Vuelven los amigos
Por la pandemia dejamos de frecuentar a los amigos. A los más habituales, en mi caso, los dejé de ver en persona desde marzo de 2020; quedaron las pantallas. Hay que reconocer que las reuniones virtuales con los amigos, ayudados por las aplicaciones que han florecido en el confinamiento, tienen algunas cosas positivas, porque mantienen la comunicación; aunque, al mismo tiempo, dejan un sinsabor, una cierta congoja.
¿Qué es lo que falta en esas conversaciones virtuales? Hacen falta los gestos, el lenguaje corporal, las conversaciones cruzadas dentro del grupo de amigos. No es fácil encontrarse en los cuadritos en que se vuelve la pantalla, en la cual cada cuadrito es un amigo. Algunos pueden comportarse con más naturalidad que otros en la televisión, como alguien dijo. Y se puede asegurar, sin que haya lugar a equívocos, que nunca será lo mismo una reunión virtual de amigos que una real. Lo que falta es encontrarse y dejar atrás esa extraña forma de hacer las relaciones sociales que nos impuso la pandemia. Eso es lo que falta.
¿Qué es lo que nos hace anhelar esos encuentros? Primero, hay que reconocer que hago parte de una generación en que las amistades sinceras nacen en el mundo real, en físico, aunque la pandemia demostró que pueden pasar al mundo virtual, no sin pena. Hacer lo contrario puede ser difícil. Pasar de una amistad que nace virtual y se vuelve real parece facilitarse en el caso de los jóvenes. En todo caso, la presencia física no solo es indispensable: es irremplazable.
Nos hacen falta los encuentros porque en ellos hay amistad. Algo intangible que no es fácil de definir pero que nos produce felicidad. Indagando un poco, me encontré con una concepción moderna de la amistad según la cual, de todas las relaciones posibles, la amistad es la que está más de acuerdo con un ideal de libertad. En la sociedad actual, en la que se supone se deberían dejar atrás las restricciones ligadas al género, la religión, los orígenes sociales o étnicos, la amistad es una forma singular de compromiso sin condiciones.
Lo curioso de esta historia es que la neurociencia cuestiona esa idea de la libertad en el encuentro de los amigos y prueba que la elección de estos está determinada desde antes. Con los amigos hay similitudes en el recorrido de vida. De acuerdo con los estudios, los cerebros de los amigos reaccionan de manera similar a las imágenes que les presentan. Comparten la misma forma de ver el mundo.
Una reflexión, porque ya vacunados se acercan los encuentros con los amigos. El club de los frijoles de los viernes se va a reunir de nuevo. Un club del que se han ido cayendo los chicharrones, las harinas y otras cosas, pero que conserva la amistad, sea lo que eso sea, y la buena parla. Con la certeza de que en este caso la trampa de la nostalgia, la falsa expectativa, no opera.
En una entrevista, el psicoterapeuta berlinés Wolfgang Krueger, que ha estudiado el tema de la amistad y ha escrito libros sobre ello, lanza una frase “el hombre tiene dos puntos débiles: la soledad y la falta de confianza en sí mismo. Para las dos cosas el mejor remedio es la amistad”