Columnistas

Bronx

07 de junio de 2016

Muchos creen que un habitante de calle es lo peor de la sociedad. Alejándose de cualquier tecnicismo, si son habitantes en condición de calle o indigentes, y sin llegar a ser despectivos como muchos lo hacen al catalogarlos de desechables, el trato que reciben es de escorias. Qué bajo ha caído la sociedad para llevar la condición humana hasta ese extremo.

Usted podría pensar que ese primer párrafo no es más que una simple reflexión moralista. No es así. Es una realidad con la que se convive especialmente en las grandes ciudades y que a la luz de la gente del común es mejor hacerse los de las gafas ante ellos y dejar que se pudran en su inframundo, peor que el Infierno de la Divina Comedia de Dante.

La semana pasada fue un claro ejemplo de lo triste y deprimente que es la vida del habitante de calle. Algo que claramente se vio con la intervención en la zona del Bronx, en Bogotá, un espacio que como lo llamó la BBC de Londres no era más ni menos que el centro de lo peor de la condición humana a escasos 800 metros de la casa de gobierno de Colombia.

“Todo aquel que no fume es sospechoso”, era la ley de este mundo de escasas calles pero mucho dolor. El Bronx era una republiqueta de las drogas y tráfico de armas, donde a diario más de 2.000 personas se convertían en zombis por culpa de las papeletas de bazuco y toda clase de drogas pesadas. Una nebulosa sórdida rodeada de abuso infantil, asesinatos, secuestros y esclavitud. Hoy el espacio es de dominio de investigadores forenses quienes buscan con sus luces fluorescentes trazas de sangre en sitios donde se llevaban a cabo torturas y homicidios.

¿Por qué no se le había puesto freno a esta situación? Dicen que tuvieron que ser secuestrados y torturados dos agentes infiltrados del CTI de la Fiscalía, para que, motivados por el honor y por un halo de desquite, se promoviera la intervención en la zona. Increíble. Hace muchos años se conocía la realidad de este sitio, pero quienes toman decisiones habían preferido que los habitantes de las calles y los menores de edad sometidos a la sordidez, se pudrieran entre mafias que usaban su desespero narcótico para convertirlos en monigotes del delito, en jíbaros y, por supuesto, en esclavos de sus intereses. Eso demuestra lo indolentes, lo importaculistas e indiferentes que podemos ser con la gente en condición vulnerable.

Ante problemas como estos, que todo el mundo sabe que existen y quisiera que se le encuentre solución, los gobernantes optan por la pusilanimidad. El Bronx lo confirma. Hacer, intervenir, actuar, todo lo que denote acción a favor de una solución, es mejor evitarlo. Ignorar es la clave. Ese fue el caso de Gustavo Petro, que con su Bogotá Humana se peló. Se hizo el de las gafas, puso pañitos de agua tibia para disimular la incapacidad o el desinterés para intervenir y dejó crecer el monstruo. La omisión es algo bastante inhumano.

Hoy se calcula que en Bogotá hay más de 10.000 habitantes de calle. Es la misma situación de muchas ciudades grandes. Sí, son un problema social. No porque sean bolas de mugre como algunos los tratan, sino porque no hay interés en ayudarlos. Cada vez son más reducidos los presupuestos para ayudarlos, los gobernantes se mueren de miedo de meter plata, porque atender a los loquitos es muy caro.

Tener conciencia frente a los vulnerables, los olvidados, como Luis Buñuel los llamaba, invita a una reflexión: el moralismo no debe ser la única bandera para solucionar problemas de este tipo. Hay que devolverles la esperanza de vida a muchos que perdieron cualquier motivación por culpa de las drogas, su único motor de evasión frente a esta sociedad que cuando quiere ser descarnada, sí que lo es. La solución es de tres patas. La primera de ellas está cumplida en el Bronx: una magnificente intervención por parte de las autoridades en cabeza de la Policía. Ahora, faltan dos, la atención social a la población vulnerable y la renovación urbana del sector. ¿Será qué cumplen o se quedan solo en el espectáculo policial?.