Columnistas

Se diluyen los partidos

06 de octubre de 2017

Días atrás, en una discusión emitida por una reconocida emisora del país, escuché la queja generalizada de importantes líderes políticos -los mismos-, sobre cómo se vienen desvaneciendo los partidos tradicionales, que antes agrupaban a los supuestos “ciudadanos”. Todos abogaban por que esas colectividades volverían a robustecerse. No obstante las evidentes desbandadas de las toldas políticas, que ellos mismos lamentaban, insistían con rotundos argumentos sobre la imposibilidad de la disolución de los partidos. En clara contradicción con la tesis que en coro pregonaban, a renglón seguido pronosticaban que era el momento de las coaliciones.

A ninguno de ellos, ni siquiera a los oyentes que intervinieron luego en la polémica generada, se les ocurrió enunciar lo que considero el motivo de fondo de esas desbandadas: Lo que se viene diluyendo es la sensación de rebaño, de manada -ellos lo llaman, elegantemente, “colectividad”-, porque ya son muchos los que no obedecen ciegamente, porque no hay fidelidad a círculos cerrados, porque crecen el criterio y la conciencia ciudadanas. Eso es lo que los invitados a esa discusión omitían, desconocían o preferían callar, una realidad que va creciendo y se muestra ya como una premonición de la muerte de las viejas prácticas, y el surgimiento de pensamientos más autónomos, independientes, democráticos. Crece el sentido de opinión en la sociedad colombiana. En definitiva, se desvanecen los partidos, porque hay más opinión que carnet y camiseta.

Hoy crecen como espuma, y de forma escandalosa, los motivos para esa estampida generalizada. Los titulares de medios dan cuenta de eso. Pero no es un fenómeno reciente. Viene madurando desde varias décadas atrás. Asaltaron, por ejemplo, la ingenuidad de los colombianos cuando se creó el Frente Nacional en el año 1956 -Pacto de Benidorm-, que legitimó la distribución equitativa de los ministerios, la repartición burocrática de los cargos en las tres ramas del poder público y la distribución igualitaria de las curules parlamentarias. Fue un evidente pacto para garantizar, de forma expedita y fluida, la entrega de la antorcha del poder a los de siempre, a las cuatro familias de estrato doce del país, que siempre han creído merecer la perpetuidad de sus privilegios. Pero también fue el primer mojón para formar el descontento que hoy llega a sus límites. Tampoco es una realidad que se circunscriba al ámbito nacional. Es un fenómeno global. El ejemplo de Francia, con la elección de Macron, es contundente.

En lo personal, desde mis tiempos de universidad, no voto por un candidato de partido. Nunca me importó el color político, aunque, por herencia de casa, debería ondear la bandera azul. No me ha importado la filiación de los aspirantes. Más que los colores, me seducen las ideas. Por eso, he depositado mi sufragio por candidatos liberales, conservadores, verdes y del Polo.

La inminente contienda electoral, para la que de forma inédita se están presentando más de cuarenta aspirantes a la presidencia, puede ser el momento en el que nos enteremos con contundencia de cómo ha crecido este fenómeno de opinión responsable. Los hechos registrados en la cotidianidad de la nación son aplastantes, son argumentos fuertes para empujar esa posibilidad. Pero toma fuerza el proyecto de pequeños grupos independientes, que vienen haciendo un trabajo limpio, responsable, diáfano, y muestran alternativas de lo que puede ser la nueva política. Las duras lecciones que venimos recibiendo en las últimas semanas, desde las altas cortes, no pueden pasar en vano, tienen que marcar el nacimiento de nuevos políticos, nuevos ciudadanos, nuevas conciencias, de nuevos modos de entender el destino del país “y, por supuesto, de nuevos líderes”.