2017, p.agina 81).

Sin entrar en detalles del cambio, el hecho es que el Regionalismo Abierto que se erigió con el neoliberalismo y las aperturas económicas de la última década del siglo XX, se había entendido como un proceso en el que:

– se bajarían las barreras a terceros países y

– se atraería inversión extranjera para aprovechar su know how y desarrollos tecnológicos.

 

Lo que está pasando en realidad.

Tal y como lo explico en el libro que publiqué hace poco y que ya puede ser descargado totalmente gratis (La Organización Mundial de Comercio y los TLC: ¿reinventando el Sistema Mundial de Comercio), la realidad del supuesto Regionalismo Abierto dista mucho de los ideales de integración que se propuso América Latina en la segunda mitad del siglo pasado.

libro OMC y TLC

1. No hay un propósito latinoamericanista.

En las décadas pasadas, de alguna manera, élites locales, sindicatos, partidos gobernantes y académicos promovian un modelo de desarrollo industrializador que se fundamentaba en el proteccionismo y la unidad latinoamericana como estrategia. A pesar de esporádicos desacuerdos, los países de la región ejecutaron políticas de sustitución de importaciones en mercados ampliados y de promoción de exportaciones, lo que se tradujo en un fortalecimiento de la agroindustria y de otros sectores de la industria manufacturera. Con ALALC-ALADI, MCCA y el Pacto Andino, principalmente, la región, aunque de modo desequilibrado, se modernizó y redujó su carácter de economías rurales monoexportadoras.

Hoy no sucede nada de eso. Los países se han dividido: gobiernos neoliberales y otros más enfocados en nacionalismos o en ideologías de izquierda (autodenominadas del Socialismo del Siglo XXI), se confrontan abiertamente en lo político y en lo económico. La partida parecen estarla ganando los neoliberales y la consecuencia está siendo la desintegración regional.

 

2. No hay una modernización del aparato productivo.

Con pocas excepciones, la economía latinoamericana ha retrocedido en términos de modernización, diversificación y sofisticación de sus aparatos productivos. Naciones que eran autosuficientes en materia de alimentos y diversas materias primas con desarrollo en algunos sectores de industria liviana  (Colombia, por ejemplo) se han ido transformando en proveedores de commodities de la minería, abandonando su incipiente sector manufacturero, deteriorando el medio ambiente y abandonando su seguridad alimentaria. Con la apertura económica los países de la región, con un par de excepciones (Brasil y México), se han convertido en importadores de todo tipo de manufacturas, se han desindustrializado y han abandonado el campo. Los consumidores de estos países acceden a productos de alta tecnología y están conectados con el mundo; sin embargo, la sostenibilidad de este estilo de vida es dudosa puesto que la minería es proveedora de bienes no renovables, a la vez que el deterioro ambiental producto de la misma, en muchos de los casos, es irreversible.

¿Por qué está pasando esto?

3. Hay más TLC pero menos integración.

La integración regional económica, en su acepción más simple, se entiende como un proceso gradual de unificación y homogeneización de los mercados, a través del incremento de la interdependencia comercial, tecnológica, financiera e, inclusive, cultural. Un ejemplo de esta interpretación es la Unión Europea, bloque que ha roto las fronteras nacionales para los movimientos de mercancías, de capitales, de servicios e, incluso, de mano de obra.

América Latina anda en otra dirección. Los acuerdos regionales se derrumban, se estancan o se desdeñan. ¿Quién se acuerda de la Comunidad Andina de Naciones y su proyecto de crear una Unión Aduanera? El Mercosur es un ping pong entre neoliberales y proteccionistas (desde moderados hasta los del socialismo del siglo XXI), el G3 se convirtió en G2 y de la ALADI ya nadie habla. Sólo hablamos de los TLC.

El tema no son los debates ideológicos de los gobiernos de las dos últimas décadas. La pregunta que nos hacemos es si América Latina piensa en la integración como una estrategia para el desarrollo. Todo indica que no. Lo que tenemos es una proliferación de TLC que no llevan en su interior el ADN de la integración sino que son vehículos para que las Cadenas Globales de Valor accedan a materias primas y coloquen sus productos terminados, sin mayores barreras, en nuestros mercados. Con excepción de México, Brasil y Chile, la región está ausente del potencial de desarrollo que ofrecen dichas cadenas Adicionalmente, tampoco estamos desarrollando estrategias alternativas, por ejemplo, clusters regionales o parques industriales para estimular nuestra industrialización, diversificación y sofisticación de la oferta exportadora.

