El sueño de Wadjda, de Haifaa Al-Mansour

Las bicicletas no son para las niñas

Por: Oswaldo Osorio


Después de conocer y ver triunfar esas magníficas películas iraníes como ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987), El globo blanco (Jafar Panahi, 1995) o Los niños del cielo (Majid Majidi, 1997), en las que el empeño de un niño por conseguir algo sirve de excusa para hacer un retrato de su cultura, no es muy injusto decir que se convirtió en un manoseado esquema del cine del medio oriente que encuentra con gran facilidad ser producido por países occidentales y aplaudido por sus audiencias.

Esta película de Arabia Saudita, coproducida con Alemania, tiene estas características. Wadjda es una niña casi obsesionada por una bicicleta verde, todo lo que hace está en función de ahorrar y comprársela, y en medio de esto el espectador es testigo de la situación en que viven las mujeres en su cultura, esas estrictas leyes morales a las que están sometidas -impuestas por la religión, claro- y el, más que simple machismo, sofocante y casi humillante grado de dominación que ejercen los hombres sobre ellas.

Para evidenciar esta situación y hacerlo con un marcado sesgo de denuncia, el relato recurre, como es apenas obvio, a un personaje que se quiere salir de ese molde y con la pizca de rebeldía apenas justa para servir de vehículo para exponer la situación, pero que tampoco alcance a ser condenada como pecaminosa, porque está claro que su directora (la primera de ese país) no quiere hacer un pesado drama sino un desenfadado y tierno relato que probablemente llegue a una audiencia mucho más amplia.

Tal vez lo que más molesta de este filme es todo lo que se esfuerza por hacer el inventario de reglas, limitaciones y condicionamientos morales al que están sometidas las mujeres. Incluso sucumbe a crear una antagonista tan maniquea y elemental como los villanos del cine occidental. La directora de la escuela es todo lo opuesto a Wadjda. Si la una representa la posibilidad de  pensar diferente y el deseo de liberación de ese sistema social y moral, la otra es el iracundo Corán y la inflexible regla. En esta película parece no haber lugar para matices y sutilezas.

Pero posiblemente lo más cuestionable de todo es ese plano final (aunque sin echar a perder una gran sorpresa, de todas formas desde aquí se revela información para quien no la haya visto), el cual parece hecho para ratificar la “victoria” de la protagonista y para que el público experimente cierta complacencia por ella. No obstante, esa victoria es pírrica y tremendamente postiza al lado de lo que acaba de ocurrir con el concurso y con su madre. Es decir, lo que hay aquí es solo una denuncia de postal, que al final se conforma con poco y cubre con una imagen final, ligera y emotiva, toda esa adversidad y arbitrariedad que en principio quiso desvelar.

Jane Campion

Una mujer que habla de mujeres

Por: Oswaldo Osorio


El cine sigue siendo, primordialmente, un asunto de hombres y sobre hombres. Por eso una cineasta como Jane Campion es una excepción a la regla sobre otra excepción a la regla. Y más lo es siendo de Nueva Zelanda, que aún es un país exótico para  casi todo el mundo. Pero falta más: tiene talento, reconocimiento y un cine bello, sensible y estimulante, tanto en su concepción visual como en la forma en que mira a sus personajes y universos.

A los treinta y nueve años ya había triunfado en el mundo del cine. Eso si se tienen en cuenta los dos principales referentes de lo que institucionalmente es triunfar en el cine: Para la crítica y la cinefilia, ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes; y para la industria, ganar el Oscar. Ambos los obtuvo con El piano (The piano, 1993), siendo la única mujer con este mérito en el evento galo y la segunda en aquel “concurso” hecho en Hollywood, donde se le otorgó estatuilla a mejor película, guion (escrito por ella) y actriz de reparto, para la joven y desperdiciada promesa de Anna Paquin.

Todas sus películas tienen como protagonistas a mujeres y no necesariamente al universo femenino, mucho menos escenarios dominados por mujeres. Al contrario, la principal característica de estas siete mujeres (si solo contamos a cada uno de los personajes centrales de sus largometrajes de ficción) es que son seres liberados de la condición femenina que les impone su tiempo y lugar.

