Heridas abiertas de un país
Por
Juana Vélez Gallo
Universidad Eafit
Mercadeo, cuarto semestre
juanavelezgallo@gmail.com
A mí me duele mi país. Me duele este pedazo de tierra que está metido entre montañas y rodeado por mares. Me duele que la gente decida hablarse con los puños, que la ley se distorsione cuando mágicamente sale una mano de un bolsillo.
A mí me duele que la sangre no fluya por amor sino por odio. Me duelen los malos tratos, la gente que está en cautiverio y los malos gobiernos. Me duele la incapacidad de convivir en paz, las miradas de rabia y rencor, que al pasar los años solo se vuelven más intensas y dolorosas.
Gran parte del dolor que experimenta el país se encuentra en el pasado, en los recuerdos: en esas primeras imágenes que se vienen a la cabeza, sombrías y poco claras, en las que se percibe a personas moverse, gritarse, pegarse. Ese dolor nos desgarra el alma, es como si el corazón pidiera a gritos que lo curaran.
Colombia es un país con heridas profundas, en el que contrario a como fluye la vida en general, el tiempo no ha podido curar. Llevamos esperando años a que las heridas de guerras pasadas sanen y aún en la actualidad se sigue hablando de ellas.
Mi generación no tiene conciencia de lo difícil que fue la década de los ochenta o de los noventa, pero tanto se habla y se repite acerca de ellas que vivimos con el fantasma de una historia que nos sigue, aun latente.
Yo creo en una Colombia distinta porque la conozco; conozco el sabor del Caribe, la paz de las personas en el Amazonas, la decisión de los que viven en los altiplanos, el empuje de los paisas.
Conozco al colombiano con ganas de vivir; al colombiano que se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar, el que quiere salir adelante, el que está enamorado de su cultivo de flores y de su mujer. Conozco al colombiano que ama su país a pesar de las heridas que este le ha dejado, ese colombiano que no se va de aquí porque sabe que hay más para hacer, ese colombiano que quiere ayudar.
Y solo por ese colombiano es que esta Colombia puede cambiar, empezando primero, claro, por dejar de mirar hacia atrás
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