Columnistas

Las ruinas

20 de febrero de 2016

El calor parece haber desatado la rabia de muchos, unas furias innombrables, el sol se transforma en calentura, este Niño es un fenómeno, está furioso y los imberbes que nos gobiernan o los que creen hacerlo parecen estarlo aún más, cada acto, respuesta o actitud nos demuestra su inmadurez; la rabia, que enceguece y obnubila, hace que se publiquen y digan cosas que por inapropiadas e irreflexivas se devuelven contra uno mismo, dice el refranero popular que quien escupe hacia arriba le cae en la cara.

Frente a tanto frenesí, me pregunto qué sucedería si institucionalizamos un día del silencio y acallamos toda esta algarabía, a todos estos parlanchines, a tanto dueño de verdades absolutas. Qué sucedería si desinstitucionalizamos la soberbia, la desfachatez, esta maldita capacidad de asolar el territorio del otro y de ignorar sus diferencias, qué pasaría y cuán bello sería si institucionalizásemos el día del perdón o el día de las lágrimas, que tanto lavan y que tanto arrastran por fuera de mi.

Sin embargo, tanto esfuerzo por seguir adelante parece inútil, como en el mito griego de Sísifo estamos condenados a arrastrar eternamente nuestra pena cuesta arriba, una vez creemos conquistar la cima, aparece de nuevo otra vergüenza que nos empuja a subir por siempre la ladera, este sol enciende nuestro carácter pendenciero, esta maldita actitud que transforma en infernal el ánimo de todos, se gritan y descalifican el nieto y el abuelo en la radio y atrás las mujeres atizan la algarabía, se esconden los responsables de la debacle, buscamos chuzar, acosar, culpar, juzgar o descalificar al otro, criticamos las culturas que lapidan y nos despertamos a hacerlo con el lenguaje y las actitudes a diario, los que han pasado de puesto en puesto y de silla en silla durante tantos años y que han ganado premios y distinciones, eluden responsabilidades y respuestas, nadie ha visto nada, nadie asume nada, el agache es el deporte nacional.

Silencio, cordura, mesura, dignidad, honestidad, prudencia, respeto, amor, comprensión, dignidad o sentido común, son palabras desaparecidas del lenguaje cotidiano del país, son vocablos en vías de extinción, estamos más ocupados en discutir la valorización del parque automotor, que en debatir acerca de la formación en valores o la importancia de la educación sexual, la cultura ciudadana o la trascendencia de la ética, esas son algunas de las tantas tareas pendientes, hace rato dejamos de preocuparnos por lo fundamental por embarcarnos en la rabieta del día, cada mañana la emoción se apodera del país, mientras que a la razón la escondemos por ahí, cada noche arrumamos y tratamos de reconstruir lo que hemos convertido en ruinas, mientras los buitres observan atentos como nos disputamos la carroña. Al final, serán ellos, como siempre, los que se repartan el banquete para que todo siga igual.