SOBRE EL PASO DEL CANGREJO Y LA GAMBERRADA
Estación Adelante-Atrás, con pisones incluidos y unos raros quita y pongo que no llevan a ninguna parte porque quizá no haya ninguna parte dónde ir y así, más que el ejercicio de no dejar que las cosas se den, se crea un espectáculo (un gignol) que todo lo confunde. Y en este adelante-atrás, habitado por gentes que se hacen señales de cachucha (hay que saber de béisbol), aparecen los que batean de lado y de golpecito, intentando llegar hasta la primera base pero sin empujar la carrera ni que el de segunda pase a tercera. Y en este juego, lo que implica que se pongan en movimiento el short-stop, el center field, el catcher, el pitcher y el que batea, quien es ponchado pone en movimiento el avispero. Pero en esa ponchada se pide time y entonces el partido se alarga en una discusión sin sentido, en la que se alega que la bola estaba envenenada o no era la reglamentaria o estaba descosida y así no se vale. Entonces el estadio ruje, los que venden crispetas no dan abasto y el marcador va cero-cero.
Una de las jugadas más certeras en béisbol es la del paso del cangrejo, que desvía la atención tratando de robar base (pisa y suelta-suelta y pisa) y basta un hit corto, por primera o tercera, para que se anote una carrera. Claro que un buen tiro a home, saca al que está entrando y bueno, vuelve el mira y lanza, batea y juega. Y todos los espectadores esperan un jonrón o una atrapada en la valla, comiéndose las uñas. Y se cumple la frase de Babe Ruth, gran bateador: no puedes vencer al que nunca se rinde. O la de Sandy Coufax, lanzador de curvas: hay que lanzar mirando como una mosca, en un ángulo de más de 180. Y si bien el béisbol es un juego planeado para nueve episodios, a veces se alarga y muchos se duermen, los que están en las tribunas y los que no paran de mascar chicle acurrucados en la banca, esperando.
Todo este juego, que podría volverse interminable, me hace acordar de un libro del médico Emilio Alberto Restrepo, titulado “Gamberros S.A.”, una serie de historias sobre irredentos que van de la astucia a la picardía, que producen risa y sustos a medida que se mueven por los escenarios más diversos, unos rondando con el cómic y otros con la desmesura, algunos a punto de rezar y otros cargados con tantos rezos que ya ni se sabe en qué creen ni con que medalla o estampita van a salir mañana. Y en esos escenarios locos (es el mundo de la picaresca), que son los más comunes en este país, las cosas pasan y no pasan, hay emociones desmesuradas y desinfles, bateos de hit por entre segunda y tercera con atrapada y caída del short stop, lo que ya permite alegar si la bola quedó en la manilla o tocó la grama. Y bueno.
Acotación: estas tierras, tan futbolísticas, están untadas de béisbol. Todos salen a batear, todos lanzan, todos corren, todos se ponchan, las bolas suben y bajan, algunas entran de strike, otras salen del estadio, sin que falte el mánager gritando y el chef ampáyer untado por debajo. Y así nos vemos, de bate al hombro, esperando darle a la bola que venga.