Tal como lo dijimos meses atrás, y de acuerdo con los expertos australianos, norteamericanos y europeos, poco a poco se viene acercando la posibilidad de una larga temporada de menos lluvias que pueda madurar en un fenómeno “El Niño”. El calor que sentimos por esta temporada no es gratis y la reducción de los niveles de los ríos ya se empieza a notar. Si no nos preparamos, el país pagará otra vez esa gran factura que ya conocemos.
Actualmente, de acuerdo con la información entregada por el Instituto IRI de la Universidad de Columbia, que actúa como operador del servicio norteamericano de los océanos y la atmósfera -NOAA-, el calor del océano pacífico se sigue acumulando, en forma de ondas Kelvin, como consecuencia de la pérdida de fuerza de los vientos alisios que soplan del oriente al occidente a lo largo del ecuador y que se propagan hacia nuestras costas sudamericanas.
Estas ondas están vinculadas directamente con el comportamiento de la atmósfera, pues marcan la variabilidad de la temperatura del aire, de la humedad y de las temporadas de lluvias o de menos lluvias en nuestro país. En el océano también su importancia radica en el monitoreo de las ondas frías, que vienen adelante o detrás de las cálidas, pues es allí donde viajan los alimentos, los peces y la fauna marina, prediciendo una escasez o exceso de estos recursos.
Normalmente esta variabilidad es de corta duración, lo complicado es cuando esas ondas permanecen por un largo periodo de aproximadamente 5 meses, propiciando así el posible inicio de “El Niño”, y esto es lo que actualmente están diciendo los modelos: los pronósticos muestran el desarrollo de “El Niño” cercano al 65 % de probabilidad para finales de este año y comienzos del 2019.
Para esto el monitoreo sistémico, planificado y articulado por parte de las autoridades, es la principal estrategia, y la acción temprana para cada sector vulnerable es el mecanismo.
El país ya debe tener diseñado un plan de prevención ante los posibles efectos sobre las comunidades, los sectores económicos más vulnerables como el energético, alimentos y acueductos, así como, las afectaciones sobre los ecosistemas más estratégicos por la multiplicación de los incendios forestales, entre otros. No podemos permitir que nuevamente la inflación se nos disparé al 8 %.
Las lecciones que nos dejó el último fenómeno de variabilidad climática para el crecimiento del país fueron catastróficas. Una nación sin investigación está destinada a la parálisis de su economía. Como nos sucedió, entre otros, con el desabastecimiento hídrico del sector energético, agropecuario y de servicios públicos por la falta de agua potable para casi 400 municipios del país, y por el incremento de enfermedades transmitidas por vectores, por las pésimas condiciones de saneamiento básico en las comunidades más vulnerables.
A pesar de la incertidumbre que siempre acompaña a los pronósticos de la ciencia, se espera, que toda la comunidad, alcaldes, gobernadores, y los sectores económicos ya estén informados, formados y preparados.
A la escala del barrio o vereda se invita a que los padres y abuelos participen en la construcción de ese plan de acción, pues poseen la información del presente construido con la información de los riesgos y lecciones del pasado. Los jóvenes y niños tienen la gran misión de construir el futuro de su entorno, pasando de una actitud pasiva asistencialista a ser líderes protagonistas de su resiliencia, basada en la información y la prevención asertiva.
Los ríos de la región andina y algunos de la región caribe como en la Guajira ya empezaron a secarse, pero recordemos que a mediados de septiembre, octubre y noviembre de este año se espera que vuelven las últimas lluvias del año. Aunque en cantidad, estas lluvias pudieran estar por debajo del promedio, cada gota que caiga en la vereda, en el acueducto, o en el embalse, en este momento, cuenta.
En resumen, necesitamos comenzar a ser protagonistas, no por las acostumbradas contingencias, sino por una actitud preventiva que consolida una resiliencia estratégica y sostenible.