Columnistas

La santidad

30 de octubre de 2015

Azorín es un orfebre del lenguaje, por lo cual me encanta recordarlo, como cuando le escribe a una amiga: “Pepita, la elegancia es la sencillez. A los escritores nos pasa como a las mujeres, que muy pocos somos elegantes porque muy pocos nos resignamos a ser sencillos”.

La elegancia y la sencillez van de la mano. Elegancia viene de elegir, que es tomar uno dejando muchos. Para Ortega y Gasset existe el divino arte de elegir. Admiraba a las mujeres elegantes, a quienes por saber elegir, todas las modas les colaboran rebajadas en un punto.

Mujeres que “revelan en todo su ser un tesoro compuesto de horas de soledad”. Mujeres que permanecen ausentes “porque lo mejor de sí mismas queda allá lejos, adscrito a su soledad”, donde se esmeran en cultivarse creando armonía constante entre interioridad y exterioridad.

La santidad es la sencillez. Mi santidad está en mi sencillez, mi sencillez es mi santidad. Según S. Juan de la Cruz, Dios es uno en su único y simple ser, con infinitos atributos, modos diferentes de su infinita sencillez divina, su santidad.

La realidad es como la veo. Mis sentimientos determinan mi modo de ver. Mi confianza es la luz con que veo mi medio ambiente. Por lo cual me esmero en que mis sentimientos sean de confianza, la dignidad y grandeza de mi ser.

Si creo que soy santo, actúo como santo. La santidad propiamente no es una cosa que tengo o puedo tener. Además, mis buenas obras no me hacen santo. Ellas manifiestan mi santidad.

Mi santidad soy yo mismo en cuanto mi Creador vive en mí, y yo vivo en Él. Su presencia en mí es mi santidad. Cuanto más cultivo mi relación de amor con Él, más santo soy.

Dios es amor y por ser amor sale de sí mismo a crear criaturas de amor. Amor es unidad de dos, de Dios y del hombre. En esta unidad consiste la santidad.

Jesús es el santo por excelencia, con este lema que determina su vida: “Yo y el Padre somos uno”. En esta unidad consiste la santidad. “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn 17,21).

Sencillez, elegancia, unidad y santidad van de la mano.

Ser santo es lo más difícil y lo más fácil. Hago fácil mi santidad dejándome amar y amando a mi Creador. Mis buenas obras expresan el amor que nos tenemos, lo amigos que somos.