El auge de TLC interregionales, tal y como pretendo demostrarlo en el libro, sirve para dinamizar el propósito de la OMC de un comercio más libre a nivel global, pero va en detrimento de los proyectos de desarrollo regional integrado, estrategia que en la actualidad les sería tan valiosa a naciones aún subdesarrolladas que dicen ser “mercados emergentes” pero que no lo son. Hay una gran brecha entre China, India o Corea, líderes de las economías emergentes, y lo que pasa en Colombia, Ecuador, Bolivia, Argentina, Perú o Venezuela.

Estas últimas no emergen…se sumergen.

 

 

 

América Latina tiene que voltear sus ojos hacia sí misma…y a largo plazo.

Estamos viviendo tiempos inciertos en materia de crecimiento y desarrollo económico. La recesión que devino desde 2007  a partir de la crisis inmobiliaria (subprime) se ha convertido en una “tos crónica” que no termina de sanar. Ni Europa, ni Norteamérica,  ni Japón han podido levantarse plenamente del golpe y, mucho menos, han logrado recuperar su condición de “locomotoras” de la economía global. De otro lado, los mercados emergentes, con China a la cabeza, no logran tampoco cumplir este rol.

Posiblemente ésta llegue a ser la desaceleración y recesión continua más larga de la historia. Diez años sin lograr una recuperación sostenida y con síntomas de recaida.

En este contexto, América Latina se ha roto. Los intentos de integrarnos de épocas pasadas parece que desfallecen. Sin embargo, en un contexto tan incierto, en el cual algunos expertos advierten sobre una posible nueva recaida de la economía global, se hace necesario revisar con una mirada más estratégica, más de largo plazo, las posibilidades de tener dinámicas integradoras en América Latina.

Mucho debemos aprender de cincuenta años del proceso de integración de los europeos. Incluso, en su actual crisis. El proyecto europeo sigue vigente y, aunque vive su mayor crisis, éste bloque continúa siendo el mayor y mejor referente para un proceso de integración regional.

Una Europa integrada, aunque con diferentes niveles de profundidad: no todos se vinculan a la Zona Euro.

Una Europa integrada, aunque con diferentes niveles de profundidad: no todos se vinculan a la Zona Euro.

Sin embargo, los mayores retos de la integración en América Latina no se encuentran en la falta de modelos, sino en la falta de voluntad política y de condciones para una complementación económica. ¿A qué me refiero?

1. No hay escenarios de negociación política entre países cuyos gobiernos no comparten ideas de política económica y social. Así, Venezuela, Ecuador o Bolivia no tienen voluntad para halla puntos comunes con los gobiernos neoliberales de Colombia, México o Argentina. Y lo mismo sucede con estos últimos, que sólo tratan de confrontar a los primeros, en lugar de concertar. ¿De qué integración latinoamericana podemos hablar si los gobiernos de la región se rechazan sin intentar tender puentes?

Esta realidad es tan compleja, que la visión de modelo de relaciones económicas internacionales en nuestros países cambia de gobierno a gobierno. Y si no, que lo digan en Brasil, Argentina o Paraguay, donde el péndulo de la política se ha movido de izquierda a derecha, y la consecuencia ha sido un replanteamiento de 180 grados en su modelo de desarrollo social y económico.

Sin políticas de Estado (largo plazo), en lugar de políticas de gobierno (según el presidente de turno), no hay ambiente para una real y sostenible integración regional latinoamericana. ¿Imaginan qué seria de la Union Europea si cada vez que el gobierno pasa de socialistas a conservadores y viceversa, se exigiera revisar los acuerdos del bloque?

2. No hay posibilidades de interdependencia. Nuestras economías (la mayoría de ellas) producen commodities de origen mineral o agropecuario, por lo tanto, sus mercados se hallan fuera del continente. Varios países, al menos tres, dependen de las exportaciones de petróleo, otros de cobre, otros de café y bananos. Sin diversificación y sin industrialización, no hay posibilidades una  mayor interdependencia.

