Columnistas

Poesía, cariño verdadero

09 de septiembre de 2015

“Para mutuamente anularse se persiguen versos y olvido”: este reproche formulado por Luis Aguilera se ajusta a la suerte que corre la poesía en estos tiempos de muerte de la poesía. Claro, no es que haya desaparecido la poesía sino que nadie se arriesga a publicarla, pues es artículo que ni se compra ni se vende.

De ahí que la aparición de una colección de cuadernos de poesía, de mano de una editorial independiente, es explosión de supernova. Se forma un astro, pocos lo advierten, pero cambia el universo. Queda amenazada la equivalencia de versos y olvido.

La IX Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín es testigo de esta aventura cumplida por la editora antioqueña Luz Eugenia Sierra y su sello Letra a Letra. Se presentan aquí los cuatro primeros volúmenes negros, correspondientes a 2015, cada uno con obra selecta de un poeta reciente. Tres son de Antioquia.

Es indudable que cada antologista es dios. Escoge a los elegidos para conformar su cielo. ¿Cuáles son los criterios de Sierra con su canon? Ella los hace explícitos: “obras de los poetas más destacados de las últimas generaciones, premiadas en distintos concursos nacionales e internacionales, incluidas en antologías colombianas e hispanoamericanas, traducidas a distintos idiomas y distinguidas ya por los lectores de dentro y fuera del país”.

El mencionado y casi desconocido Luis Aguilera ocupa el primer tomo. En los últimos treinta años ha vivido en España y Argentina, de ahí que sea “un poeta en la penumbra de nuestra historia”, según el prologuista Juan Manuel Roca. Para ratificar, el bardo escribe: “pertenezco a lo jamás escrito o publicado”. Y se disculpa: “perdonen mi tristeza de calcetín impar”.

Gustavo Adolfo Garcés descoloca la lógica, “en el árbol el viento se inclina”; corporiza el sentimiento, “el deseo tiene más dedos que el verso”; subvierte la epistemología, “las formas que no llevan a la verdad son la verdad”.

Piedad Bonnett cuenta su método, “y si callamos podemos oír las pequeñas catástrofes del alma”; pincha el amor, “es un naufragio un día sin no verte”; atisba el final con ironía, “mi muerte sin yo misma ¡Qué tristeza!”.

Lucía Estrada, joven en su noche, recobra lo perdido, “la fruta devorada es otra vez el paraíso”; delinea la pasión, “pero delante de ti, nada perderá su claridad”; realza la palabra, “que todo nos viene de nombrarlo”.