Bitácora y
hasta pronto
Tuve el privilegio de hacer trabajo editorial desde un periódico como EL COLOMBIANO, durante más de tres años y en medio de la pandemia, la recesión y la incertidumbre. Una experiencia única para alguien que, como yo, se preocupa por los grandes cambios sociales y económicos y también muy intensa, porque para las cosas que se vivieron, nadie estaba preparado.
En función del trabajo consulté muchos de los portales de los grandes medios de comunicación internacionales (El País, Le Monde, Economist, entre otros) y nacionales. En los primeros días de la epidemia, empezaron poco a poco a emerger en ellos noticias sobre una enfermedad desconocida en China, nadie sabía muy bien de qué se trataba. Los médicos estaban desconcertados mientras que en Colombia todo parecía algo muy lejano.
Y, posteriormente, el miedo se instaló, a medida que aparecieron imágenes de pulmones destrozados por el virus y de ciudades chinas confinadas y fantasmagóricas, con funcionarios, persiguiendo contagiados. Emergió de las sombras la OMS, dirigida por un señor de nombre irrepetible, que se encargó siempre de dar las malas noticias y de aclarar cuál era el origen, la capacidad de contagio y la perversidad del nuevo virus. También se empezaron a sentir los primeros efectos económicos, pues resulta que la ciudad china donde se dio el primer brote, Wuhan, cuyo nombre se volvió familiar, es un centro neurálgico de la economía de ese país.
Lo que parecía lejano se volvió realidad cotidiana. Aparecieron los primeros casos en Europa, la enfermedad se propagó y empezó el macabro conteo de contagiados y fallecidos. Hasta que, desde Europa, llegó el primer caso a Colombia, lo recuerdo como si fuera ayer. También al primer fallecido, en Cartagena, un humilde taxista que tuvo contacto con turistas europeos infectados.
Los escritos exigían poner distancia. Tratar de hacer un análisis de algo inédito, muy difícil de entender. De encontrar una salida. Recuerdo mi convencimiento de que la ciencia nos sacaría de esta, que contendría la enfermedad, y así lo escribí. La ciencia no me traicionó, y produjo vacunas en tiempo récord. Sin embargo, aunque hay luz al final del túnel, todavía es incierto cuándo llegará la fecha en que el señor de la OMS diga que la pandemia se acabó o que se volvió endémica.
Como economista, la recesión creada por la pandemia no es la primera que he vivido. Estando en el Banco de la República fui testigo de la crisis local de fin de siglo y de la global, generada nueve años después por las hipotecas subprime en Estados Unidos. Sin embargo, no hay comparación posible con ésta que estamos superando, y en la que fueron cayendo una a una todas las economías del planeta, en un movimiento sincronizado de los sectores de servicios, que se derrumbaron primero por ser los más expuestos a las medidas sanitarias. Las increíbles cifras de la producción y el desempleo, con la caída en los abismos de la actividad productiva global, crearon malestar social y político. Apenas comienza la recuperación, con la lógica implacable de los ciclos económicos, y la exigencia de que sea sostenible y equitativa. Excelentes retos, que viví en el EL COLOMBIANO y que agradezco