Bárbaros
Es curioso que, cuanto más avanzamos en la supuesta civilización, más bárbaros nos hacemos. El fenómeno que observamos es el de una generalización de los conflictos, una explosión de la desconfianza, la trampa, el soborno, del fanatismo, la segregación, la xenofobia, las zancadillas, la brutalidad y la fanfarronería.
¡Qué paradoja! Cuanto más avanzamos en años de historia, menos inteligencia acopiamos sobre lo que significa la naturaleza, la relación con el otro y la pulcritud en nuestras ideas. Lo incoherente, también, es que, contrario a lo que indicaría la lógica, los más bárbaros son los más letrados, son los que se han graduado en las más prestigiosas universidades. Y, como son los más ilustrados, son los más audaces, más recursivos, tienen mañas para soterrar y disfrazar sus intereses.
Crece nuestra sociedad en barbaridad cuando observamos, desmoralizados, que quienes antes ostentaban el respeto y la dignidad de la justicia, hoy son los mercaderes de los procesos judiciales; cuando, más que crear leyes robustas que garanticen la dignidad y la calidad de vida de los colombianos, tejen con toda curia los micos que les garantizarán sacar provecho de la función legislativa.
Nos hacemos bárbaros cuando convertimos los avances tecnológicos en amenazas para la vida, no sólo del hombre, sino de todo el ecosistema. La energía nuclear, de la que tantas bondades esperábamos, se convirtió en constante amenaza planetaria, o en un juego trágico de tiranos. El caso de Corea del Norte y la impredecible reacción de Donald Trump, son alarmantes. Lo que nos podría acercar, lo hemos convertido en objeto de distancia y aislamiento. Cada día es más normal y frecuente la imagen de bípedos humanos clavados en el celular o la Tablet. Me pregunto, porque no hay tregua en el autobús, la calle, los centros comerciales, los restaurantes, incluso en el trabajo, a qué hora ven en directo a sus semejantes, las puestas de sol, los pájaros, las flores y paisajes que reciben por el chat. Nos acostumbramos a ver las flores multiformes y multicolores, a ver la naturaleza exuberante, en el chat, pero pasamos por encima de ella en la realidad. Muchos de los que encuentro en mi camino van con sus ojos clavados en el celular. No hay el más mínimo ademán para un “buenos días”.
Crecen en barbaridad quienes malversan y desvían, para sus propios intereses, fondos de empresas públicas y privadas. Son genios empresariales y del derecho que saben tejer las trampas, expertos en triquiñuelas para tapar, disfrazar, para dar la impresión de que los procedimientos son expeditos, legítimos y diáfanos. Son bárbaros quienes compran votos y conciencias, quienes justifican falsos positivos para catapultar los beneficios personales. Son bárbaros los que encuentran, con facilidad, argumentos para minimizar los presupuestos para lo de mayor prioridad social: educación, salud, tecnología y ciencia.
Acabamos con los pulmones naturales que nos dan la vida. Arrasamos lo que queda de bosques, envenenamos el agua que bebemos y el aire que respiramos. La política ya no se hace en el cruce limpio de ideas, sino a través de la injuria, la mentira y las amenazas que circulan, ya no por los medios tradicionales, sino, a veces firmados con motes, a través de las redes sociales.
Somos los bárbaros del Siglo XXI, y quizás tengamos medallas de mayor brutalidad que aquellos del Siglo V. La brutalidad ya no tiene para nosotros una connotación peyorativa. Ese es el sello de la nueva sociedad, y, lamentablemente, de los nuevos líderes. Crecemos con mayor facilidad en barbaridad que en civilidad, y parece que fuera más contagioso el virus de los modos bárbaros que el de la gentileza.