Los maestros pasaron al tablero
Habría que remontarse al año 1971 para registrar semejante participación de los maestros en sus luchas sindicales. En aquel momento el motivo central de la protesta fue la construcción del Decreto 2277, el Estatuto Docente. Era ministro de Educación el joven Luis Carlos Galán. La de ahora fue una lección de persistencia, orden y pulcritud social con la que se hicieron sentir ante el Gobierno y la opinión pública. Como nunca antes, a ellos se sumaron otros sectores de la sociedad, que defendían la educación de calidad. Igual que en jornadas anteriores, para evitar el perjuicio formativo de los estudiantes, Fecode se comprometió con la recuperación de las clases no impartidas. Aunque generaron grandes traumatismos en las carreteras y las ciudades, su comportamiento fue un ejemplo para las protestas sociales del país.
Del pliego de peticiones, radicado el pasado 28 de febrero, quedaron aspiraciones en el tintero, pero se lograron compromisos en temas importantes, como la reforma del Sistema General de Participaciones para garantizar el acceso universal al sistema educativo, la canasta educativa para los estudiantes, la implementación de la jornada única, la ampliación y renovación de la infraestructura educativa, la nivelación salarial, una bonificación pedagógica, que se empezaría a pagar anualmente a partir de 2018, la recuperación de las primas extralegales, la ampliación de la cobertura de preescolar con los grados de transición y jardín, el compromiso para agilizar el proceso de contratación de salud para el magisterio y sus familias, el fortalecimiento del Fondo Nacional de Prestaciones del Magisterio, a fin de subsanar el pasivo prestacional, apoyo a la financiación de planes de vivienda de los docentes, mayores posibilidades de formación docente, derogar el decreto que ordena el mínimo de 30 estudiantes por aula, garantías sindicales y, tal vez lo más espinoso y volátil, reactivar la comisión tripartita, Congreso, Ministerio de Educación y Fecode, para consensuar un proyecto de ley sobre el estatuto de la profesión docente, que derogue el 1278 y recoja lo esencial del 2277. No fue sólo sueldos el motivo de la lucha del magisterio; salieron a las calles por mayores garantías y oportunidades para la educación colombiana. Lo más importante en sus reivindicaciones fue su dignidad, el reconocimiento social de su rol, liderazgo y protagonismo como eje del proceso formativo.
Es fácil descalificar esa protesta cuando se argumenta el perjuicio que surge de la desescolarización. Más acertado sería preguntarse hasta cuándo este será el recurso final al que acudan los maestros. Así el Gobierno esgrima cifras que pretendan descalificar sus solicitudes, todavía la educación sigue siendo un renglón de menor prioridad en el país. Más que los rubros destinados, hay que considerar el número de niños, jóvenes y adultos que terminan siendo beneficiados o frenados en su formación.
Leyendo el texto acordado, es fácil observar que, igual que la de otros sectores de la sociedad, esta protesta fue, en gran parte, por el reconocimiento de acuerdos anteriormente pactados. La mayoría de ellos quedan para ser negociados y redactados por mesas de concertación definidas para días y meses, después de la firma del documento final. El deseo es que algún día, ojalá en esta coyuntura, la educación deje de ser muletilla de campañas políticas, se convierta, como en otros países, en prioridad social, se acabe el círculo vicioso de las promesas no cumplidas, y haya una reconsideración de lo que significan las condiciones de dignidad para la educación y el magisterio colombiano.
Los maestros pasaron al tablero y dieron la mejor lección de resistencia, disciplina, desobediencia ética y dignidad, la mejor manera de exigir lo justo en las reivindicaciones sociales.