El modelo educativo en el que nos formamos todos los seres vivos de este planeta, es el mismo con el que recibieron instrucción nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Tal vez ahora tengamos un inmobiliario más ergonómico y la información ya no la capturamos desde libros en blanco y negro, sino recurriendo a computadoras y dispositivos móviles, pero la esencia del modelo educativo no ha cambiado.
Se ha vuelto frecuente cuestionar al profesor que, recurriendo a la metodología de reproducción de conocimiento, “dicta clase” en un formato magistral para, posteriormente, verificar lo que sus estudiantes aprendieron.
Flaco favor se le hace a la educación cuando las metodologías son cuestionadas sin mayores análisis.
La palabra pedagogía tiene su sentido etimológico en el griego (paida -niño- y gogos -acompañante, guía-), que hace referencia a la persona que llevaba al niño. La pedagogía es la ciencia que se ocupa de estudiar todos los procesos de aprendizaje de las personas, ya sean estos en escenarios escolarizados (didáctica escolar) o no escolarizados (la casa, por ejemplo). En este contexto, somos maestros (educadores, acompañantes) todos aquellos que tenemos como labor facilitar, el aprendizaje del prójimo.
El maestro en la sociedad industrial.
Desde hace medio siglo, aproximadamente, la sociedad ha venido viviendo una seria transformación en la gestión de la cadena datos-información-conocimiento; dicho cambio está afectando todas las facetas de la vida de las personas: la económica, la social, la cultural, la política, etc. Las manifestaciones concretas de este cambio se traducen en:
– la cantidad de datos e información que se ponen a nuestra disposición crece exponencialmente y a una gran velocidad;
- cualquier individuo puede ser autor y llegar con sus contenidos a receptores en cualquier lugar del planeta en tiempo real;
– casi han desaparecido las barreras de tiempo (7/24) o distancia para acceder a contenidos o para transmitirlos.
Hago la anterior aclaración para señalar uno de los problemas del sistema educativo actual y, así, recoger el debate con el que comenzamos este artículo. Durante el siglo XIX y hasta la década de 1980, transmitir información o actualizar en contenidos temáticos era una de las principales funciones del docente. Las limitaciones de acceso al conocimiento, especialmente científico y tecnológico, -libros impresos y costosos, bibliotecas de horario limitado, producción en otra lengua, etc.- implicaban que alguien cumpliera las veces de “transmisor” para lograr masificar el acercamiento al acervo de la humanidad.
En consecuencia, la clase magistral o conferencia a un grupo amplio de estudiantes era una de las mejores herramientas que tenía el maestro para acompañar en el aprendizaje a sus pupilos. Difícilmente en la sociedad industrial se hubiera podido pensar en otro camino didáctico para llegar a masas crecientes de estudiantes que necesitaban formarse para trabajar en procesos productivos estandarizados. Así era el siglo pasado: aprendias tareas, te preparabas para cumplir funciones y vivias en un mundo mecanizado -aplicar el manual de funciones en la oficina, leer el periódico los domingos en la mañana, trabajar de 8 a.m. a 6p.m., tomar el bus de las 7 a.m., etc.-
Pero el mundo ha cambiado.
La informática, Internet, las tecnologías del transporte y las migraciones masivas han transformado al mundo. No sólo ha cambiado el mundo productivo, sino que la cultura en su más alta expresión se transforma, a la vez que se derrumban las fronteras locales, haciéndonos cada vez más globales: dominamos una segunda lengua, tenemos contactos por todo el planeta (amigos, socios, colegas, familiares, clientes, proveedores) e intercambiamos en tiempo real conocimientos y valores sobre la vida y la convivencia, afectándose permanentemente nuestra cosmovisión.
En consecuencia, la docencia de los siglos pasados se ha quedado anacrónica. La nueva realidad reta a los docentes porque:
– nuestros estudiantes se deben preparar para ser productivos y felices en un mundo cambiante y globalizado;
– el futuro de las sociedades, los territorios y las empresas, estará marcado por la capacidad de innovar de las personas, o sea, de tomar el conocimiento científico y de aplicarlo en la solución de problemas y retos inesperados pero permanentes.
Es aquí donde se evidencia que el sistema educativo requiere de una revolución.
¿Qué aprender? ¿Cómo hacerlo?