De manera que su condición de liberadas (aunque no necesariamente libertarias) parece ser lo primero que requiere un personaje de Campion para hacerlo suyo, para interesarse por su historia. Sin embargo, es una libertad generalmente más de actitud y de mentalidad que real y plena. Pero justamente la falta de esa plenitud es lo que muchas veces mueve al personaje y se impone como uno de sus principales conflictos. Esto se puede ver sobre todo en sus personajes de época, cuando era más común que las mujeres tuvieran mayores límites, impuestos tanto por parte de la sociedad y la moral como de los hombres.

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Crónica del fin del mundo, de Mauricio Cuervo

Cine posible y significativo

Por. Oswaldo Osorio


El fin del mundo no necesariamente es el fin de la tierra. Porque no solo haciendo que un planeta colisione contra este se puede crear una situación dramática y construir unos personajes que den cuenta de unos sentimientos adversos o de una pesarosa y desencantada visión del mundo. Y eso es lo que hace esta película, pues con una admirable economía de recursos logra crear un drama intimista y reflexivo, no solo sobre la condición humana, sino también sobre el país en que vivimos.

Es la ópera prima de Mauricio Cuervo, dueño también del sólido y certero guion de Silencio en el Paraíso (Colbert García, 2011), y si para esa película escribió una historia llena de personajes, en la que suceden cantidad de cosas distintas y hay una exaltación de las emociones, en esta otra, que escribió y dirigió, ocurre todo lo contrario: son solo cuatro personajes, dos de ellos centrales, unos cuantos espacios en que se desarrolla la historia y los mismos pocos y cotidianos sucesos componen su trama.

En esta película el supuesto fin del mundo en el 2012 solo es una excusa para sacar tema de conversación y una idea que traspasa al universo individual de los personajes. El fin del mundo está en la vida y la cotidianidad de cada quien y todos somos vulnerables a él. Aquí la adversidad aparece en todas las etapas de la vida, ya cuando apenas se inicia una familia o en los últimos años de la vida, cuando se lidia con las pérdidas de la existencia. Por eso, mientras el hijo no tiene trabajo y su futuro es incierto, el padre se resiente con la gente y la violencia que marginaron su pasado.

Si bien el relato se centra en los dramas intimistas de estos dos personajes, de fondo y como condicionante de su vida presente está el rumor de violencia que siempre ha afectado al país. El conflicto colombiano y sus violencia aparecen en esta película fuera de campo y en un pasado lejano, pero está aún vivo y victimizando a estos dos hombres en el presente. En este sentido la historia está construida de forma sutil y sugerente, siendo muy elocuente sin tener que mostrar lo evidente.

Pero a pesar de esta descripción de lo que parece solo una historia sobre la adversidad, en realidad la película está cruzada por un sentimiento ambiguo, pues todo el tiempo está contada sobre ese peso del malestar y desazón por el “fin del mundo personal”, pero al mismo tiempo hay una suerte de calidez y humanismo, una fe en las personas (en las cercanas) por vía de sentimientos como el amor conyugal, la amistad y el amor filial. Incluso al director le alcanza el buen pulso para desarrollar momentos de humor y desenfado en medio de un relato de sentimientos hondos y temas graves.

Se trata entonces de un filme con una historia sencilla, tremendamente contenida al referirse a las emociones y sentimientos y, aún así, llena de fuerza y sentido en las lúcidas cosas que expresa acerca de la vida, la cotidianidad y la relación entre las personas, eso sin dejar de vincularlo todo y comentar el contexto de la realidad nacional.  Es un cine hecho con pocos recursos, un cine posible, tanto en lo cinematográfico como en los financiero, y de todas formas consiguió decir cosas importantes de manera inteligente.

