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Riosucio busca levantarse, otra vez, de las cenizas

30 de noviembre de 2020

A Yilio Perea, habitante de Riosucio, Chocó, las llamas lo sacaron de su vivienda. Eran las 9 de la noche del sábado y el fuego comenzó a expandirse por el barrio Benjamín Hidalgo. La triste experiencia de otro incendio de mayo de 2010 le dijo qué hacer: buscar las bombas, hacer cadenas humanas y sacar agua del río Atrato para arrojarla sobre la conflagración.

Fue un trabajo comunitario. Entre vecinos se ayudaron para salir de las edificaciones y convertirse en rescatistas de civil, porque el municipio no cuenta con un cuerpo de bomberos. La tarea era retadora, no encontraban la batería de las bombas y las viviendas que comenzaban a convertirse en ceniza eran de dos pisos.

“De balde en balde es muy difícil sofocar el fuego”, dice. La zona donde vive es altamente inflamable porque las casas están construidas sobre palafitos, con paredes de madera y techo de teja. No soportaron los embates de la quema que con vehemencia intentó expandirse hasta la madrugada del domingo.

El saldo preliminar es de 250 personas damnificadas y dos víctimas mortales, entre ellas una niña de nueve años y una mujer, según el reporte de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD). En ese municipio con 14.795 viviendas en las que habitan 48.257 personas, según el Dane, un mechero encendido puede ser sinónimo de catástrofe.

La dirección Nacional de Bomberos tiene un listado de 800 cuerpos de emergencia para igual número de municipios. El problema es que en Colombia hay 1.103 entidades territoriales, por lo que 303 municipios, como es el caso de Riosucio, dependen de los servicios que le puedan proveer sus vecinos. En este caso, dice Perea, la ayuda llegó cuando la gente apagó la conflagración por su cuenta.

Un documento del UNGRD dice que los estándares internacionales recomiendan tener un bombero por cada mil habitantes, pero ese municipio de Chocó no tiene ni uno. Por eso, como lo relata Antonio Beltrán, líder comunitario del departamento, el apoyo de los vecinos fue clave para responder a la emergencia.

Beltrán llegó desde el Carmen del Darién hasta esa localidad al amanecer. Regresó a casa y después volvió para llevar ayudas humanitarias. Cuando se confirmó la emergencia, hacia las 3 de la mañana del domingo, el alcalde de Riosucio, Conrad Valoyes Mendoza, hizo un llamado al Gobierno para atender la situación. “Se acaba mi pueblo, que nos ayude con helicópteros para sofocar esta gran emergencia”.

Llegó la luz del día y arribó el apoyo del Ejército, UNGRD, Policía, delegados de Presidencia y otras autoridades. Entre tanto, la Procuraduría pidió intervenir “de manera urgente” para hacer frente a la emergencia.

El Batallón de Ingenieros Militares comenzó las labores de remoción de escombros. Con el suelo blanco por las cenizas y vahos de humo que aparecían al revolcar la tierra, levantaron los pedazos de tejas del piso: el único material que se podría identificar entre los despojos.

Desde el aire las tres manzanas convertidas en cenizas contrastan con el resto de viviendas que lograron seguir en pie a la rivera del Atrato, después de la conflagración. Entre esos escombros estaba Perea, intentado rescatar enceres. “¿Dónde va a dormir?”, le preguntó EL COLOMBIANO. La respuesta: “Cuando uno está acostumbrado a estas emergencias, en algún punto se mete”.