La vida se transforma de manera acelerada desde todas sus dimensiones. La familia cambia (hogares unipersonales, divorcios, parejas interculturales, etc.); la tecnología evoluciona acelaradamente (los dispositivos que hoy utilizamos serán obsoletos en pocos años); las culturas se mezclan (idiomas, valores, costumbres, religiones); las empresas mutan (cadenas globales de producción, teletrabajo, auge del comercio de servicios), la naturaleza se deteriora (picos climáticos, estaciones inesperadas, pérdida de bosques, etc.)
Estos ejemplos son cambios que se ven desde hoy; pero ¿y las transformaciones que vendrán y que aún no conocemos?
Por lo tanto, es necesario que las personas que lideran el sistema educativo hagan una lectura prospectiva de los retos que enfrentarán nuestros jóvenes en las próximas décadas. La formación en conocimientos, en habilidades y en valores debe ser consecuente con el mundo cambiante y con las necesidades de las futuras generaciones.
Los conocimientos deben ser más universales, mejor fundamentados, más transversales y más interdisciplinarios. Se necesita formar en conocimientos que puedan conversar con los de otros “terrícolas” formados en otras culturas, venidos de otras latitudes del planeta.
Las habilidades que necesitan nuestros estudiantes, son de pensamiento: capacidad de análisis, de síntesis, de abstracción, de comunicación, de interacción, de adaptación. de lectura del entorno, de construcción de conocimiento. Son estas habilidades las que le permitirán al estudiante enfrentar la incertidumbre, trabajar con la información existente e innovar para resolver los retos que vivira.
Los valores que debe apropiar el estudiante deben ser los más universales, los que partan del reconocimiento de la diferencia y de la valoración del planeta como una “casa común” para muchas culturas, incluso, para muchas especies. Se necesita una ética que parta de la humildad, esto es, la ética de un ser que se reconoce a sí mismo como inacabado pero perfectible.
Para lograr este nuevo cometido, es necesario repensar la forma como se desarrolla el proceso de enseñanza y aprendizaje. El debate debe sustituir a la magistralidad “ilustradora”y el experimento se tiene que convertir en la principal tarea de los estudiantes: probar, revisar, corregir y volver a intentarlo. En consecuencia las aulas de cuatro paredes tienen que rediseñarse, los pupitres habrá que moverlos, el tablero debe estar libre para el uso de todos -no sólo del profesor-, los grupos deben estar compuestos de mentes que conversan entre ellas y que, a la vez, lo hacen con las de otros grupos.
El conocimiento se construirá de manera colectiva, reconociendo los particulares intereses, motivaciones y capacidades de cada uno de los estudiantes.
Abril 3 de 2016,
Autor: Giovanny Cardona Montoya.
La actual crisis que vive la economía colombiana, derivada de un cuarto de siglo de abandono al sector manufacturero y a la agricultura, es una buena excusa para señalar la importancia de mirar la competitividad más allá de las materias primas y de la tasa de cambio.
De hecho, y como una ratificación de que no estamos “descubriendo el agua tibia”, hace poco un colega me recordaba que Michael Porter -quien pinceló estrategias para la competitividad de Colombia hace unos 20 años-, habría dicho que ojalá Colombia no encontrara más petroleo. Creo que esta afirmación no requiere más explicaciones.

Desde mediados del siglo XX se ha evidenciado que la agregación de valor es la principal fuente de riqueza de los exportadores ¿En qué estábamos pensando los colombianos?
Ver el futuro, ver a lo lejos.
Colombia tiene un reto rezagado que depende tres variables: productividad, calidad y agregación de valor. Este reto involucra a toda una sociedad, empezando por su sistema educativo, continuando con el aparato gubernamental y terminando con las empresas y los gremios. Para afrontar este reto hay que romper con ciertas tradiciones que nos atan al pasado: la visión de corto plazo de unos espíritus reactivos y el miedo al cambio son dos de ellas.
Si nos concentramos en el Estado, entonces, necesitamos -valga la redundancia- políticas de Estado. A este país lo están matando el cortoplacismo y el gobiernismo. Nadie ve que para que nos vaya bien en las pruebas PISA, por poner solo un ejemplo, es necesario pensar en los niños del pre-escolar, no en los chicos que ya están en 9o grado. ahí ya no hay mucho que hacer. Y no es que haya que abandonar a los estudiantes adolescentes, sólo lo digo porque aquí vivimos otro síndrome: el de los gobiernos mediáticos.
El problema de Colombia no son las pruebas PISA, no. El problema es que nuestros estudiantes tienen serios problemas de lecto-escritura, de pensamiento matemático, de análisis, de síntesis, de abstracción, de dominio de otras lenguas y culturas, entre otros. Pero, como las pruebas PISA son las que mojan tinta y se comentan en las redes sociales, entonces, nuestros gobiernos se preocupan por ver cómo mejoran su imagen en Facebook, no como le dan Norte a esta nación.
