Arrastrar la dura cadena
“Arrastrar la dura cadena/ Trabajar sin tregua y sin fin/ Es lo mismo que una condena/ Que ninguno puede eludir”.
Para muchos, el trabajo es eso que lamenta Rafael en su canción. Grave cuando ese es el único motivo de nuestro proyecto de vida. A la fatiga que genera, como yugo, se suma el estrés del aglutinamiento en la ciudad, el estrés por el tráfico, por la contaminación, por la larga espera para procedimientos de salud, gestiones públicas y reclamaciones que no tienen retorno; ese funesto popurrí de ruido persistente, en el día y en la noche, de los coches, las motos, las fábricas, de las farras sin control; el estrés del pesimismo que se vuelve virus contagioso en el metro, los buses, el mercado, el paso peatonal, los lugares de trabajo, en los hogares que tendrían que ser nuestros refugios; el pesimismo que engendra la atiborrada información mediática, cada vez más del lado de lo que vende, lo que aumenta el rating, como son la polarización de opiniones, las noticias amarillas y rojas, el desastre y el dolor. Se acaba el compartir la mesa en casa. El ritual de familia es desplazado por la prisa de todos los días con la “comida rápida” en el anonimato de los centros comerciales. El apuro y el control de los relojes se vuelven el modo usual, se esfuma el placer de la lentitud y el silencio; empujados por la inercia se desconecta el ritmo propio. La vida se les hace imposible. Arrastrar la dura cadena arruina el buen genio, frunce el ceño, envejece y deprime.
Por supuesto, muchos trabajos son motivo de abuso, humillación y explotación. Pero, en muchos otros casos, ese concepto es una construcción social dolorosa, peyorativa y pesimista que asocia el trabajo con la cadena que oprime y tenemos que arrastrar. Pero el trabajo digno, dignifica. Por eso nuestro proyecto, desde temprano, debe ser construir el camino para llegar a ese oficio en el que nos sintamos a gusto, realizados, un trabajo que, además de facilitarnos la supervivencia, no sea carga sino motivo de satisfacción. Tenemos que llegar a pensar que hay otras escenas de nuestras vidas de mayor relevancia. Son esas que le dan sustento al espíritu, las que nos hacen pensar que es bueno vivir, que cada día no es un flagelo más, sino una nueva historia, nuevos escenarios para sentir y disfrutar de las personas que amamos y nos aman.
Indudablemente, ahora hay que reinventar, a diario, el modo de vivir. Hay que hacer un esfuerzo, seguramente más allá de nuestras propias posibilidades, para darle relevancia a lo que nos rescata, a lo que amamos y nos ama, a lo que nos da vida, a lo que nos eleva, a lo que nos construye, a lo que nos da vitaminas, a lo que nos empuja a vivir y no a sobrevivir; encontrar, hasta donde la vida lo permita, ese trabajo que no sea una cadena de arrastrar, que nos haga dignos, nos enorgullezca y nos dé la sensación de que no es sólo trabajo, sino rol para vivir, para ser útiles en el engranaje de la vida humana, que nos dé calidad de vida.
No hay disculpa para la búsqueda de buenos proyectos, porque muchos ejemplos en la historia de la humanidad y por supuesto en historias cercanas, nos han demostrado que no hay barreras para los sueños cuando hay energía, disciplina, persistencia y terquedad. Algunos dirán que son casos excepcionales. Son excepcionales porque es excepcional, también, tener empuje, persistencia, terquedad y disciplina. No puede ser asunto del destino, simplemente, arrastrar la dura cadena.