10 personajes inolvidables del cine colombiano

Por: Oswaldo Osorio

1. Leovigildo Galarza / Jesús Carvajal (El Drama del 15 de octubre, Vicente y Francisco Di Doménico, 1915)

No se puede separar al uno del otro, porque juntos mataron a hachazos al general Rafael Uribe Uribe, líder liberal y uno de los promotores de la Guerra de los mil días (así lo citan los libros de historia, como si fuera proeza). También juntos, y estando en la cárcel, fueron contratados por los pioneros del cine colombiano, los hermanos Di Doménico, para protagonizar el primer largometraje del cine nacional. De manera que fueron personajes pero también actores, de lo cual se desprenden varios aspectos muy significativos: el interés desde sus inicios del cine colombiano por la realidad violenta del país, el comienzo de esa larga tradición de utilizar actores naturales, el oportunismo del cine al realizar una película sobre un gran suceso apenas un año después de ocurrido y, lo más comentado siempre de este episodio, el escándalo e indignación causado por la contratación de los asesinos y el pago de cincuenta dólares para que accedieran. Así que Galarza y Carvajal asesinaron dos veces al general, como personajes y luego como actores. Lo más probable es que haya sido por este escándalo, y sus espinosas implicaciones políticas, que la película no pudo sobrevivir en el tiempo y ni siquiera un fotograma se conserva de ella.

2. Augusto, el ascensorista (Pasado el meridiano, José María Arzuaga, 1967)

El personaje más patético del cine colombiano es interpretado aquí por Henry Martínez. La violación de la “gordita” por cuatro hombres y la cobarde huída de Augusto, luego de haberla cortejado en una larga secuencia, es uno de los momentos más duros y conmovedores del cine nacional. También lo es la indolencia y menosprecio de la gente de la agencia de publicidad donde trabaja cuando se desentienden de sus ruegos para que lo dejen ir al sepelio de su madre. La poquedad de Augusto va por doble vía, de un lado, por lo insignificante que es considerada su existencia en medio de ese crítico cuadro de diferencias sociales que plantea de fondo con su historia el siempre lúcido Arzuaga, y de otro lado, la pusilanimidad de un hombre marginal y sin autoestima que habla quedo y siempre con miedo. El personaje de Augusto aparece en una época en que el cine nacional, por primera vez en cuatro décadas, asume una posición ante los temas sociopolíticos del país y que tiene como protagonista al colombiano de verdad y sacado de la realidad, al obrero, al campesino o al empleado. Y al final, solo desolación: sin novia, sin madre, sin dinero, engañado por unos jóvenes burgueses y caminando en medio de la nada.

3. León María Lozano, el “Cóndor” (Cóndores no entierran todos los días, Francisco Norden, 1983)

Todo para él era cuestión de principios: ordenar una masacre, no dejar que su mujer andara desnuda por la habitación o ser un perro fiel del partido conservador. Empezó como un asmático y desempleado que agachaba la cabeza cuando un liberal denigraba de él o su partido. Pero tenían que matar a Gaitán, un trágico suceso con el que este país estalló (llevaba conteniéndose medio siglo) y con él también estalló la naturaleza aparentemente tranquila y humilde de León María. Los pájaros, milicia del Partido Conservador, comenzaron a aterrorizar a la gente en el campo, y el líder de ellos fue llamado el “Cóndor”, ahora un hombre frío y sanguinario. Pero hay que aclarar que esta transformación del personaje no es, como se podría suponer, consecuencia de la corrupción del poder. Las que se transformaron fueron las circunstancias, porque León María, en realidad, nunca cambió éticamente, pues mantuvo siempre sus férreos principios, el problema es que su principio rector era serle fiel a su partido (léase los políticos en Bogotá) y este era el que ordenaba ese régimen de terror en los campos y ciudades de provincia. Pero ese es el problema de esta película, que descarga toda la culpa de la Violencia en este hombre y no en los verdaderos responsables: la dirigencia de los dos partidos. Frank Ramírez, en un trabajo sobresaliente, le dio vida a este hombrecito insignificante que devino en asesino y pequeño tirano.

4. Juan Sáyago (Tiempo de morir, Jorge Alí Triana, 1985)

Un personaje garciamarquiano era lo menos que podía haber en esta lista, eso a despecho de la leyenda negra que hay sobre esa mala relación del nobel con el cine. Nadie mejor que Gustavo Angarita para personificar a un hombre definido por su aplomo y por una amarga sabiduría. Luego de dieciocho años de purgar por la muerte de un hombre, Sáyago vuelve a su pueblo, donde lo esperan los hijos del muerto para cobrar venganza, pero él está convencido de que ya pagó por su crimen y, además, ya no está para violencias, prefiere tejer plácida y sosegadamente como una ancianita, en compañía de su viejo amor. Pero su paciencia y temple también son puestos a prueba con el acoso de los Moscote. Está viejo y cansado, pero aún puede responder como es obligación de todo hombre en esas tierras, que son el equivalente al Lejano Oeste del cine colombiano, y así queda refrendado en el duelo final: Juan Sáyago se planta frente a su adversario, se pone las gafas y dispara, igual que en los westerns, salvo por el vallenato que suena de fondo.

