Columnistas

Alfonso Ortiz del C., hombre íntegro que irradiaba felicidad

11 de octubre de 2017

Alfonso Ortiz fue un hombre de principios inquebrantables. Un ser excepcional, auténtico y respetuoso. Transparente, claro en sus convicciones, sensible y ante todo solidario. Valores todos que heredó de cuna y cultivó a lo largo de su vida.

Su manera de ser amable, simpática y cálida le permitió tratar a todos por igual, fueran adultos o niños, importantes o humildes.

Alfonso, de trato exquisito, fue amigo de sus amigos, los disfrutaba y frecuentaba; las tertulias para él, eran la exaltación a la amistad.

La familia fue su máximo orgullo y lo más importante en su vida. Con María Victoria, su querida esposa y cómplice, formó un hogar al que dedicó con desvelo y sacrificio todo su interés.

Sus hijos lo colmaban, eran todo para él, vivía por ellos y para ellos. Gozaba con cada triunfo, con cada avance. Sus nietos le llegaron en su mejor momento, los mimó y fueron su alegría y su compañía, especialmente durante su viudez.

Su visión, disciplina y rigurosidad lo llevaron a convertirse en un exitoso hombre de industria. Su estilo de gestionar, exigente, ecuánime y equilibrado, sumado a su especial forma de ser, le generó resultados positivos y un superávit de amigos. El gran Alfonso fue querido por sus jefes y admirado por sus empleados y colegas.

El campo fue su gran pasión. Su finca era su remanso de paz y de alegría. El reflejo de sus gustos. Congregaba y recibía a la familia y a los amigos con alegría y generosidad; disfrutaba con “la casa llena”, la tertulia, los abrazos y las anécdotas.

Adoraba sus caballos, los criaba y cuidaba de ellos como quien cuida un tesoro, pero sin alardes.

Sus ancestros fueron su otra gran pasión, les rindió culto de admiración y gratitud y siempre que se refería a ellos, lo hacía con orgullo y respeto. Conocía sus historias y exaltó sus gestas y realizaciones importantes.

Vivió su querida Santa Fe de Antioquia a plenitud, la disfrutó, la gozó, se deleitaba con su arquitectura, distinguía todos los santos e imágenes religiosas de los diferentes templos e iglesias; recorrió sus calles y plazoletas empedradas, ya fuera en Semana Santa o en las fiestas de los Diablitos. Le encantaban sus tradiciones, su clima y sus comidas únicas y diferentes. Caminar por la calle de la Amargura le producía una profunda alegría, conocía a cada persona y se daba el gusto de saludarlos por su nombre. Gozaba de una memoria prodigiosa, la misma que lo acompañó hasta el último momento de su existencia.

Fue coleccionista de profesión y oficio. Recibió, heredó, compró y guardó con gran celo, todo lo que recordara a la tierra de sus mayores. Era la manera propia de honrar su memoria. Sin duda, Alfonso fue “el guardián de la heredad”.

Juan Pablo, mi padre y Alfonso, además de primos, fueron amigos inseparables, “amigos del alma” como se dice coloquialmente; esta circunstancia me permitió heredar esta cercanía con él. Alfonso me honró con su amistad, su ejemplo y su cariño y soy testigo de excepción que formó con el ejemplo, vivió con autenticidad, sembró con generosidad y la vida a cambio le permitió cosechar y recoger sus mejores frutos.

Nuestras inolvidables e interminables tertulias, en donde la palabra no se daba, más bien se arrebataba, ya no serán las mismas. Las historias estarán incompletas y las anécdotas no tendrán el mismo sabor y picante; en cualquier caso Alfonso, ten la certeza que en tu honor y recuerdo, continuaremos con ellas.