Tendencias

Nadie se salva de los microplásticos, tenemos hasta en el cerebro

Los científicos han hallado microplásticos en cada rincón de nuestro cuerpo. El último ha sido el cerebro. Sin embargo, todavía no están claras las consecuencias de esta acumulación para nuestra salud.

04 de abril de 2025

No hay semana en la que no aparezca una nueva publicación científica alertando de la presencia de microplásticos en una nueva parte del cuerpo.

Le puede interesar: ONG advierte que en 2030 podría haber más de 600.000 toneladas de plástico de productos Coca-Cola en los océanos

Todo ha ido muy rápido desde que, hace 20 años, el biólogo marino Richard Thompson, de la Universidad de Plymouth (Reino Unido), acuñara por primera vez el término tras encontrar en la playa partículas mucho más pequeñas que un grano de arroz. No tardamos mucho en descubrir que estos microplásticos están por todas partes: en el agua que bebemos, en la comida que ingerimos e incluso en el aire que respiramos.

Inicialmente, la hipótesis era que los tomábamos a través de la comida o la bebida pero que, eventualmente, eran eliminados a través de las heces o la orina sin provocar mayores problemas. Un trabajo pionero de 2018 fue el primero en identificarlos en el intestino.

Fueron solo ocho participantes, repartidos por todo el mundo, pero con la presencia de estos componentes quedaba claro que el problema tenía una amplitud global. La mayor parte de ellos, además, había consumido pescado, lo que dejaba claro que los hallazgos de Thompson en ecosistemas marinos tenían una relación más que directa con la salud humana.

Philipp Schwabl, gastroenterólogo y hepatólogo de la Universidad Médica de Viena y principal autor de aquel estudio, advirtió ya entonces que, aunque hasta la fecha solo habían podido identificarse en esa parte del cuerpo, “las partículas de microplástico más pequeñas pueden entrar en el torrente sanguíneo, el sistema linfático e incluso alcanzar el hígado”.

Efecto tóxico de estas partículas

Aquel sería el siguiente paso. En la primavera de 2022, un equipo de investigadores holandeses liderados por un inmunólogo español, Juan José García Vallejo, identificó por primera vez microplásticos en la sangre humana. Según detallaba el artículo publicado en Environment International, en concreto, de los 22 donantes de sangre que analizaron en su estudio, 17 tenían restos de PET y poliestireno en su torrente sanguíneo.

Son los tipos de plástico más comunes hallados en nuestro organismo, junto a otros dos, el polietileno y el polimetilmetacrilato. “Desde mi punto de vista, deberíamos dejar de catalogar a todos los microplásticos como un único contaminante, ya que el efecto tóxico de un microplástico va a depender de varios factores, tales como su tamaño (a menor tamaño, mayor toxicidad), su forma y, lo más importante, su contenido en aditivos químicos tóxicos asociados al plástico”, explicaba recientemente al SMC Ethel Eljarrat, directora del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua del CSIC.

Prácticamente todas las grandes industrias contribuyen al problema, pero no todas tienen los mismos parámetros o controles de calidad. Por ejemplo, se calcula que el 35 % de los microplásticos hallados en los océanos corresponden a la industria textil.

Para saber más: Vuelven las noticias del asteroide 2024 YR4: sube a 4% su probabilidad de impactar la Luna

Como explica Raúl González, CEO de la plataforma de moda circular Ecodicta, “gran parte de nuestra ropa está hecha a partir de materiales fósiles, estas fibras sintéticas liberan microplásticos no solo cuando las lavamos, sino también durante cada etapa de la producción textil (hilar, tejer, teñir) y más tarde, cuando se degradan en vertederos o en playas donde acaban muchas prendas desechadas: desde ahí, los microplásticos entran en la cadena trófica marina, acumulándose en los peces que luego consumimos”, y junto a ellos, muchos otros compuestos asociados a estos procesos industriales que siguen adheridos al plástico, como los disruptores endocrinos.

¿Por dónde entran?

Las consecuencias de esto están empezando a aflorar. La última barrera que se creía inexpugnable era la hematoencefálica, pero en diciembre de 2024 se demostró que no hay ya, para el cuerpo humano, un territorio virgen de microplásticos. En un estudio aparecido en Nature Medicine, investigadores de varias universidades estadounidenses demostraron que estos compuestos se acumulaban en nuestro órgano más vital en cantidades mayores que en otros tejidos analizados, como el hígado o el riñón.

