Ciencias lúgubres
Hay una discusión sobre el origen del término “ciencia lúgubre” para referirse de forma peyorativa a la economía. El más aceptado se encontraría en la obra de Thomas Carlyle, un famoso pensador e historiador escocés del siglo XIX, quien se habría referido de esa forma al trabajo de Thomas Malthus, que según Carlyle atrapaba a la humanidad en una trampa de crecimiento poblacional y escasez de recursos, que llevaba al hambre y la desolación.
En el debate han terciado académicos que leyeron a Carlyle y encontraron que solo menciona a Malthus en dos ocasiones, en una de ellas en relación con el chartismo. La verdadera discusión de Carlyle se encuentra en un ensayo sobre la reintroducción de la esclavitud en las indias occidentales, donde demostraba que las cuentas daban porque se aumentaba la productividad y eso la justificaba.
Pues bien, la historia viene a cuento porque el distinguido académico Steven Koonin, profesor de la Universidad de Nueva York y exasesor de Obama en temas de medio ambiente, se hace un chiste un poco pesado sobre la posible existencia de una doble ciencia lúgubre. El chiste lo hace en un aparte de su libro (Unsettled: What Climate Science Tells Us, What It Doesn’t, and Why It Matters), cuando critica las cuentas del cambio climático y de los efectos que podría tener en la economía. Dos ciencias lúgubres en acción, según él.
El punto de Koonin no es negar el cambio climático, sino el manejo mediático que se da al tema, sobre todo en lo que se refiere a sus efectos sobre la economía. No se tiene en cuenta la cautela con que los científicos hacen sus predicciones, dada la incertidumbre que se presenta al modelar cosas totalmente nuevas relacionadas con el cambio climático y sus impactos económicos. Además, no se sabe cómo va a cambiar el clima, porque los modelos climáticos son inadecuados y existe incertidumbre acerca de las emisiones futuras.
Había que agarrarse de algo después de leer por razones profesionales el informe del grupo de expertos intergubernamentales sobre la evolución del clima, que se divulgó parcialmente la semana pasada. El informe muestra un futuro poco esperanzador. El balance de la salud de nuestro planeta es, sin sorpresa, sombrío. Aún en el escenario más ambicioso, donde las emisiones de CO2 se reducen a la mitad de acá a 2030, es probable que se sobrepasen los 1,5 grados centígrados de calentamiento en algún momento del siglo. Las consecuencias del calentamiento, dentro de las cuales el desplazamiento de especies, la elevación del nivel del mar y el deshielo de los glaciares serían irreversibles. En ese escenario algunas islas y ciudades costeras desaparecerían.
Pero bueno, Koonin quiere brindar algún consuelo. Con el telón de fondo de incendios en el sur de Europa, California y el norte de África, al tiempo con sequías en Brasil, Argentina y Paraguay, e inundaciones en Bélgica y Alemania, no hay que exagerar, según él, en que se produzca además una debacle económica. Con una ciencia lúgubre, la relacionada con las predicciones del clima, es suficiente, y no hay que agregarle las proyecciones de modelos inadecuados. Como alguien decía con ironía “Nuestro principal problema, incluso ahora, es que nos resulta más sencillo imaginar el fin del mundo que el del capitalismo”. Lúgubre