En síntesis, los TLC con el resto del mundo no son integración económica, son una dinámica de liberalización comercial tipo “operación avispa”, para sustituir a las las negociaciones de la OMC, las cuales no logran avanzar. Entonces, Estados Unidos, la UE y otras grandes economías, encontraron a través de los TLC la oportunidad de abrir los mercados para las cadenas globales de valor. Lo que es más crítico, es que varios países de la región tampoco están conectados a dichas cadenas, ya que la mayor parte de sus exportaciones son productos sin procesar. Conozco casos como el de Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia o Venezuela, que dependen en gran medida de sus exportaciones mineras, sin agregación de valor.

Un solo producto es elaborado en una cadena de factorías que se distribuyen a lo largo y ancho del planeta. Una fábrica no hace un BIEN, hace una TAREA.

Un solo producto es elaborado en una cadena de factorías que se distribuyen a lo largo y ancho del planeta. Una fábrica no hace un BIEN, hace una TAREA.

Sin voluntad política de largo plazo y sin diversificación de la oferta exportadora, no tendremos integración latinoamericana. Ni Mercosur, ni la CAN estan logrando cohesionar la region.

Brexit: se derrumba el paradigma de la integración regional.

Giovanny Cardona Montoya

Junio 26 de 2016.

 

El año en que falleció Bela Balassa, economista húngaro egresado de Yale, comenzaba yo a “adoctrinar” a mis alumnos con las etapas de la integración económica, apoyado en los postulados de este célebre autor. Hoy, 25 años después, y en medio de su peor crisis, me mantengo firme en esta convicción: la integración regional es un modelo viable para lograr el desarrollo mancomunado de diversos pueblos.

Con los resultados del Brexit el pasado jueves (23 de junio), las bolsas de valores andan en pánico, a la vez que el lenguaje de los voceros de la UE hacia las autoridades del Reino Unido se percibe agresivo y un poco intimidante: “si se van a ir, deben hacerlo inmediatamente”. Pero, el Brexit no es algo aislado, sino que es la cereza que se derrite en el pastel de un modelo de integración que se desmorona desde hace un cuarto de siglo.

 

¿Cuál es el paradigma original?

Si lo repasamos desde una perspectiva teórica (Balassa), la integración regional comienza con la liberalización comercial (Zonas de Libre Comercio), luego llegaría la etapa de la creación de una única aduana regional (Unión Aduanera), lo que exige que los países miembros renuncien a esta función soberana. Posteriormente se desarrolla el Mercado Común,  permitiendo que los inversionistas y los trabajadores de la región puedan movilizarse con la tranquilidad legal de encontrarse en su mercado doméstico. Paralelo a estas etapas, se van unificando las políticas macroeconómicas y sectoriales: agropecuario, moneda única, impuestos unificados, infraestructura regional, sistema educativo, etc.

Este modelo se ha venido probando durante más de sesenta años en Europa, ya que, además de un mercado integrado de bienes y servicios, el continente se unificó para las inversiones y los trabajadores. Como complemento, se creó una política agropecuaria comunitaria, se coordinan políticas fiscales, se crea la Zona Euro (a la que no pertenecen todos los países de la UE)  y se desarrollan diversas políticas sectoriales de carácter supranacional. Como resultado de todo ésto, Europa se ha convertido en el ejemplo más  desarrollado de integración regional por sus resultados: 25% del comercio mundial es intraeuropeo y éste representa el 71% de las exportaciones de los países europeos. En términos de bienestar hay que reconocer que con su integración, el continente europeo reconstruyó su economía después de la segunda guerra mundial, se industrializó, desarrolló su economía rural y sacó de la pobreza a los países mediterraneos y a Irlanda. Europa para los europeos, diría yo, parodiando al expresidente Monroe de Estados Unidos.

Una Europa integrada, aunque con diferentes niveles de profundidad: no todos se vinculan a la Zona Euro.

Una Europa integrada, aunque con diferentes niveles de profundidad: no todos se vinculan a la Zona Euro.