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El abogado del crimen, de Ridley Scott

Una fábula sobre la codicia

Por: Oswaldo Osorio


La implacable ley vital de afrontar las consecuencias de las decisiones tomadas es lo que aguarda al final de este relato, y no lo hace por sorpresa, todo lo contrario, desde que en la tercera escena nos hablan de un brutal artefacto para asesinar, sabemos que en algún momento se va a usar, como el clavo de Chejov. De esto deviene una de las principales virtudes de esta película, que desde el principio, sin afanes y cuidando los detalles, va construyendo una atmósfera pesada y amenazante que prefigura lo inevitable.

A pesar de todo el reconocimiento que tiene el director Ridley Scott (Blade Runner, Thelma &Louise, Gladiador), en realidad la fuerza singular de este filme proviene de su escritor, el también reconocido novelista, y en este caso guionista, Cormac McCarthy (No coubtry for old man, La carretera), porque se trata de una película en la que sobresale, especialmente, la construcción de personajes, la dosificada organización del relato y unos diálogos inteligentes y certeros, como los del viejo Hollywood, cuando afamados novelistas eran contratados como guionistas.

La película es una suerte de fábula macabra sobre la codicia, la cual está enmarcada en el mundo del narcotráfico, pero desde dos contextos extremos: de un lado, el sanguinario modus operandi de los carteles mexicanos (y tangencialmente los colombianos), y del otro, la sofisticación de unos personajes que pertenecen más a la lógica estilizada del cine que a la realidad. Este contraste en principio puede molestar, pero como recurso dramático y narrativo es totalmente válido y tan eficaz como si se hubiera hecho una película realista a la manera de Scarface o Trafic.

Así que, en términos de puesta en escena y de propuesta dramática, hay dos universos bien diferenciados, uno realista definido por los narcos latinos y las consecuencias de inmiscuirse con ellos, y otro construido a partir del artificio y la sofisticación de unos personajes cruzados por la poética de la tragedia, que hablan como si fueran filósofos y son dueños de una sabiduría propia que sustentan con estructurados argumentos.

Igual ocurre con el aspecto visual y el manejo de los espacios, elementos también signados por el contraste de estos dos universos, pero en general definidos por un pulcro acabado en la concepción de planos, movimientos de cámara y manejo de la luz, un acabado que quiere estar más cerca de la estilización de los personajes sobre quienes se cuenta la fábula que del realismo cruento del contexto narco.

Se trata, pues, de una cinta bien pensada y que propone un estilo propio para construir su relato y los mundos que pone en juego. Todo está concebido para dar lugar a una estilizada fábula, un poco pretenciosa si se quiere, pero que va dirigida a dar una gran lección moral y existencial, aunque no con la intención de aleccionar, sino por el principio poético de decir grandes cosas con grandes palabras y, en este caso, también con grandes imágenes.

La Huésped, de Andrew Niccol

Otra en mí

Por: Oswaldo Osorio


Esta historia es Los invasores de cuerpos pero si los alienígenas hubieran triunfado. Así despacha Stephenie Meyer el enunciado general de la novela de su autoría en que se basa esta película. De tal premisa puede resultar algo interesante o un despropósito, y tal vez hay un poco de cada cosa, al menos en la película. El problema es que este filme carga con el lastre de ser adaptada de una obra de la misma escritora de la saga de Crepúsculo y el prejuicio con que ha sido vista es implacable.

Es cierto que, en sus líneas gruesas, la historia parece el mismo soso triángulo amoroso pero esta vez con alienígenas, no obstante, se podría tratar de equilibrar las cosas destacando el nombre de su guionista y director, el neozelandés Andrew Niccol, a quien le debemos la escritura de la incomparable The Truman Show, así como la escritura y dirección de películas como Gattaca, Simone e In Time. En todas ellas, a partir de la especulación sobre un posible futuro o sociedad, pone en evidencia serios asuntos acerca del mundo moderno, la naturaleza humana  y su ética.

