Columnistas

Populismo y paternalismo

01 de diciembre de 2017

Esas parece que fueran las medicinas que recibiremos los colombianos en este tramo de tiempo, previo a las elecciones presidenciales. Nos llegarán por oídos, ojos, boca y nariz. Muchos de ese medio centenar de candidatos se nos presentan ya como mesías salvadores, quienes tienen la fórmula precisa para dirigir los destinos de nuestra nación. Pero sabemos que este país no se endereza con fórmulas mesiánicas, sino con un acuerdo de muchas fuerzas, de muchos sectores, de muchas posiciones políticas. No hay salvador único. Lo que necesitamos, entonces, es un líder.

No se precisa que se las sepa todas, porque ese no existe, ni tenga talentos excepcionales, pero sí que sepa conjugar todas las capacidades y esfuerzos que hay en el país. Porque son muchos, pero están dispersos. Su rol, más que saber, es tener capacidad para cohesionar y generar producción en el colectivo. Su verdadera virtud será la destreza para articular inteligencias, ser puente de distintas tensiones políticas y conocer a su grupo de asesores profundamente, a fin de poder potenciar sus capacidades particulares. Que tenga el privilegio de escuchar y discernir desde distintas orillas. El auténtico liderazgo le dará autoridad y reconocimiento.

Ahora que pasamos el umbral de una etapa decisiva para la historia del país, la escena de la paz, es el momento para que muestre su capacidad con un pensamiento plural, incluyente, panorámico, con capacidad para asimilar y transformar distintos puntos de vista. Es la oportunidad de mostrar que sabemos potenciar lo bueno de todos los lados, unir perspectivas exitosas y desechar corrientes brumosas que confunden y anclan muros de distanciamiento. Es un grave error pensar que la solución sea un mesías.

Y no puede ser tampoco alguien que nos ofrezca el oro y el moro y nos ponga todo en la mano. Nos haría más daño que beneficio, porque lo que necesitamos es llegar a ser autónomos y emprendedores, y tener oportunidades reales de empleo, educación, salud y recreación. Con el recurrido dicho popular, lo que nos conviene no es que nos den el pescado, sino que nos enseñen a pescar.

Los modos asistencialistas son muy atractivos para los políticos, porque garantizan una vinculación directa con los electores, generan la garantía de los votos. A la larga, son dañinos para el curso de la nación, pues, además de fomentar una cultura de dependencia con el Estado, que vulnera la dignidad individual, reduce y reparte en minucias el presupuesto nacional -no es otra cosa la que se logra con los proyectos regionales de los congresistas-. El asistencialismo perpetúa la dependencia y la pobreza.

En mi gestión como directivo en el sector educativo no fui muy amigo de que, por ejemplo, el costo de las matrículas llegara a cero. Por el contrario, tenía la sensación de que un pequeño esfuerzo de las familias (en la medida de sus capacidades) generaba más compromiso, más sentido de pertenencia, no solo entre los estudiantes, sino también entre los padres de familia. De pronto, con la política de cero costo se cumpla aquello de que “lo que nada nos cuesta, volvámoslo fiesta”. Más o menos, es lo que vimos en la escuela.

Valdría la pena mirar con lupa proyectos como Familias en Acción, el Sistema Nacional de Becas o el programa de viviendas gratis para entender qué tanto de estas políticas asistencialistas o mesiánicas, que buscan votos, confunden pobreza con desigualdad. Para el Estado populista sería pavoroso que se acabara la pobreza. ¿De qué viviría? La desigualdad, la dependencia y la miseria son su sustento.

Ni un mesías, ni un padre cargado de dádivas, un líder.