Cartas a Julieta, de Gary Winick

El segundo plano como protagonista

Por: Iñigo Montoya

Esta cinta tiene todos los elementos de las comedias románticas, salvo por la ausencia de comedia. Tiene el encuentro amoroso de una pareja, la batalla de los sexos y el final feliz. Pero en lugar del humor, esta historia le apuesta al romanticismo, lo cual solo funciona a medias, pues de las dos historias de amor que cuenta, apenas una de ellas logra ser original y seductora.
Pero paradójicamente, la historia que no funciona es la que protagoniza el personaje central. Y es que es difícil sentir mucha simpatía por Sophie (y no es que caiga mal), tampoco por el galán con el que se topa (simplón y sin carisma) y mucho menos con esa relación que van construyendo, la cual cae en el lugar común de la pareja que siente una mutua antipatía y, de repente, se declaran amor eterno.
Sin embargo, es la idea general de la que partió esta película la que se roba el protagonismo. En Verona, Italia, donde Shakespeare desarrolló el drama de Romeo y Juliueta, existe un grupo de mujeres que responden las cartas que dejan los visitantes en un muro de la casa de Julieta. La protagonista termina respondiendo una de esas cartas y avivando un amor interrumpido por cincuenta años.
La búsqueda de este viejo amor es lo que más o menos mantiene a flote este relato harto predecible. El romance que surge de la anciana y su historia resulta mucho más atractivo y encantador que el deslavado amor de la insulsa protagonista y su desganado galán. Ése es el problema de esta cinta, y eso ya es bastante.