Columnistas

Teresita Gómez

14 de julio de 2017

Coincidí en la fila de la caja del mercado con la destacada pianista Teresita Gómez. Estaba, como siempre, sencilla, elemental, como del común, sin afán por destacarse más que por el sonido de su piano. Llevaba una gorra deportiva de domingo. Muchas veces, en conciertos, no exactamente suyos, he estado cerca de ella, vinculados, de pronto, con un guiño de ojo o una leve levantada de mano. Siempre su presencia me conmueve y me atrae. Pero esta vez, al tenerla tan cerca, a un paso, no sé por qué sentí una emoción especial. No resistí; y, como hacen algunos conductores nuestros, que primero se cruzan y luego sacan la mano, sin pedirle permiso, le tomé las manos, y le dije: permítame tocarlas, y las acaricié. Ella debió sorprenderse de ese señor extraño que le tomó las manos sin permiso previo. Me sentí conmovido por la cercanía de quien tanto orgullo nos produce, de lo nuestro, lo genuino, lo elemental, lo negroide, lo limpio.

Aún no estaba enterado que el martes siguiente sería condecorada por el Concejo de Medellín con el Escudo Juan del Corral, grado oro. Ya había recibido de la Presidencia de la República, en el año 2005, la Cruz de Boyacá en el grado de Comendador “por su trayectoria artística, aporte a la cultura musical y representación honorable de Colombia en el exterior”. Nunca serán suficientes los premios para reconocer a un ser humano de estas calidades, que enaltece la estirpe nacional, nos empuja a la superación, a la terquedad y a la persistencia.

Desde mi adolescencia conocí su historia, que me emociona, porque, siendo muy joven, también fui estudiante de la Escuela de Bellas Artes. Ya era Teresita una pianista destacada. Sabía de su inicio en la música, como de novela, asombroso, ejemplar, ese empezar a crecer por su esfuerzo y su inusual curiosidad, sin recursos ni mecenas.

Quién podría creer que esa chiquilla entrometida en los claustros oscuros del Palacio de Bellas Artes podría llegar a ser una maravilla al piano y un orgullo para la nación. A tiempo, lo supo doña Marta Agudelo de Maya, quien, seducida por su precoz prodigio, y haciendo caso omiso de sus precariedades económicas y de los temores de sus padres adoptivos de que fueran reprendidos por la administración del Palacio, fue su primera maestra, cuando la intrépida Teresita sólo tenía cuatro años.

Siento enorme orgullo de este personaje, no sólo por su calidad exquisita en la música, por la alta técnica con que ejecuta el piano, sino por quien está detrás de ese virtuosismo. Ella es la mujer que ha interpretado con particular maestría, en los escenarios del país y del mundo, obras de los más reconocidos músicos clásicos europeos. Fue la destacada Agregada Cultural de la Embajada de Colombia en la antigua República Democrática Alemana (1983-87). Pero también, la niña prodigio que, como Marco Fidel Suárez, aprendió por las hendijas de las puertas y ventanas de la Escuela; es el ave fénix que supo recuperar su brillo, después de una delicada intervención quirúrgica en sus manos.

Pero su gran mérito, la huella que la identifica como ícono de nuestra historia musical, es haber recuperado compositores nuestros que estaban en el umbral del olvido. Teresita no sólo los ha revivido, sino que también los ha reinventado, porque ha puesto en la interpretación de sus obras un sello de delicadeza y dulzura, que sólo pueden dar sus manos “embrujadas”, como las de Paganini para el violín.

Con sobrada razón escribió Juan Mosquera Restrepo: “La obra más importante de Teresita Gómez es su vida misma”.