Pero en las empresas la situación no es diferente: la tan aclamada VISION permanece engomada en las paredes de las oficinas y reluce en todas las páginas web, pero al mismo tiempo todo el talento humano de la organización anda ocupado resolviendo los problemas de la quincena, del trimestre o, a lo sumo, del año. Nadie tiene tiempo para pensar en el futuro.
Educación miope
Al sistema escolar no le va mejor: tenemos currículos que tratan de transmitir información, que forman personas para recordar datos, que desarrollan habilidades que hoy realizan las máquinas y que, peor aún, no motivan a los estudiantes para que deseen aprender.
Para no quedarnos en generalidades, está claro que necesitamos profesionales que tengan competencias lecto-escritoras en más de un idioma (o al menos en el nuestro), que tengan pensamiento matemático, autónomo y crítico y que sean creativos. Si hacemos eso, seguro nuestro aparato productivo daría un salto. Pero seguimos enseñando matemáticas de tal modo que los estudiantes las odien, los tenemos repitiendo textos en blanco y negro que están publicados por todas partes, y seguimos dándoles semestres y semestres de gramática de inglés, lo que hace que sepan repetir verbos regulares e irregulares, pero no construyan una sola frase.
Una última evidencia involucra al MEN y a las instituciones educativas. Hemos dividido la educación en presencial y virtual, !qué locura! Hace poco me di cuenta que hay Universidades que ofrecen educación a distancia tradicional y, entonces, se les diferencia de la educación virtual. No me imagino la educación a distancia sin computadores, sin informática y sin Internet. Bueno, tal vez, una educación a distancia para comunidades indígenas pueda justificarse, pero de resto ¡imposible!
Pero el punto no es ese, el punto es que la educación presencial tiene que ser mixta, requiere de la virtualidad. La educación virtual no tiene futuro como modalidad, mejor dicho, la educación fundamentalente presencial debe desaparecer. No me malinterpreten, realmente lo que quiero decir es que la educación centrada en un profesor que sabe no tiene presentación en el mundo de hoy, lleno de información y experiencias para los estudiantes, incluso desde antes que se matriculen.
Hoy la educación debe enriquecerse con metodologías y tecnologías que fortalezcan la relación entre autoaprendizaje (el estudiante enfrentándose al conocimiento de la web) y el aprendizaje colaborativo (interacción con el profesor, con los colegas, con los empresarios, etc.), conectando el aula -si es que la hay- con el ciber-espacio y con los espacios cotidianos de nuestros estudiantes (las calles, el hogar, las empresas, etc.)
Este país tiene muchos problemas, pero uno de los más evidentes es que no nos atrevemos a ver más allá de la quincena; nuestro gobierno, nuestras empresas y nuestras escuelas tienden a venerar el pasado y a ver el futuro muy pero muy cercano.
Hoy quiero compartirles algunas ideas de mi libro “LA FORMACIÓN POR COMPETENCIAS EN LA EDUCACIÓN SUPERIOR: la empresa y los programas del área económico-administrativa”, publicado por el Centro Editorial Esumer y que se halla ahora en formato digital para su libre consulta.
El libro se pregunta por la pertinencia de los semestres de práctica y la necesidad de re-crear la educación teórico-práctica en las universidades.
Experiencias Exitosas de Educación Teórico-práctica.
Las facultades de medicina tienen una buena tradición en esta materia. Los estudiantes no sólo visitan los hospitales, sino que, gradualmente, van asumiendo responsabilidades relacionadas con su futura profesión. Lo que considero más interesante del modelo es la vinculación curricular de los médicos. Estos últimos ejercen una doble profesión: atienden sus pacientes y forman a sus estudiantes. Este se puede considerar un estado ideal de la docencia universitaria.
De igual modo, la implementación de simuladores (muñecos) y la interacción con cadáveres durante el proceso de formación, permite que la aproximación del estudiante a su realidad profesional se haga de manera gradual, acorde a su proceso de formación y para evitar intervenciones nocivas sobre pacientes reales.
A nivel de formación empresarial, uno de los modelos más exitosos es el de la Educación Dual, creado en Alemania -replicado en Francia a nivel rural-, y aplicado en América Latina, especialmente en naciones del Mercosur.
