Los problemas estructurales
En tiempos de crisis, como la que estamos viviendo, los problemas estructurales salen a la superficie. En Colombia, se pueden destacar tres de estos últimos: la precariedad del mercado laboral, la reducida cantidad de adultos mayores que reciben una pensión y las características de la educación.
Uno de los problemas estructurales más complicados en Colombia es que son los trabajadores más jóvenes los que están a merced de las crisis y los más afectados por la evolución del mundo del trabajo. Si bien los mayores de sesenta son, según las estadísticas oficiales, los más golpeados en su salud por el Covid-19, son los jóvenes, quienes tienen empleos precarios si ya están en el mercado laboral, los más afectados financieramente.
Así, con la pandemia los jóvenes vieron aumentar su pobreza, perdieron su empleo y, en ocasiones, la posibilidad de labrarse un futuro. Muchos de ellos son ayudados por sus padres o, incluso por los abuelos, para pasar la tormenta. Otros, sin más alternativa, vuelven a la casa de los padres (o de los abuelos) frustrados y llenos de rabia.
Habría que agregar que la posibilidad de esa solidaridad intergeneracional en Colombia es limitada. Los adultos mayores no la tienen fácil para ayudar. El Gobierno tiene que disponer una gran cantidad de recursos para pagar las pensiones, que además benefician a muy pocos adultos mayores de la clase baja. Según Eduardo Lora (Economía Esencial de Colombia), “actualmente solo recibe pensión una de cada cuatro personas en edad de pensionarse y mientras que uno de cada dos adultos mayores de las clases altas está pensionado, en la mitad más pobre de la población solo recibe pensión uno de cada ocho adultos mayores”.
Otro problema estructural es la segregación educativa. El sistema educativo colombiano está segregado en clases sociales, especialmente en los niveles de educación básica. Según las cifras de Lora, mientras que la inmensa mayoría de las familias que pertenecen al 1 % de la población matriculan a sus hijos en colegios privados, en el 50 % más pobre, solo uno de cada diez niños asiste a colegios privados de primaria o secundaria básica. El hecho, es que las diferencias de aprendizaje entre privados y públicos equivalen a un año de estudios.
La pandemia también profundizó dicha segregación. Los estudiantes más pobres sufrieron el flagelo de no poder educarse con escuelas y colegios públicos cerrados. En el peor de los casos, muchos debieron abandonar sus estudios ante las afugias familiares y enfrentarse a tratar de pellizcar algunos ingresos para poder sobrevivir ellos y ayudar a sus familias aún más empobrecidas.
La crisis provocada por la pandemia enseña que más vale no ser joven, pobre, poco instruido y mujer. Esas condiciones son las que tienen los grupos sociales más golpeados por la recesión provocada por las medidas de aislamiento para contener la propagación del virus. Es una situación generalizada, pero en cada país tiene sus particularidades.
Según las cifras de la organización mundial del trabajo (OIT), la profundización de la desigualdad por la crisis sanitaria y la agravación de la pobreza propician la inestabilidad social y política, como ya se está viendo en nuestro país que se ha adelantado a una situación que se va a generalizar y donde la incapacidad para resolver los problemas estructurales está cobrando