Haciendo una lectura rápida, podemos reconocer que ASEAN en el sudeste asiático, ALALC-ALADI en América Latina son experiencias de integración inspiradas en el modelo europeo, aunque nunca llegaron a profundizarse, ni siquiera han logrado consolidar una Unión Aduanera (el primer nivel de supranacionalidad en el modelo de Balassa).

Sin embargo, la integración europea nació política, no económica; y es aquí donde el paradigma muestra su verdadera debilidad. Churchill llegó a considerar que sólo la creación de los Estados Unidos de Europa evitaría que el continente siguiera siendo un campo de guerra. Más comprometidos con esta idea, los “Padres Fundadores” -Monnet, Schuman, Adenauer y Bech- dieron pasos concretos para materializar la integración del continente.

Bech, entonces Primer Ministro de Luxemburgo, propuso el primer acuerdo el que consistió en la creación de la CECA, Comunidad Económica del Carbón y el Acero, para asegurar que ningún país tuviera pleno control sobre estas  materias primas, las cuales eran fundamentales para el desarrollo de la industria de armamentos de la  época. Era claro que Francia y Alemania, principalmente, se proponían crear un ambiente que inhibiera nuevas guerras en el continente, Benelux e Italia fueron socios comprometidos en este proyecto.

 

Crisis del paradigma.

El modelo de integración por etapas conlleva una gradual concertación de políticas e instituciones que se originan en la soberanía del Estado-nación. En la medida que se profundiza la integración  los compromisos pasan de intergubernamentales a supranacionales. En otras palabras, la integración regional nació como un modelo que reta a una tradición de varios siglos de unas relaciones internacionales y una soberanía, centradas en la supremacía de los Estados; la integración regional no sólo produce efectos económicos, también afecta la lógica de la política y las lealtades de los ciudadanos.

Así, la Unión Europea tiene una fuerte base política que se confirma con los Criterios de Copenhague de 1993, los cuales establecen que para ser miembro de la Unión Europea se debe ser un Estado democrático, donde impere la ley, los derechos humanos y se respeten las minorías. En este mismo contexto, el bloque europeo ha consolidado un régimen común de asilo, el cual se deriva de la convicción de unos derechos humanos realmente universales. Sin embargo, la realidad geopolítica que vive Europa, con un terrorismo fundamentalista que les persigue y una crisis humanitaria de inmigración  originiaria de Siria, han exhacerbado los espíritus nacionalistas de izquierda (obreros) y derecha (conservadores), que comienzan a ver en la Unión Europea el germen de la destrucción de un bienestar que, paradójicamente, la misma integración les ha proporcionado por décadas.

No sería extraño que detrás de Reino Unido se vengan intentos viables de separación en Grecia, Irlanda, Holanda e Italia. Incluso, la salida de Reino Unido de la Unión Europea puede motivar otro tipo de nacionalismos, como  el de los irlandeses del norte o los escoceses que son más proclives a la integración europea. La decisión tomada por los ingleses puede traerle a Londres nuevas consecuencias separatistas no esperadas.

Sin embargo, y esta es mi hipótesis, la crisis de este paradigma no nace con Brexit sino con el espíritu neoliberal que han adquirido los procesos de integración, desconociendo las dimensiones sociales y políticas de los mismos. Así, el proyecto de Constitución Europea fracasó a mediados de la década pasada ya que los conservadores lo vieron como una afrenta a la identidad nacional y los de izquierda como un instrumento demasiado neoliberal dedicado a la integración de flujos económicos y, de ningún modo, a la consolidación de dinámicas interculturales con impactos sociales.

De igual modo, a finales de los 80s, los países latinoamericanos renunciaron a un desarrollo socio-económico integrado a partir de la industrialización y la construcción de mercados ampliados, para aventurarse en la firma de TLC con Estados Unidos, Europa y este asiático  (supuesto Regionalismo Abierto). Así, los sueños de una Unión Aduanera del Mercosur o en la CAN se han diluido, y la integración no pasa de ser un proceso de liberalización del comercio. De hecho, aunque la crisis de la CAN se pueda explicar por las diferencias de modelo político de Ecuador y Bolivia con respecto al de Colombia y Perú, todo indica que la alternativa que eligió Colombia, Alianza del Pacífico,  tampoco va a trascender, porque es de carácter intergubernamental y, en consecuencia, los esfuerzos que se hagan para profundizar la integración estarán siempre sujetos a los vaivenes electorales de cada país. Sin supranacionalidad no hay una verdadera integración, y los TLC no buscan nada de esto, solo una apertura de mercados para el desarrollo de las cadenas globales de producción de bienes y servicios.

