Buenas noticias
En cama de hospital me tocó soportar la tortura de una pantalla de televisión, que no estaba bajo mi control, escupiendo todo el día sandeces. Fue una jornada terrible. En la mañana un sartal de frivolidades. Cuando llegó el momento del noticiero, nos preguntamos cuántas noticias buenas recibiríamos. Se terminó el noticiero y no las encontramos. No había tregua entre una escena desalentadora y otra. Que asesinaron a un grupo de campesinos, que detuvieron al gerente de una importante empresa, que aparecen nuevos involucrados en los escándalos de Odebrecht, que los maestros, los textileros, los transportadores o los arroceros inician un nuevo paro gremial, por el incumplimiento de los pactos hechos con el Gobierno, etc. Y, con esa cascada de noticias las dolorosas imágenes de niños que han muerto por desnutrición en la Guajira, en el Chocó, en las calles de las ciudades.
Nos han formado, poco a poco, para la demanda de la noticia amarilla. Finalmente, nos llevan a que ese sea nuestro mejor plato, no importa que terminemos embotados. Y, claro, ellos han visto allí una veta para aumentar la fidelidad. La función social pasa de largo. Simplemente se da un juego sistemático de embrutecimiento y anonadamiento. Poco a poco nos han dispuesto para esa expectativa, incluso, para esperar la noticia más espectacular, más deslumbrante, más escabrosa. Tenemos sed de dolor y sangre ajena, como en los tiempos del Circo Romano, y la televisión sabe que la pelea por el rating está precisamente en esas noticias exclusivas, extraordinarias, de último minuto, en los avances, que interrumpen las programaciones previas al noticiero para poner en tensión a los televidentes y garantizar su fidelidad y audiencia. Por eso, viene aumentando la decisión de muchas personas de no escuchar ni ver noticias. Prefieren pasar desinformadas. Dicen que todo es lo mismo, amarillo y rosa. Todo es doloroso, para llorar, o trivial.
¿No hay noticias buenas? Noticias buenas se producen todos los días y en todas partes. Son muchas más que las horrendas. Pero los estudios técnicos de rating saben que no son rentables. Pasa de largo lo que tiene que ver con la cultura, con la ecología, con la solidaridad ciudadana, con ejemplos de emprendimiento, con tantos líderes excepcionales que hacen cosas imposibles cuando no hay recursos, pero entregan un grano de arena a la esperanza del país. ¿Cuántos sabíamos, por ejemplo, el trabajo formidable y ejemplar que se hace en Medellín en los Hogares San José? Necesitamos que viniera el Papa Francisco para darnos cuenta de ello.
Después del mediodía, siguió un programa, casi de tarde completa, en el que desfilaban, sobre tapetes de distintos colores, actores y personajes extravagantes, con costosas y estrambóticas vestimentas, que los bullosos presentadores escudriñaban, desde las botas hasta la gafas. Toda una tarde para chismes de farándula. Y las mismas preguntas: con quién viven, quién los viste, cuál es su dieta, cuántas veces se han divorciado.
Por lo pronto, con la televisión, Giovanni Sartori hizo la denuncia veinte años atrás de cómo sus imágenes van modelando nuestras conciencias, y lentamente nos transforman, de homo sapiens a homo videns, o sea, del hombre sabio al hombre que sólo ve y traga entero.
Claro que hay excepciones. La sección Gente que pone el alma del canal Caracol es un buen ejemplo. También se da en los canales regionales, en los que pesa menos la cuña comercial, y más la misión social y cultural. Pero seguimos estando lejos de tener una televisión constructiva. Sigue siendo una máquina de morbo, rating y terror.