Juguetes de infancia
No olvido el primer juguete que recibí el día de mi primera comunión. Le hice dañar una página del libro de contabilidad a mi padre, cuando entré a su oficina, vestido con hábito de franciscano, disparando fulminantes como un jinete del oeste. Esa fue una excentricidad que alguien me regaló. Pero no eran esos mis juguetes preferidos. Disfrutaba enormemente con los que hacía con mis propias manos. En eso, mi amigo de infancia, Gerardo Baena, era un formidable maestro. A su lado aprendí muchos pequeños trucos que me ayudaban a sacarle buen partido a las ideas que me surgían con los objetos multiformes, aquellos que, sobre todo, fortalecieron mi sentido común y el espíritu de emprendimiento que inevitablemente ya se formaban. La verdad, éramos muy creativos, clientes habituales de las carpinterías y las cerrajerías. Allí íbamos a recoger los desperdicios que se botaban. Nos bastaba mirarlos desde todos los ángulos para entender la sugerencia que nos hacía cada pieza para recrear algo que pudiéramos exhibir o arrastrar.
Recuerdo con profundo agradecimiento y cariño a don Gilberto Echeverri, a don Alfonso Villada y a don Antonio Agudelo que no ocultaban su complacencia cuando llegaban esos dos niños de tirantas y pantalón corto a recoger sus tesoros. En nuestras casas había también entera complicidad con nuestra pasión por esas cosas triviales. Cuando apenas tenía siete años, el pequeño banco de madera en el que me sentaba en la enorme cocina de mi casa había sido hecho con mis propias manos.
La falta de dinero no era impedimento para avivar la creación. Por el contrario, era el factor principal que lo disparaba. Transformábamos la escasez en tesoros que guardábamos en cajitas de pequeñas cosas. La mía era una preciosa cajita de madera, de esas en las que transportaban en Medellín los rollos de las películas de un teatro al otro. El fajo de billetes (los empaques de cigarrillos que guardábamos en billeteras improvisadas) lo ganábamos o perdíamos jugando a las canicas, al trompo, a la carrera en zancos, la competencia de yoyos, las ruedas que arrastrábamos por las calles empedradas o a la pelota envenenada.
A propósito de esos recuerdos de inevitable nostalgia, recientemente escuchaba apartes del tema del día propuesto en una emisora nacional. Se referían al teléfono móvil. Los análisis de los invitados y los oyentes, con toda razón, eran desalentadores. Los celulares acabaron con los núcleos familiares. Todos en casa terminaron siendo ajenos. Las comunicaciones, algunas veces de frente, se hacen a través de los wthatsapp, los twitter o los messenger. Se acabó el cara a cara y las manos que aprietan. Se volvió escaso el abrazo. Los niños y niñas ya no piden juguetes, y menos los tradicionales, piden el móvil, y con todos los fierros. Su juguete y también su amigo inseparable es el móvil. Y los adultos, ajenos a las transformaciones sociales que estos hábitos están creando, nos vanagloriamos que desde muy pequeños tengan precoces destrezas con la tecnología, y nos aventajen, en algunos casos, en su conocimiento.
Se nos ha desdibujado la importancia del juego creativo de los infantes, esos juegos que no podemos minimizar, porque es a través de ellos que adquieren los primeros entrenamientos para su vida de adultos. En ese mundo lúdico, ponen a prueba sus emociones y conocimientos, además de ensayar distintos roles, reforzar sus relaciones interpersonales, evolucionar y madurar en el aspecto intelectual y emocional. Nos equivocamos cuando los vinculamos temprano al mundo de los adultos, a las cosas “útiles” y “serias”. Lentamente le venimos diciendo adiós a la imaginación, a la creatividad y a la inocencia.