 

El supuesto Regionalismo Abierto pretende fortalecer la integración latinoamericana abriendo las fronteras a terceros países, a través de las aperturas económicas y los TLC, sin embargo, lo único evidente es que se ha detenido el proceso de industrialización en la mayoría de los países y se han congelado los tratados regionales como CAN y Mercosur.

El supuesto Regionalismo Abierto pretende fortalecer la integración latinoamericana abriendo las fronteras a terceros países, a través de las aperturas económicas y los TLC, sin embargo, lo único evidente es que se ha detenido el proceso de industrialización en la mayoría de los países y se han congelado los tratados regionales como CAN y Mercosur.

En lugar de conclusión.

La crisis del paradigma de la integración nace con el neoliberalismo que desestimó su carácter holístico (económico, político, social) y gradual (etapas de la integración) para convertirlo en un mero vehículo de liberalización comercial que dé respuesta a los interes de las compañías multinacionales. Sin embargo, en el caso de la Unión Europea, si se desea remozar el sueño de los padres de la integración y detener una posible desbandada, se hace necesario pensar en tres decisiones:

1. Crear un pleno Banco Central, para que la política monetaria no sea direccionada por las economías más fuertes, tal y como le tocó sufrir a Grecia en la reciente crisis, donde el interlocutor del gobierno helénico no estaba en Bruselas sino en Berlín;

2. Repensar el modelo de una Europa a diferentes  velocidades, ya que es evidente que hay países que frenan o desestimulan el proceso integrador (no sólo Reino Unido, también hay que pensar en Polonia, por ejemplo.); y

3. Retomar el espíritu holístico de la integración, de otro  modo, el miedo al desempleo local y al terrorismo, será caldo de cultivo para detener la integración de las personas, que no sólo representan el mercado laboral, sino que son la base de una real integración intercultural.

 

 

Geo-economía de la crisis ucraniana

Autor: Giovanny Cardona Montoya

Versión en inglés: http://www.elcolombiano.com/blogs/lacajaregistradora/?p=1609

Traductor: Andrés Fernando Cardona Ramírez

Remembranza:

Tuve el placer de vivir siete años en Ucrania: uno en Kharkov y seis más en Kiev. Recuerdo al Kharkov industrial y a la maravillosa ciudad universitaria y cultural: Kiev. Pero muchas cosas han cambiado desde aquella hermosa época. Hermosa a pesar del susto enorme que nos llevamos con el accidente de Chernobil en 1986, a sólo 141 kms del reactor nuclear.

Corta reseña histórica de Ucrania

La unión de las naciones de Rusia y Ucrania es históricamente tan fuerte, que la primera nació en Kiev, la capital de la segunda. La Kievskaya Rus fue, hace más de mil años, la cuna de los pueblos eslavos de Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

La historia de Europa ha sido de guerras, y Ucrania no es ajena a esta realidad. En este contexto, este país ha sido dividido y re-unido más de una vez a lo largo de los siglos.

En el siglo XVIII, en el marco de Las Particiones de Polonia, Ucrania Oriental se anexó al imperio ruso y la Occidental a  Austria. En 1917, año de la desaparición del imperio ruso, Ucrania logró su independencia pero dividida en dos: la que tenía como eje la ciudad de Lvov y la que tuvo por capital a Kiev. En 1918, la Ucrania oriental entró a ser parte de la naciente Unión Soviética, y la que tenía como eje a Lvov fue anexada por Polonia.

Esta división persistió hasta que en 1939, como resultado del Pacto Secreto entre Hitler y Stalin, la Unión Soviética anexó Lvov y los territorios ucranianos que hacían parte de Polonia. En 1954, la República Soviética de Ucrania fue definida en las fronteras actuales, incluyendo la península de Crimea, eje de los conatos de guerra entre Rusia y Ucrania en este comienzo de marzo de 2014.