En La Huésped (The Host, 2013), si se soportan algunos pasajes de romanticismo juvenil hechos con la misma materia de la saga aquella de lobos y vampiros, se puede identificar como planteamiento (que no es nuevo pero sigue siendo muy eficaz como punto de partida) la idea de lo indómito del espíritu humano y la intangible fuerza de sus sentimientos y emociones, al menos en algunas personas. Y de esto surge la premisa más interesante de toda la historia, esto es, la posibilidad de que en un cuerpo cohabiten dos conciencias, la original y la invasora.

Esta situación da origen a una confrontación interna que resulta con mucha más fuerza que el conflicto externo (el acecho a los humanos por parte de los rastreadores alienígenas) y por eso se convierte en el principal motor del relato. Es una confrontación que empieza con la natural hostilidad del caso, pero que va evolucionando hacia un conocimiento y conciliación con la otra, no antes sin pasar por todo lo que implica esta doble conciencia: deseos y personalidades diferentes tratando de gobernar una sola materia, sospechas hacia la otra y dudas de sí misma, confusión emocional y rechazo o empatía con la perspectiva opuesta.

Es importante mencionar lo que el diseño de producción propone para dar vida a esta nueva Tierra, la cual ahora es armónica y perfecta pero habitada por extraterrestres en cuerpos humanos. Es un mundo limpio, ordenado y prístino, aunque conseguido sobre el dominio y exterminio de los humanos. Incluso esas mismas características se repiten en el espacio en el que se encuentran los humanos, pero allí las cosas ya no están hechas de tecnología, sino de su contrario, la naturaleza.

No es la mejor película de Andrew Niccol, ni tampoco desaparecen por completo los rastros de los best seller de vampiros de la Meyer, pero no es la denostable película que muchos quieren ver, sino que se trata de un relato con una atractiva concepción visual que propone una historia con una premisa interesante, a partir de la cual se desarrollan unas ideas que pueden pesar más que el simplismo de verla solo como una banal anécdota romántica.

El cine de horror en Colombia

El miedo en el trópico

Por: Oswaldo Osorio


A propósito del paso por la cartelera de la película colombiana Secretos (Fernando Ayllón, 2013) y del ciclo de Jairo Pinilla que acaba de emitir Señal Colombia, hacer un repaso por el cine de horror en el país es un ejercicio interesante, aunque puede dejar algunos sinsabores y la duda sobre aquel supuesto que dice que el cine de género no se le da bien a la cinematografía nacional.

Lo primero que hay que señalar es que la lista si acaso sobrepasa la quincena de títulos, de los cuales casi la mitad son de un solo director, Jairo Pinilla, y algunos otros están más cerca del thriller que del horror o solo tienen un tono o unos componentes de tipo fantástico que son más parte de un estilo que un deseo de producir miedo en el espectador a la manera clásica.

Todo empezó con Funeral Siniestro (Pinilla, 1977). El cine de horror le estaba dando grandes dividendos a Hollywood (El Exorcista, La profecía, Carrie) y en Colombia había una seria intención de hacer de su cinematografía una industria, ya fuera por vía del apoyo gubernamental (a través de la llamada Ley del Sobreprecio) o apelando al cine de género, como el horror, el thriller y la comedia, que eran entonces los preferidos por el gran público.

Pinilla era un autodidacta, pero esto, que podría parecer una virtud, en realidad se reflejó en un cine de muy precaria calidad en términos técnicos y narrativos, no obstante, eso impidió que sus películas conservaran un singular encanto,  tal vez debido a la devoción que le rendían al género y esa especie de ingenuidad con que lo afrontaban. Así se puede constatar, principalmente, en sus tres filmes siguientes: Área Maldita (1980), 27 Horas con la Muerte (1981) y Triángulo de Oro (1984). No es gratuito, entonces, que estas últimas características, en la actualidad, se hayan impuesto a la mencionada precariedad y sea posible ver su filmografía emitida por el canal cultural nacional y que tenga una serie de seguidores, sobre todo jóvenes y cinéfilos, que ahora han llevado su obra al nivel de cine de culto, donde la calidad, la originalidad y la buena factura no necesariamente son los  criterios para valorar una película, pues hay otros muchos igualmente válidos.

