OCCIDENTE, POSTRADO ANTE EL TERROR
Los atentados terroristas de los últimos años en Europa, han causado un efecto ensordecedor y paralizante en las sociedades que lo han padecido. El ataque en la ciudad británica de Manchester, durante el concierto de la cantante estadounidense Ariana Grande, debe valorarse más allá del impacto en víctimas mortales y heridos, y hay que trascender hacia las consecuencias en el largo plazo, las reacciones de los gobiernos europeos y, específicamente, el de Theresa May, como también de los líderes de la Unión Europea.
Por ejemplo, el miedo que se ha difundido por todo el continente y por Occidente en general, es un logro mucho mayor para los terroristas, bien sean integrantes del Estado Islámico, Al Qaeda o Hizbollah, pues los pone más cerca de sus objetivos políticos y los convierte en protagonistas, en una amenaza mucho más grande de lo que sería en la realidad.
La violencia o la amenaza de su uso, es el componente táctico más importante para los terroristas, pero la estrategia del islamismo, que pasa por la transformación cultural, política y social de la civilización occidental para la construcción de lo que se conoce como el califato global, a través de la implantación de la sharia (ley islámica) en todo el mundo, es lo más preocupante. Y lo es, precisamente porque en Europa, Estados Unidos y Canadá, parece haber una desconexión entre los hechos y la comprensión de los mismos por parte de los gobiernos, de la mayoría de partidos políticos, de la intelectualidad, de los organismos de inteligencia y las fuerzas de seguridad y, en definitiva, de la sociedad.
Quienes se horrorizan por la matanza del Bataclan, en París, por los ataques del 11 de marzo de 2004, en Madrid, y por los casi treinta muertos esta semana en Manchester, son los mismos que claman por la tolerancia excesiva y hasta por el silencio cómplice frente al discurso incendiario y los llamados a la violencia contra los infieles, desde las mezquitas en Londres, Berlín o Estocolmo, y ante el incremento de los homicidios y los delitos sexuales en las principales ciudades europeas, con la casualidad de que en la mayoría de ellos hay musulmanes involucrados (pertenecientes o no a alguna organización o movimiento de corte islamista). Pero al mismo tiempo, censuran a individuos y a líderes políticos que promueven el debate abierto sobre la cuestión, y que manifiestan su temor por el riesgo que corren las libertades políticas y civiles en Occidente, como sucede a diario en universidades, medios de comunicación o parlamentos.
Así, el mayor peligro ya no sería el islamismo, sino la falta de respuesta de la élite política europea a lo que este constituye, tal vez por desconocimiento, por negligencia o, incluso, por una intención clara de permitirle tomar cada vez más espacios en la vida pública, en perjuicio de los valores democráticos, de la identidad cultural, y se podría afirmar que del propio futuro de Europa. Mientras tanto, seguirán ocurriendo nuevos ataques y Occidente continuará postrado ante el terror.