La economía ucraniana.

Ucrania es un país de 45 millones de habitantes y un PIB de 340 mil millones de dólares (2012). Aunque el sector servicios es el mayor generador de empleos (58% en 2012), sus exportaciones se centran en la industria de fundición (acero) y en la agricultura. Ucrania tiene tierras fértiles y fáciles de mecanizar, y se dedica a la producción de trigo, cebada y maiz, éste último con una creciente participación en el PIB rural.

Por el lado de la minería son importantes sus reservas de carbón, hierro, uranio y oro. A nivel industrial, además de la fundición de acero, Ucrania produce químicos y posee astilleros. La industria heredada de la Unión Soviética (producción aeronáutica, herramientas, armamentos) es bastante ineficiente y costosa desde la perspectiva del consumo de energía. Su gran reto es viabilizar esta industria para diversificar su aparato productivo.

Ucrania: entre el mercado europeo y el combustible ruso.

A pesar de que muchos analistas acuden a las diferencias culturales de los ucranianos para explicar la actual crisis (un Occidente católico de lengua ucraniana y un Oriente ortodoxo y rusófilo), y a las fracturas originadas en la corrupción política de este país eslavo, es legítimo sugerir que la geopolítica y la geoeconomía ayudan a explicar gran parte de los problemas actuales y de los riesgos por venir.

La actual crisis de Ucrania sugiere dos riesgos potenciales. Para empezar, una posible confrontación armada entre Rusia y Ucrania se explicaría, no tanto por la intensión de Putin de proteger la integridad de la población rusa de Crimea, sino, especialmente, por la defensa de su Flota del Mar Negro, acuartelada en dicha región. Este enclave militar se soporta en un acuerdo entre las dos naciones, el cual renta la base a los rusos hasta el año 2042 a cambio de 40 mil millones de dólares en descuentos de los precios del gas durante 10 años.

El otro riesgo es el de una nueva división de Ucrania, manteniendo una región oriental, centrada en Kiev, aliada a Rusia y una occidental que entraría en la Unión Europea. Sobre este punto hay que señalar que la Geo-economía es un argumento central.

En cifras agregadas, Rusia es el principal socio comercial de Ucrania (21% de las exportaciones y 28% de las importaciones). De un lado, Ucrania depende del abastecimiento de combustibles rusos: 3/4 partes del gas y petróleo y el 100% de la energía nuclear que consume, son importados desde Rusia. Del otro, Rusia necesita de los productos de fundición y agrícolas que le abastece Ucrania. Recordemos que en la época del socialismo, Ucrania producía el 25% de los granos de la Unión Soviética.

Si bien las relaciones comerciales de Ucrania con Europa Occidental no son significativas -Alemania es un importante proveedor y Turquía es el segundo mercado-, es claro que el potencial ucraniano no sería desdeñable para el futuro de la Unión Europea: mano de obra abundante, laboriosa y de bajo costo, un mercado potencial de 45 millones de personas, tierras fértiles, reservas de carbón y fundiciones de metales, son atractivos para cualquier economía que busque salir de una larga crisis como la que se ha vivido en la Zona Euro desde 2008.

Pero, seguramente, es la mezcla de Geopolítica y Geo-economía la que mejor señala la confrontación entre Occidente y Rusia por su ascendente sobre Ucrania. Para empezar digamos que las potencias de Europa Occidental han ido extendido su zona de influencia hasta las narices de Moscú. Con excepción de Ucrania y Bielorrusia, la frontera occidental de Rusia ha migrado hacia el bloque europeo.

Desde la perspectiva rusa, hay un interés adicional: sus gasoductos. Ucrania no sólo depende del abastecimiento sino que es ruta de gasoductos que abastecen a países de Europa Occidental. Mantener a Ucrania como aliado, le permite a Rusia manejar estrategias de negociación con sus clientes occidentales. La historia ha demostrado que la Unión Europea es vulnerable cuando Rusia se pone “duro” en las negociaciones de abastecimiento de gas…especialmente si se trata del invierno.

Fuente:   http://www.armandobronca.com/gasoductos-del-este_1018/