También en Cali se origina el Gótico tropical, el único género cinematográfico propiamente colombiano. Se lo inventó la gente de Caliwood, con Carlos Mayolo y Luis Ospina como sus principales cultores a partir de películas como Pura sangre (Ospina, 1982) y Carne de tu carne (Mayolo, 1983). No es estrictamente horror, sino más bien un estilo que incorpora atmósferas y elementos del horror (vampirismo, espectros, zombis) al contexto y la realidad del país. Una rara pero bien acoplada combinación entre unos elementos fantásticos y la realidad, en donde los primeros generalmente funcionan como una simbología que puede ser aplicada a la segunda. Otras películas, como La mansión de Araucaima (Mayolo, 1986), Yo soy otro (Óscar Campo, 2008) y el cortometraje Alguien mató algo (Jorge Navas, 1999), también tienen ese espíritu propio de este género criollo.

Fuera de Pinilla y del Gótico tropical, quedan unas cuantas películas: Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1981), una impactante y provocadora película que está más cerca del gore que del horror y es más italiana que colombiana; La noche infernal (Rittner Bedoya, 1982), una mezcla de thriller con el esquema de casa embrujada; Contaminación, peligro mortal (Lewis Coates, 1982), criaturas mutantes que protagonizan “una horrenda conspiración de asesinatos, monstruos del espacio y café”; Al final del espectro (Felipe Orozco, 2006), sin duda la mejor lograda de todas en relación con los parámetros del género, porque es una cinta que conocía bien las leyes de este tipo de cine y las supo aplicar de forma eficaz y convincente.

Finalmente, están El páramo (Jaime Osorio Márquez, 2011) y Secretos. Aunque hay que aclarar que ambas son lo que se podría llamar, sin buscar ser peyorativos, “falsas películas de horror”, porque si bien empiezan sugiriendo toda la atmósfera propia del horror, donde el conflicto depende de fuerzas sobrenaturales, finalmente -y aquí se devela parte del secreto para quienes no las hayan visto-  terminan siendo explicadas por el thriller, por lo criminal, y no por lo fantástico, lo cual no les quita méritos en lo que logran con su objetivo principal: conectar con el público y causarle un fuerte efecto emocional. La diferencia es que El páramo lo consigue con la creación de atmósferas y la construcción sicológica de los personajes y las relaciones entre ellos, mientras Secretos apela más a los inesperados giros de la trama y al efectismo en la banda sonora.

La historia del cine de horror en Colombia es una historia muy corta, lo cual es paradójico si se tiene en cuenta que la mayoría de estas películas tuvieron buenos o aceptables resultados en la taquilla, incluyendo algunas de Pinilla. Y en un país como Colombia, donde hay que hacer catarsis de tantos miedos y amenazas, este cine, que cumpliría bien esta función y que, además, suele ser bien recibido por el público, debería ser mucho más frecuente.

Cazando luciérnagas, de Roberto Flores Prieto

El ermitaño acompañado

Por: Oswaldo Osorio


El cine colombiano ya no le tiene miedo a los tiempos muertos, a los silencios o a las tramas con argumentos simples. Ya por la fuerte tradición literaria o por la sangre latina hirviendo en medio de este trópico, las películas en este país siempre han hablado mucho, mostrado mucho y pasan demasiadas cosas en ellas. De un tiempo para acá, películas como El vuelco del cangrejo (2010), Porfirio (2012) o La sirga (2012), han buscado cambiar este paradigma.

Esta película de Roberto Flores Prieto también lo hace. Tal vez esto sea influencia del cine europeo o del Nuevo Cine Argentino o simplemente madurez, porque necesariamente se trata de un cine adulto, un cine que arriesgado narrativa y estéticamente, con todo lo que esto implica: en la parte industrial, un distanciamiento del gran público, que le va a dar la espalda o no la va a disfrutar (por más que vaya atraído por la popularidad de un actor más televisivo que cinematográfico, Marlon Moreno); y en lo expresivo, la posibilidad de contar con distintos recursos para decir lo que tal vez de otra forma no se puede decir.