La educación dual, fundamentada en relaciones sólidas y estratégicas entre las universidades y las empresas, permite una permanente combinación de tiempos y actividades académicas en las aulas de clase, con responsabilidades laborales en las empresas. En algunos casos se combinan meses de trabajo con meses de estudio, y en otros se reparten los días de la semana.
Una reflexión crítica al semestre de práctica en Colombia.
Que los estudiantes vayan un semestre o un año a una empresa y “que se unten de barro” ha sido un logro del sistema educativo. Sin embargo, en materia de formación de administradores (mercadólogos, financieros, negociadores internacionales, etc.) esta experiencia dista mucho de ser ideal.
Generalmente, cuando un estudiante va a una empresa se desliga de su universidad. Las labores que desarrolla son definidas por sus “empleadores” y no existe una clara relación curricular entre lo que hace el estudiante en la empresa y los objetivos formativos de su profesión. De algún modo, el éxito de un semestre de práctica depende más de la buena voluntad y motivación de los empresarios que lo acogen, que de la propuesta curricular de la universidad en la que estudia.
Otra debilidad del semestre de práctica es su carácter marginal. Después de cursar 6-8 semestres, es difícil pensar que en el transcurso de unos meses y en una sola empresa, se puedan poner en práctica tantos conocimientos teóricos adquiridos. Si un estudiante de finanzas llega a una empresa y cuenta con la suerte de incursionar en el “área de cartera” es posible que se gradue con la competencia para gestionar cartera. Pero, ¿y los conocimientos contables, y la gestión de activos, y la de capital de corto y largo plazo dónde quedan?
Lineamientos para una propuesta estructural de educación teórico-práctica en Colombia
Así como los hospitales universitarios han tenido la tradición de cumplir una labor social, la educación teórico-práctica puede desarrollarse desde estrategias que permitan el apoyo a la micro y a la pequeña empresa, organizaciones productivas frágiles que necesitan consultoría especializada.
En este contexto, las organizaciones gremiales, las ONG y el Estado, cuentan con programas de apoyo a la mipyme, y en estos programas se podría articular La Universidad, ofreciendo acompañamiento desde sus áreas de conocimiento.
Sin embargo, la solución no es enviando un estudiante a hacer un semestre de práctica. El camino correcto es articular el currículo a las dinámicas empresariales. O sea, a la empresa no la apoya un estudiante, la apoya un plan de estudios, con liderazgo de profesores y participación activa de estudiantes.
Me explico. Las clases no tienen que ser en el aula de clases, y las prácticas no tienen que ser en el escritorio de una oficina. Un estudiante aprende viviendo la realidad, y una práctica es efectiva en tanto resuelve problemas empresariales. No hay que medir el aprendizaje en horas: lo importante es amalgamar los objetivos de estudio con los retos empresariales. En otras palabras, que el estudiante resuelva el problema empresarial y que logre los objetivos de aprendizaje, esos son los indicadores reales de una verdadera educación teórico-práctica.
Un profesor ya no necesita “dictar clase”, o sea, transmitir información. Para eso está Internet. Lo que se necesita es que el docente guíe al estudiante para que haga uso de la información existente y la convierta en conocimiento, en aprendizaje significativo. En ese mismo orden de ideas, el empresario no necesita un estudiante sentado en su empresa todo el día. Lo que la empresa necesita es que el estudiante, guiado por su docente, le mejore su estructura de costos, le vigile los mercados, le sugiera nuevos procesos organizacionales, le diagnostique el entorno, etc.
Según Vigotsky, todos tenemos una capacidad de aprendizaje autónomo. Capacidad que es limitada pero que se puede pontenciar si un tutor “coloca andamiajes” para que avancemos. La labor del docente no es “dictar clases”, es “poner andamiajes” para que el estudiante se eleve en su proceso de formación. El docente-tutor y el empresario, juntos, pueden y deben guiar el trabajo práctico que los estudiantes hacen en las empresas.Fuente: Diseño de Laura Patiño.
¡Qué no nos dé miedo intentarlo!
Sí, el principal problema es cultural. Nos da miedo renunciar al modelo tradicional. El profe cree que tiene que dictar clase, el estudiante asume que no sabe nada y que tiene que tomar nota, la empresa piensa que los universitarios somos muy teóricos y los académicos creeemos que los empresarios son muy empíricos. Todo eso es verdad, pero todo eso también es mentira. ¿Por qué hacer magistral lo que el estudiante puede leer en Internet? ¿por qué creer que el estudiante no ha aprendido a lo largo de su vida?, de hecho, muchos estudiantes de carreras administrativas, trabajan en empresas o son emprendedores.
