Somos elementales
Nuestro pensador de Otraparte, Fernando González, diserta en su libro “Los Negroides” sobre uno de los temas pilares de su rumiar filosófico: la vanidad. Este fue el eje que me enganchó en los años setenta con sus escritos. Vanidad significa carencia de sustancia, apariencia vacía, simulación de vidas, modos y pasiones ajenos; está en razón inversa de la egoencia, de la personalidad. La elementalidad y la desnudez son la idea central del pensamiento del filósofo envigadeño.
Todos somos delgaditos y frágiles. Pero la gran mayoría desfilamos como pavos reales, que pasamos la vida exhibiendo nuestro falso plumaje. Nuestra historia es una carrera vertiginosa de ascenso hacia la vanidad. A ella la vigorizan formas muertas, como los títulos, las venias, los reconocimientos, las excesivas comodidades, las corbatas y los abolengos.
Infortunadamente, sólo en situaciones extremas, de crisis, lo entendemos. Morir, la más extrema. En ese momento vemos la vida del color que es, vemos las cosas, los sucesos, las escenas, a las otras personas y a la naturaleza misma del color que son. A esa última escena, a esa última foto que no podremos mirar -como canta Marilina Ross en su canción Fotos Mías-, llegamos agobiados por el estrés, y aplastados por el ruido exterior. Ese instante nos iguala con todo el género humano. En ese punto y hora la arrogancia, el poder de influenciar y la marrulla se derriten, y quedan reducidos a un puñado de cenizas.
En cada funeral, de un amigo, un familiar, un colega de trabajo, se asoma, aunque tímidamente, la sensación de lo que realmente somos, lo efímero de nuestro paso por esta historia. A veces, esa pequeña cuota va construyendo, no un preámbulo para la muerte, sino un nuevo proyecto de vida, un trayecto para volver riqueza lo que hacemos, la vida elemental que construimos con nuestras familias, con los amigos y la gente del común que encontramos en el cotidiano de la vida, trabajando, sobreviviendo, toreando la miseria.
Ungirse como ser elemental es algo excepcional. Algunos, muy pocos, tienen la sabiduría y el privilegio de entenderlo desde temprano. Hacen de su existencia una historia de acierto, sencillez, lentitud, silencio, ocio creativo, generosidad y desapego. No es el tono común. La Madre Teresa de Calcuta, el Cura de Ars y Francisco de Asís fueron seres elementales. Sin ir tan lejos, Fernando González, Whitman y Neruda fueron hombres elementales. Doña Hita de Echavarría fue otra mujer que llegó a esa postura, a través del dolor y la generosidad. El Papa Francisco y José Mujica son seres elementales. Carlos Raúl Yepes renunció a grandes privilegios para encontrar, no el alma de Bancolombia, sino su propia alma.
Puede sonar mojigato, pero lo que realmente queda son las obras, lo que hemos hecho, la huella que dejamos en la formación de otros seres humanos, las puertas que abrimos para que otros llegaran a sus sueños. Esa es la verdadera riqueza. La otra, la que puede estar en los bancos, en los bienes raíces o debajo del colchón, son basura que se esfuma en el último momento.
Es desnudándose de tantas capas de apariencia vacua, que le imponen la historia y la sociedad, como el ser humano emprende su camino hacia la personalidad, hacia lo elemental, hacia la autenticidad, a su esencia. Y en esta pretensión, como enfatiza el Loco de Otraparte, tiene papel fundamental la pedagogía, que no es otra cosa que la práctica de los modos para ayudar a otros a encontrarse y abandonar lo simulado. Pedagogo no es el que enseña, es un partero que conduce a los otros por sus respectivos caminos hacia sus originales fuentes.