Y es que este es un director valiente haciendo cine. Lo está siendo en esta película con esas decisiones narrativas y formales que tomó en un país como este, donde las comedias populistas en las que hablan mucho y pasan muchas cosas son las que apoya y aprueba el público general y hasta los medios; y también lo fue con su ópera prima, Heridas (2008), la primera vez que una película habla frontalmente del paramilitarismo en Colombia, y lo hizo con la solidez de pulso y la fuerza dramática que el tema exigía, por lo cual terminó marginada por la autocensura de todos los circuitos de exhibición del país.

Con Cazando luciérnagas cambia casi por completo de registro, pues cuenta una historia que podría ser universal y atemporal, porque es una historia intimista y sobre complejos y sutiles sentimientos. Un celador de unas minas de sal a orillas del mar pasa sus días en el silencio de su soledad y con una vida tan simple, por la rutina de un trabajo compuesto por mínimas tareas, que lo tienen al borde del misticismo.

La aparición de una joven, y hasta entonces desconocida hija, cambia ese silencio y esa rutina. Los planteamientos iniciales son conocidos, pues se trata del sujeto externo que llega a desequilibrar un universo y del contraste y choque entre los mundos y percepciones de un adulto y una niña. Tal vez por eso en algunos momentos puede parecer predecible, pero lo importante es lo que el director propone y desarrolla con esos elementos básicos, que en este caso es el juego de emociones y sentimientos, apenas sugeridos, que se empiezan a mover entre estos dos personajes, así como la sutil pero significativa transformación que opera esto en ellos. Tanto al ermitaño como a la niña se les abre un poco más el mundo, por lo que cada uno dejó al otro, incluso sin proponérselo.

Otro protagonista de esta historia es el espacio. El amplio paisaje del mar, las playas y las salinas enfatizan el aislamiento del personaje y es aprovechado desde la concepción visual para crear unas imágenes bellas y expresivas, que tienen como principales cómplices al encuadre y a la luz. Incluso por momentos el relato parece más interesado en desarrollar esa belleza y expresividad que las mismas emociones de los personajes, sobre todo de Manrique.

De todas formas, por esta concepción visual, por la naturaleza de los personajes y el minimalismo de la historia, esta es una película que le exige al espectador una disposición distinta para presenciar una experiencia cinematográfica diferente.

Blue Jasmine, de Woody Allen

Pobre niña rica

Por: Oswaldo Osorio


El regreso de Woody Allen al drama duro y a Estados Unidos es sólido e intenso. Luego de un puñado de películas en Europa y que son comedias o historias románticas, el prolífico y ya mítico director neoyorkino nos cuenta una historia de reveses y desesperación que llevan borde de la locura a su protagonista, todo contado con su estilo inconfundible en la construcción de personajes y la creación de diálogos, pero además jugando con la estructura narrativa para depararnos algunas sorpresas.

Jasmine, encarnada por una convincente Kate Blanchett, luego de tenerlo todo se queda sin nada después de que su esposo fue encarcelado por fraude. De su suntuosa vida en Nueva York pasa a vivir en la precariedad que le ofrece su hermana en San Francisco. De ahí en adelante se viene un desfile de pequeños y grandes dramas para esta pobre niña rica, desde la necesidad de buscar un empleo hasta las repercusiones de este desmoronamiento de su vida en su salud mental.

Lo primero que pone en evidencia la trama es el contraste que existe entre las dos hermanas, la una sofisticada pero vencida por la vida y la otra común y corriente pero que en general vive feliz con sus dos hijos y los hombres vulgares que tiene por pareja. Este contraste da lugar a un constante contrapunto entre ambas, que van desde los reproches hasta la desaprobación del estilo de vida que la otra eligió, lo cual obliga al espectador a establecer constantes comparaciones y juzgar las distintas decisiones que cada una ha tomado en la vida.

La que menos bien parada termina es siempre Jasmine, la triste Jasmine. En principio parece una víctima, de los hombres, de las circunstancias y de la vida misma, como la mayoría de los personajes femeninos que protagonizan las películas de Woody Allen, pero este es distinto, sobre todo por las decisiones que toma y por su actitud ante quienes la rodean, por eso no es casual que el espectador solo muy poco o en ningún momento se identifique con ella, salvo por vía de compasión debido a las lamentables cosas que le ocurren y por lo patética en que se ha convertido su vida.

