EL MITO DE LA NACIÓN CATALANA
El nacionalismo catalán está nervioso. La más reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de España, sobre intención de voto para las elecciones autonómicas que el gobierno de Mariano Rajoy ha convocado para el próximo 21 de diciembre, ha arrojado unos resultados que muestran una realidad muy distinta a la que el monopolio político del separatismo ha mostrado, ahora y durante los treinta años que han transcurrido desde la Transición. El conglomerado de partidos comprometidos con la separación definitiva de España y la consecución de la independencia para Cataluña, perdería la mayoría absoluta en el Parlamento catalán, al tiempo que cedería espacio a Ciudadanos, un partido no nacionalista en constante ascenso, tanto dentro de la comunidad autónoma como en el resto de España. La encuesta le da un 22,5 % de los escaños o curules, situándose como el partido más votado.
En la actualidad, los ideólogos favorables al nacionalismo son abundantes y exponen argumentos emocionales, al mismo tiempo que equivocados, sobre las maravillas de un discurso que propone fragmentar y dividir las sociedades a partir de la idea según la cual toda identidad regional, por frágil que parezca, termina constituyendo una nación y debería convertirse en un nuevo Estado. En no pocos programas radiales y televisivos de debate, la comprensión con el nacionalismo se equipara a un sentimiento de conmiseración con el oprimido, y a partir de ahí, se construye un relato en el cual siempre hay dos opuestos: ellos y nosotros; los buenos y los malos; los demócratas nacionalistas contra el autoritarismo central. En el caso de Cataluña, de una forma similar al País Vasco, la realidad es que fue precisamente la vigencia de un régimen democrático y de libertades civiles y políticas, el que permitió el empoderamiento de las fuerzas inspiradas por el deseo de independencia, hasta conseguir instalarse en el poder.
Partidos como Esquerra Republicana de Catalunya, Junts per Catalunya o CUP (Candidatura de Unitat Popular), crecieron y se beneficiaron de las amplias garantías de autogobierno que procura el modelo de las autonomías. Hoy, su apuesta principal consiste en desconocerlo y sostener que el Estado español es injusto e ilegítimo, pero su actuación es contradictoria: todos han postulado candidatos para presidir el gobierno de la Generalitat y ratificar el control del parlamento. Finalmente, su objetivo es el poder político, aún desconociendo la oposición de la mayoría de los catalanes.
El resultado de la encuesta es el reflejo de lo que de verdad quiere la gente. Si el nacionalismo fuera tan mayoritario y no el producto elaborado por una élite política, no se estaría dando el efecto contrario al esperado por personajes como Oriol Junqueras y Carles Puigdemont: en los últimos meses, como nunca antes, cientos de miles de personas se han manifestado en Barcelona para defender la unidad de España, oponiéndose a medidas como la imposición del catalán en la educación pública o la persecución y aislamiento de quienes son contrarios a la corriente oficial. Por fin, la ciudadanía está desmontando el mito de la nación catalana.