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Reparar, un oficio que se niega a morir

La magia de darle una segunda oportunidad a los objetos.

Periodista y espectador, depredador de historias 24/7. Universidad de Antioquia.

04 de marzo de 2016

Un reloj parado, una lavadora que chorrea agua y un muñeco sin cabeza encuentran una segunda oportunidad en las manos de los reparadores, expertos artesanos que le ahorran dinero y le devuelven memorias a sus clientes. La Twittercrónica recorrió algunos de los talleres de estos personajes.

El recorrido inicia en una sala de urgencias... para juguetes. A lo largo del escritorio de Alejandro Escobar hay pedazos de cabello, piernas, ojos y hasta cráneos; aunque parezca una escena de masacre en realidad es allí donde han vuelto a la vida los cientos de muñecos que ha reparado en los 25 años de su labor como “doctor” de juguetes en la Clínica de Muñecos Arlequín, en el barrio Laureles. La experticia de sus manos ha mejorado desde Barbies decapitadas hasta peluches mugrientos y desnutridos, entregando nuevamente a sus dueños ese recuerdo de la primera vez que vieron el juguete, cuando su plástico brillaba y olía a nuevo.

“Por fortuna nuestra cultura no es tan derrochadora y la gente sabe que arreglar un objeto vale la pena. Uno encuentra que todo lo dañado, desde una porcelana hasta un televisor, tiene arreglo y es un esfuerzo que vale la pena hacer”, afirma Alejandro mientras pone pegamento en la cabeza de un muñeco que gatea.

Continúa: “porque francamente no es cuestión de plata sino de recuerdos, en estos muñequitos están guardadas esas sensaciones de la infancia. La gente se emociona mucho cuando logramos reparar el circuito de los juguetes y vuelven a escuchar las canciones que cantaba la figura, no las oían desde que eran niños”, comenta el licenciado en educación física de profesión, pero reparador por vocación.

Ivo, ajustando el tiempo

Si los juguetes de Arlequín pueden capturar el tiempo y devolverlo al ser reparados, los relojes centenarios que pasan por el taller de Ivo Correa podrían contar tres veces esa historia. Ubicada en el centro de Medellín, la relojería de Ivo parece una máquina para mirar el pasado.

El tictac de los cientos de relojes que lo acompañan genera un zumbido que, según él, es un arrullo. “Muy poquitos tenemos la fortuna de trabajar en lo que nos apasiona, yo no sólo me aguanto este ruido sino que me hace falta y me duermo pensando en los relojes”, dice.

Y es que la obsesión de Ivo por las reparaciones llega a tal punto, que ha encontrado la solución a varios desperfectos en maquinarias en sus noches: “Sueño que los arreglo y me acuerdo cómo, al otro día vengo, lo hago y funciona, después de lucharles por semanas”, señala el reparador, apuntando con su dedo al reloj Campanario de San Marcos, un ejemplar del primer modelo que reparó en su vida por un piñón dañado, una de las causas más comunes del deterioro de la maquinaria.

En un mundo donde la hora se ve en los celulares, en pantallas gigantes de las calles y hasta en el microondas de la cocina, ¿quién podría querer reparar un vetusto aparato de 10 kilos? La pared del taller de Ivo, poblada por relojes Cucú, con un costo aproximado de dos millones de pesos cada uno, da fe de que el canto del pájaro aún no se acaba.

“Es que no se trata de ver la hora, la gente los manda a arreglar porque saben que ya no los hacen, que nunca van a encontrar un reemplazo. Dicen que todo se compra y se vende, pero esto ya no lo consiguen”, comenta Ivo, poniendo sus manos sobre uno de los péndulos de un reloj de cuerda.

Las viejitas son las mejores

Fredy Ciro ha dedicado cinco de sus veintitrés años a la reparación de lavadoras. Ahora le trabaja a una fornida Whirpool de agitador de la década de los 80; la máquina ha lavado los pañales, el vestido de la primera comunión y hasta la ropa de los grados de los hijos de la familia y por ello merecería seguir en el mismo hogar después de tres décadas de servicio.

Así cree Fredy que pensó la propietaria del electrodoméstico que asistió a su taller en el barrio Chagualo, cuando vio que su lavadora botaba agua en el ciclo de secado.

“Es preferible mandar a reparar una lavadora vieja que comprar una nueva, porque estas que salen ahora son desechables, puro plástico, en cambio estas antiguas son en metal macizo, eso no lo acaba nadie”, comenta Ciro.

Según le manifestó la propietaria, es la primera vez en 30 años que se daña. Pese a la calidad de estas antiguas lavadoras, el técnico recomienda tener cuidados básicos como evitar que monedas o tornillos estén en los bolsillos de la ropa durante el ciclo de lavado.

“Yo diría que esa es una de las causas que más les daña, mientras está centrifugando esos objetos pueden alcanzar la velocidad de una bala”, asegura mientras introduce su dedo por un tambor de lavadora perforado por una moneda.

Ese es el mundo de los reparadores, los que restablecen las fuerzas o le dan vigor a algo, sea un reloj añoso, una lavadora que brinca cuando seca o ese muñeco que produce temor de lo maltrecho que está.

¿Qué fue lo último que mandó a reparar usted?.