Columnistas

Entre palos y piedras

05 de noviembre de 2015

El pasado 29 de octubre un grupo de personas linchó a un presunto fletero en una calle del barrio Antioquia en Medellín. A puños y patadas, según el reporte de la Policía, lo asesinaron. En 2015 hay al menos tres casos documentados de homicidios cometidos por supuestas víctimas o transeúntes en masa a sus presuntos victimarios. Docenas de casos más se presentan en los que grupos de personas agreden a presuntos delincuentes antes de la intervención de la policía.

La “justicia por mano propia” es un problema viejo en Colombia y de esos que se la pasan en la oscuridad de la agenda pública; lo suficientemente dramáticos para salir en las noticias, pero lo suficientemente esporádicos como para evitar la atención del Estado y la Sociedad. Ahora bien ¿podemos hacer algo para que sean menos frecuentes?

Lo primero es entender por qué pasan estas cosas, por qué un grupo de desprevenidos pueden convertirse en asesinos de forma casi espontánea. En la acción de atacar en grupo a un presunto delincuente se intuyen cuatro incentivos: la percepción de inseguridad, la desconfianza en la eficacia institucional, la disposición a resolver problemas de forma violenta y el comportamiento en masa.

La percepción de inseguridad es ante todo miedo, la idea comúnmente exagerada del peligro en el que una comunidad y un individuo se encuentran. El cálculo amplificado de la probabilidad de ser víctima de un delito. La desconfianza institucional es la expectativa de que las autoridades van a ser incapaces de hacer cumplir la ley; es decir, de capturar y condenar a los culpables. La sensación de frustración de esta idea puede llevar a que algunas personas consideren que “toca asumir la justicia por mano propia”.

Por otro lado, las personas involucradas en los linchamientos parecerían tener una disposición a recurrir a la violencia para resolver problemas sociales y puestos en la situación de la presión de la masa de actuar, pierden todavía más su autorregulación, respondiendo a emociones primarias como el miedo o la ira.

Y entonces, entre palos y piedras, un grupo de desprevenidos se convierte en uno de asesinos o agresores.

Repito ¿qué podemos hacer al respecto?

Empecemos con las autoridades. En efecto, necesitamos una provisión de justicia y de ejercicio de policía que conecte sus logros –y limitaciones- a los problemas diarios de los ciudadanos, que sea capaz de generar confianza y adscripción a las normas. Esto supone mejorar la efectividad de su labor, pero también la manera como se comunican acciones y políticas.

Pero lo más importante es abordar este problema desde la cultura ciudadana, porque en el fondo es la disposición a recurrir a la violencia en situaciones complejas, determinadas por el miedo y la frustración, lo que provoca esta conducta. Esto exige un esfuerzo de parte de las autoridades locales y la sociedad para promover métodos de resolución de conflictos sociales, promoción de normas de convivencia y la insistencia en la sacralidad de la Ley y de la Vida.

Todo sea porque en el futuro, en situaciones similares a la del pasado 29 de octubre, los ciudadanos dejemos guardados los palos y las piedras.