Columnistas

Escuela y parafernalia

08 de septiembre de 2017

Cuando miramos, no solo los currículos, que son más preceptos que respuestas reales a las necesidades de cada entorno, sino, también, la arquitectura a la que se redujeron nuestras escuelas, deducimos que el concepto está equivocado y, por consiguiente, se reducen las posibilidades del aprendizaje. La escena genuina de formación es un campo abierto, con conexión directa con la naturaleza, con la posibilidad, incluso, de involucrarse en el disfrute y cuidado de la fauna y la flora. Repasando la arquitectura de muchas de nuestras escuelas, vemos que son conjuntos de cajones -como containers- con formato reiterado, que sólo sugieren encierro, silencio y disciplina. Los currículos se han vuelto libretos con muchos componentes de relleno, libretos que apuran el fracaso escolar y el malestar, que vuelven insípida y agobiadora la estadía en la escuela.

La historia de la pedagogía, en experiencias innovadoras, en su mayoría, de la primera mitad del siglo XX, construyó las bases fundamentales de la escolaridad. Cada propuesta, con distinto énfasis, presenta modos, escenarios, principios y currículos, para que la escuela consiga lo nuclear de su objeto, que es la formación del ser social, ese hombre o mujer, capaces de insertarse, alegres, fluidos y solidarios, en el engranaje del sistema humano. Lo nuevo, ahora, es hacer de la tecnología una aliada del aprendizaje, y no un factor de distracción y aislamiento.

María Montessori tradujo con acierto el ideario de la Escuela Nueva y Activa, cuyo énfasis es la formación autónoma y el aprendizaje con otros. El educador debe enseñar poco, observar mucho y orientar las actividades al crecimiento académico y psicológico en el ejercicio de la libertad. John Dewey concibe la escuela como espacio de producción y reflexión de experiencias relevantes de vida social, que permite el desarrollo de una ciudadanía plena. La educación es el laboratorio de comprobación de las hipótesis de vida que la filosofía va trazando. La propuesta de Célestin Freinet constituye un abanico de actividades que estimulan el “tanteo experimental”, la libre expresión, la cooperación y la investigación del entorno. Sus técnicas están al servicio de la capacidad de experimentación y de expresión de los estudiantes, para la solución de sus necesidades inmediatas. De ahí la importancia de la escritura personal, compartida a través de la imprenta. El ideario de la Escuela de Summerhill, de Alexander Neill, distante de exámenes absurdos, castigos físicos y miedo, promueve una educación para un mundo libre y feliz, sustentada en el antiautoritarismo y el autogobierno. Y, finalmente, quien decanta y profundiza gran parte de las aportaciones alternativas de la primera mitad del siglo XX, Paulo Freire. Su propuesta invita a transitar de la opresión a la esperanza, una apuesta sólida por la educación popular y liberadora. La lectura, la escritura y la comprensión crítica -transformadora- del entorno, constituyen la base para la construcción de un conocimiento libre y democrático.

El valor de estas pedagogías no reside en hacerlas modelos a imitar, aunque conserven plena validez, sino en convertirlas en estímulos para pensar las preguntas que debemos hacerle a nuestra realidad, y tomar conciencia del compromiso que debemos adquirir. Alienta enterarse que, lejos de “la letra con sangre entra”, muchas escuelas, aun en nuestro medio, han acogido ese legado.

Exagerado pensar que nada se puede hacer, por los costos que acarrea. Más costoso ha sido persistir en formas equívocas que han disipado el verdadero rol de la escuela, y frenan el adecuado desarrollo de la sociedad. Hay que cuestionar ese tipo de construcciones, que no invitan al aprendizaje, y pensar en proyectos educativos que desdibujen los modos errados que se han vuelto norma en la escolaridad.