Columnistas

Desmoralización con efecto dominó

20 de octubre de 2017

Nombres de personajes que antes nos sonaban a decoro, orgullo, reverencia y respeto, hoy los asociamos con barrotes de cárcel, nos suenan a ralea de corruptos, nos dan vergüenza. Lo inevitable es que cuando se ultraja la moral y la ética en las altas esferas, crece, de inmediato y de forma contundente, una sensación de desaliento e impotencia, que se derrama a todos los demás sectores, con ruidoso efecto dominó. Para bien o para mal, querámoslo o no, irremediablemente, todos somos formadores. En cada momento aprendemos de otros y enseñamos a muchos otros. De ahí la enorme responsabilidad de los que tienen extenso espectro de liderazgo. Muchos seres humanos son sensibles a sus actos, a lo que hacen, a lo que dicen, a las opiniones que entregan en los medios de comunicación, a las frases aforísticas que ponen a circular por las redes sociales.

También hay un efecto de legitimación. Se preguntará toda esa estela de ciudadanos que hay detrás de un alto cargo: Si ellos lo hacen, ¿por qué nosotros no? De alguna manera, las acciones de esos personajes son semáforos en verde para que actuemos igual o, por lo menos, para que no nos sintamos incómodos cuando se nos presenten oportunidades para acciones semejantes, aunque no sean tan atrevidas como las que de ellos denuncian.

Imposible calcular el costo económico y moral que causa este grupo de colombianos. Imposible valorarlo, porque lo que han hecho, sobre todo para un alto número de ciudadanos que no entiende las coordenadas de estos problemas, que no les interesa, que ven las noticias a medias, si las ven, que no les importa tener un nivel de interpretación crítica de lo que pasa en el país, les llega como mensaje que se incorpora en sus modos sin esfuerzo ni argumentos, precisamente, por la imagen que hemos tenido de ellos como personas probas, los mejores, los de imitar, los que dan la pauta del comportamiento. Seguramente, cuando tengan la oportunidad, lo harán.

Es un daño parecido al que hizo el narcotráfico con nuestra juventud en los años ochenta y noventa. Los que vivimos esa historia dentro de la escuela, vimos, de primera mano, cómo los jóvenes, poco a poco, fueron asumiendo el derecho a tomarse la vida fácil, a pretender tener los mayores privilegios en el menor tiempo y con el mínimo esfuerzo, aún por encima de la vida de sus amigos y de su familia; porque esa era una de las atroces pruebas de examen para obtener el honroso título de sicario. Los que lograron sobrevivir a esa consigna indiscriminada de muerte, son los que hoy, en las portadas de los colegios, inducen a niños y niñas en las últimas drogas producidas por la más sofisticada tecnología, sin importar los daños permanentes que puedan causarles, y, simplemente, embrujados por el jugoso negocio que allí explotan. Siempre serán mercaderes de la droga, y muchos de ellos están ya en las grandes ligas.

Obliga salvar que son muchos los juristas y personajes de la política que nos honran con su imparcialidad, con su cultura profesional, aterrizada con entero compromiso en los procesos y responsabilidades a su cargo, y con su actuación siempre limpia.

Y se pregunta uno cuántos años nos tomaremos para regresar a la pulcritud de principios, valores, respeto a la palabra, que había en nuestros padres y abuelos. Cuántos años tardaremos en recuperarnos del daño que estos miserables ocasionaron al diluir las conciencias. Antes, las noticias me despertaban con optimismo. Hoy me producen asombro y vergüenza. Pero hay que despertar; y espabilarse, como dicen en mi pueblo.