La narración misma se encarga de corregir constantemente al espectador cuando trata de identificarse con ella, y lo hace con una sistemática dinámica de flasbacks que le muestran de tanto en cuando a la Jasmine en sus años gloriosos y esas decisiones que tomó. De manera que el relato siempre está jugando con la información sobre ella y el espectador es testigo de la vida de una mujer que, al tiempo que se va desmoronado poco a poco, se nos va develando todo lo que la llevó a tal situación, convirtiendo este en uno de los dramas más patéticos que han salido de este gran conocedor del cine y las mujeres.

Amores peligrosos, de Antonio Dorado

La historia de una “dura”

Por: Oswaldo Osorio


La historia del narcotráfico en Colombia está lejos de ser contada por completo. No importa los usos y abusos y futilidades de la televisión con el tema, es el cine el llamado a contar esta historia y hacerlo de forma consecuente y reflexiva (hasta que la otra historia tome su distancia y lo haga). A eso apuntan películas como las dos primeras partes de esa Trilogía de Cali que está haciendo Antonio Dorado, a pensar el tema con el cine, a hacerse preguntas y tratar de responderlas o dejárselas enunciadas al espectador.

Ya lo había hecho con El Rey (2004), cuando nos contó, en clave de cine de gánsters, los orígenes de este fenómeno en aquella ciudad a través de la figura del primer narcotraficante. El cine de género le funcionó muy bien para recrear esa dinámica de ascenso y caída con todos esos crímenes de por medio. En Amores peligrosos (2013) tal vez habría sido muy fácil repetir el esquema, porque el cine de género siempre conecta fácil con el público, pero se decidió por un camino más sinuoso, para bien y para mal.

De todas formas, el personaje no daba tanto para un thriller como en el anterior filme, pues el rol de la protagonista en el mundo de la mafia cambia sustancialmente. Ya no es quien toma las decisiones sino que deciden por ella y, por eso mismo, muy pocas veces es quien motiva las acciones y el avance de la historia. Eso es lo que más complicado resulta en esta película, que el espectador no se pueda identificar fácilmente con la protagonista, porque su actitud siempre es muy neutra, cuando no errática.

De manera que con una protagonista que no es muy activa y con un relato que, si bien tiene elementos del thriller, se decanta muchas veces por el melodrama, entonces estamos ante un filme que se arriesga a perder el gran público que tenía su antecesor. No obstante, sin duda fueron decisiones consecuentes con la historia que se quería contar y con el retrato que se pretendía hacer. Porque esta película genera un malestar y una incomodidad al verla, lo cual sin duda tiene que ver con las características del personaje, pero que no son tanto problemas del relato, sino que son inherentes a este tipo de mujer -que todavía no lo es del todo- y a su interacción, entre placentera y culposa, con ese mundo podrido en que está metida.

Pero otro lado, la película conserva muchos elementos que mantienen la necesaria relación con El Rey, además de adentrarse y tratar de explicar las dinámicas sociales y hasta sicológicas de ese fenómeno que permeó a la sociedad caleña, está el uso de la música (salsa, por supuesto) como contrapunto sonoro de la acción y una concepción fotográfica que, además de cuidada, es consecuente con el tono de thriller y las atmósferas de esa ciudad que quiere retratar y comentar.

Seguramente no es la película que muchos esperábamos, porque después de la fuerza y contundencia de El Rey, estábamos predispuestos para una historia y personaje definidos por un esquema más directo, pero lo que nos entrega Dorado es un estudio diferente, condicionado por un tratamiento más melodramático, el cual a su vez estaba determinado por la condición femenina de la protagonista y su rol dentro del mundo de la mafia.

Del thriller al melodrama y del temerario capo a la adolescente veleidosa hay grandes diferencias, las cuales se reflejan en un relato menos cohesionado y en unos personajes aparentemente menos sólidos, pero esas eran las condiciones de esta segunda entrega, que tiene como principal mérito no querer repetirse y explorar otras posibilidades.