La promesa
Presidente Juan Manuel Santos,
Esto de los diálogos de paz nos sometió a muchos a una situación incómoda: teníamos incontables razones para no apoyarlo a usted en la segunda vuelta, aunque había una muy poderosa para hacerlo. Su proyecto de país no se aleja mucho de la derecha tradicional colombiana, pero la posibilidad de la reconciliación merecía enfrentar el riesgo. Es un fin superior.
7’816.986 personas votaron por usted, muchas de ellas movidas por el compromiso de sentarse a dialogar. No es cuestión de ingenuidad; la democracia se fundamenta en la confianza... o en el reclamo, si es necesario. Nadie tiene tanta autoridad moral para exigirle el cumplimiento de sus promesas como aquellas personas que apoyaron en las urnas los diálogos de La Habana.
Usted bien lo dijo en su alocución: “Esto no va a ser fácil”. Entonces, ¿por qué ‘picó’ cuando le tiraron el anzuelo?
Por un lado, cobra sentido la duda del centro de estudios Insight Crime: “La pregunta es si el Frente 34 actuó sin el consentimiento del cuerpo de comandantes de las Farc, el Secretariado, o si este secuestro fue parte de una política aprobada”. Por otro, son insólitos (por no decir sospechosos) los relatos de las circunstancias en que el general Rubén Darío Alzate y sus acompañantes fueron privados de la libertad en Las Mercedes.
Al margen de las diversas hipótesis expuestas, y que se seguirán multiplicando, la decisión de suspender los diálogos fue apresurada. ¿Quién le está hablando al oído, Presidente?
Las reglas pautadas por el Gobierno y las Farc para enmarcar las negociaciones establecen claramente que: “La mesa (de negociación) es autónoma; nada de lo que ocurra en el exterior, incluidos los eventos de la guerra, afecta a las discusiones”. Razón tiene el analista Héctor Riveros, director del Instituto de pensamiento liberal, cuando dice que las acciones militares se responden con acciones militares.
La negociación implica apretar a la contraparte, pero siempre sentado en la mesa de La Habana: con esa silla no se juega. Basta mirar nuestra historia reciente para ratificarlo.
Más que un “impasse”, como mencionaron The New York Times y Pastor Alape, este es un error garrafal que evidencia el poder de la opinión pública (esa que atiza la guerra desde las ciudades, en redes sociales, con la comodidad de un celular), pero sobre todo de los militares.
Lo que está sucediendo es la consecuencia lógica de negociar con una contraparte fuerte, que no ha sido derrotada. Es la primera vez que privan de la libertad a un general del Ejército... y es la primera vez también que las conversaciones han avanzado tanto.
No es digno vivir en una guerra sin fin. Usted tiene la obligación de honrar lo prometido, de ser fuerte en la palabra y sobreponerse a las presiones que, dada la polarización, continuarán in crescendo.
Además de suspender los diálogos, usted está incumpliendo su principal promesa electoral. Y sin ella, créame señor, es muy probable que usted no hubiera sido el actual anfitrión de la Casa de Nariño.