Un trabajo reciente en ratones ya apuntaba a que los microplásticos del torrente sanguíneo pueden desencadenar la formación de trombos en el cerebro, al igual que pueden causarla en el interior de las arterias. Este último hallazgo, realizado por investigadores chinos, sugiere que además de los fallos vasculares estos residuos también pueden inducir disfunción neurológica a través de la activación de las células inmunitarias en este órgano.

Una vez llegan a la sangre, pueden acabar en cualquier sitio, aunque la sangre no es la única vía de acceso. Por esas mismas fechas, investigadores británicos hallaron microplásticos en los pulmones de pacientes quirúrgicos, y aunque el riego sanguíneo a los pulmones puede ser un factor, su principal sospecha es que fueron inhalados. Algunos llegaron directamente a los alveolos y otros fueron a parar a la sangre.

“Si bien la presencia de microplásticos en el aire es menos conocida, se ha documentado que estas partículas están presentes en el polvo, especialmente en zonas de alta contaminación, por eso también es importante mantener bien ventilados los hogares”, explica Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y directora médica en Cigna Healthcare España.

Cuestión de salud pública

Mientras Thompson tiraba del hilo de los microplásticos en el mar y mapeaba su distribución hasta encontrar que se podían encontrar tanto en los polos como en las profundidades, otros investigadores hicieron lo propio con la presencia de estos compuestos en nuestro propio organismo.

“La investigación en microplásticos se ha acelerado en la medida en que la contaminación ha pasado de ser una inquietud ecologista a una cuestión de salud pública”, explica el ambientólogo Alberto Vizcaíno. “De los avisos tempranos con imágenes de tortugas con el caparazón deformado, cetáceos varados con el estómago lleno de plásticos o albatros muertos de inanición por su ingesta de plástico, hemos pasado a llamadas de atención por la ubicua presencia de microplásticos en todas las muestras analizadas, ya sean de fondos marinos, nieves en cumbres remotas, heces de humanos vivos, tejido pulmonar o cerebros de personas muertas”.

En efecto, tras encontrar restos en la sangre y los pulmones, los científicos no tardaron en hallarlos en los demás órganos. Un grupo de la Universidad Autónoma de Barcelona, líderes del proyecto PlasticHeal, los encontraron en el hígado o en los riñones, cumpliendo con el siguiente paso de la profecía de Schwabl.

En adelante, los microplásticos fueron apareciendo en cada vez más lugares hasta entonces inesperados: placenta, leche materna, orina, testículos...

Lo que aún desconocemos

El gran interrogante es, a día de hoy, qué supone todo esto. En 2022, un equipo del CSIC demostró en Scientific Reports que la ingesta de microplásticos reduce la diversidad bacteriana de la microbiota del colon, además de producir una alteración del equilibrio en los microorganismos presentes. Este factor suele conllevar a un mayor riesgo de ciertas enfermedades, pero como todo lo que rodea a este asunto, es demasiado pronto para comprender bien el ciclo de estos residuos en nuestro organismo: qué sucede cuando llegan a los órganos y si llegan a acumularse.

“Sabemos que están presentes en el aire, el agua, los alimentos e incluso en nuestro organismo, pero aún no entendemos del todo sus efectos acumulativos a largo plazo”, dice Silva. “Muchos de estos plásticos contienen aditivos químicos (fenoles, ftalatos, PFAs...) que actúan como disruptores endocrinos, interfiriendo con el equilibrio hormonal y potencialmente causando efectos adversos en la salud”.

En declaraciones al SMC, Roberto Rosal, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de Alcalá, cree que toda la investigación sobre este tema está sujeta a muchos matices. “Es cierto que la contaminación por residuos plásticos ha aumentado en las últimas décadas debido al uso irracional que se hace de este material y a su inadecuada gestión como residuo”, explicaba al hilo de un artículo reciente. “Sin embargo, esto no constituye por sí solo una demostración de que estemos acumulando plástico en nuestros cuerpos”.

Incluso las mediciones de cuánto microplástico ingerimos realmente están sujetas a una enorme disparidad. “Nuestros propios cálculos, obtenidos en muestras de agua embotellada en plástico (PET), indican que la concentración media es de 1.61 µg/L”, mostraron Rosales y su equipo en otro artículo en Scientific Reports. “Esto implica una exposición de 4–18 ng por kilogramo de peso corporal al día o, dicho de otra forma, una persona que consuma 2 litros de agua al día necesitaría 850 años para ingerir 1 gramo de plástico”.

Tras haberlos encontrado en cada rincón de nuestro cuerpo, aquí está la próxima frontera para los científicos: comprender qué nos están haciendo realmente los microplásticos.