Rompamos los muros de las aulas, extendamos el aula de clases por toda la ciudad y llevemos el currículo a la calle. ¡Qué el profesor, el empresario y el estudiante construyan conocimiento juntos!, partiendo de los problemas empresariales y de los objetivos de aprendizaje definidos en los currículos bien pensados desde las universidades
NOTA: éste es el link para que puedan consultar el libro http:
//es.calameo.com/read/000852534a90be2931966
El Centro Editorial Esumer acaba de publicar mi último libro “La Formación Por Competencias en la Educación Superior: la empresa y los programas del área económico-administrativa.” Este es un trabajo de investigación que reflexiona críticamente sobre los semestres de práctica como herramienta de vinculación de las empresas a los procesos formativos en las facultades de administración y afines y, consecuentemente hace una propuesta de redefinición de la relación universidad-empresa, a partir de la conexión entre los currículos universitarios y los programas de desarrollo empresarial para mipymes.
Experiencias de educación teórico-práctica:
en el mundo se han desarrollado diversas experiencias exitosas de unión de las empresas con las universidades. Los modelos de Educación Dual en Alemania y las Casas Rurales Francesas, al igual que las Unidades Docentes en Cuba, son modelos que han demostrado que las empresas pueden ser parte del proyecto curricular de las universidades, vinculando estudiantes en sus procesos productivos, sin que el estudiante se desconecte de su actividad académica (Cardona, 2012, páginas 14-20). Incluso, en estas experiencias, al igual que en las facultades de medicina, los momentos de práctica son momentos planeados conjuntamente entre la universidad y las empresas o los hospitales.
Pero en Colombia, la experiencia de articulación entre empresas y facultades de administración se ha dado a través de los llamados semestres de práctica que presentan serias debilidades desde lo pedagógico: los empresarios no se entrenan para hacer acción tutorial, no hay planeación conjunta entre la empresa y la universidad, frecuentemente las prácticas tienen una connotación más económica que pedagógica: ahorro de costos laborales, remuneración de practicantes, etc.; y además, el seguimiento a la labor práctica no es riguroso desde lo pedagógico, lo que conlleva que al vincularse a la empresa, el egresado tendrá que recibir un entrenamiento integral, ya que no está preparado para desempeñarse laboralmente (Cardona, 2012, páginas 20-36).
Una nueva propuesta: vinculación de currículo a programas de desarrollo de las mipymes.
En consecuencia, partiendo de las experiencias exitosas de formación laboral en el mundo, fundamentados en pilares psicopedagógicos del constructivismo (Vigotsky, Leontiev, Talizina) y en los estudios sobre capital social en Colombia (Sudarsky); y reconociendo las particularidades del desarrollo socio-económico colombiano, donde las mipymes representan más del 90% del universo empresarial del país, se formula una nueva Concepción Pedagógica del Proceso de Formación Laboral que se puede materializar a través de la vinculación del Currículo a los programas de desarrollo que se tienen en el país y en las regiones para fortalecimiento de las microempresas, de las pymes y para la gestación de nuevas empresas.
El eje de la propuesta consiste en establecer una alianza pedagógica y estratégica entre el proceso curricular y el desarrollo empresarial. La participación de los estudiantes en las dinámicas de la empresa se debe dar desde una perspectiva productiva, la participación de los empresarios en las prácticas de los estudiantes se hace desde una óptica formativa. Esto es una relación dialéctica entre producción y formación.
Algunas características centrales de la propuesta:
- la viabilidad de la propuesta parte de la premisa que las universidades necesitan problemas reales para practicar y las mipymes necesitan apoyo especializado para desarrollarse,
- la práctica no la hace el estudiante, ésta se materializa desde el currículo en una dinámica que debe articular estratégicamente empresarios, estudiantes y tutores. Los tres actores son artífices de la formación y la producción,
- la práctica no se mide en unidades de tiempo sino en objetivos formativos-productivos: solución de problemas empresariales,
– la unión entre Programas de Desarrollo para la mipyme y las prácticas universitarias puede ser pedagógica, estratégica y de largo plazo, lo que le da solidez a las propuestas públicas de apoyo a las empresas y consistencia a las prácticas como procesos formativos.
Bibliografía:
CARDONA MONTOYA, Giovanny (2012). La Formación por Competencias en la Educación Superior: la empresa y los programas del área económico-administrativa. Medellín: Centro Editorial Esumer.