Soldados sin uniforme, el escudo de Chávez que protege a Maduro
EL COLOMBIANO habló con el jefe de un colectivo paramilitar, quien detalló cómo consigue las armas y su vínculo con el Gobierno oficialista.
Periodista egresada de la facultad de Comunicación Social - Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana.
“Soy un soldado de mi comandante Chávez y apoyo incondicionalmente a mi presidente Maduro. Somos un país luchador y tenemos la sangre de Bolívar”, dice un soldado sin uniforme, pero con cicatrices de guerra. Tiene unos 50 años, creció en las calles de Caracas, en el emblemático sector del 23 de enero, parroquia en la que reposan los restos del fallecido mandatario Hugo Chávez.
A su comandante lo recuerda con cariño. Muestra las fotos con él, abrazados como viejos amigos: el presidente tiene una gorra roja y sonríe, hay una cancha de béisbol a sus espaldas. Prefiere el anonimato. Conoció a Chávez en 1998 y desde entonces lo sigue. Tiene dos vidas: la de “gestor social” y la de jefe de un colectivo paramilitar de Venezuela, un escuadrón violento.
— ¿Cuál es su cargo?
— Soy el director general, el segundo comandante. Tenemos una fuerza motorizada de más de 300 hombres. Estamos claros que los americanos tienen las armas, pero nosotros daríamos la sangre por la patria. Soy un guerrero dispuesto a meterse al campo si en mi país se arma una guerra.
La conversación transcurre en una terraza de un barrio estrato seis. Su otra vida lo trajo a Colombia y accedió a hablar con EL COLOMBIANO con la promesa de guardar su identidad. Lleva 22 años siguiendo al chavismo y al menos 18 involucrado con los colectivos. Esos grupos datan de la década del 80, pero eran asociaciones para el trabajo comunitario y, hacia el 2002, aparecen como grupos de carácter paramilitar.
“Lo que hacemos es llevarle trabajo social a la comunidad. Con eso te ganas el barrio”, dice. Niega ser un sicario, más bien se reconoce a sí mismo como un guerrillero. Su asociación es solo una de los 565 grupos vinculados con los colectivos que ha identificado el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS).
Al tratarse de un actor paraestatal, no hay un censo oficial de sus integrantes. Se conoce que las zonas donde ejercen control son Catia, Cotiza, el Cementerio, Petare y el 23 de enero, todos estos sectores populares. Los analistas de seguridad venezolana, consultados para este artículo, no saben con certeza cuántos de esos colectivos están armados, menos el número de hombres que tienen, pero sí está claro que son la última palabra en barrios de Venezuela.
Han sido relacionados con las comunas, que son una forma de organización social que implementó el chavismo y para las que el Gobierno tiene financiación y regulación directa a través del Ministerio del Poder Popular para las Comunas y Protección Social. En 2015 esa cartera tuvo una financiación de 3.252 millones de bolívares pensados para promover movimientos sociales. “Varios colectivos son promotores de comunas y, a través de estas, reciben financiamiento”, afirma el OVCS. Es decir, la financiación de los colectivos también llega de los recursos destinados para las comunas, aunque no hay un reporte que desglose con cuánto dinero se quedan.
Si se mira el margen el poder geográfico, las comunas están presentes desde las zonas fronterizas con Colombia, pasando por estados como Falcón, Lara, por supuesto Caracas, hasta llegar a los más cercanos a Brasil como Amazonas y Bolívar.
Dentro de un colectivo
Algunos de los más mencionados en Caracas son La Piedrita, Alexis Vive, el Frente Motorizado Bolivariano, el Tupamaro, entre otros. Para la presidenta de la organización Control Ciudadano, Rocío San Miguel, es imposible saber con exactitud cuántos colectivos hay, aunque se pueden identificar al menos 21 que son recurrentes y cada uno tiene subgrupos. El caso de “el soldado” evidencia esas ramificaciones. Comenzó en los Tupamaros, pasó por La Piedrita y ya tiene su propio grupo.
Se levanta la camisa y muestra las cicatrices de su guerra. Una herida de bala en el abdomen, otra en la cabeza y una más en el tobillo derecho. Reconoce que en su colectivo hay armas. Las consiguen con hombres que ingresan a la Policía o las Fuerzas Armadas y las sustraen, otras con el dinero que consiguen de las comunas y hacen negocios en el mercado negro. También se financian con “autogestión” de los grupos, con productos o bienes que reciben del gobierno para vender o montar negocios de comida, casinos, sembradíos, entre otros. El consultor de seguridad, Javier Ignacio Mayorca, relata que unas llegan por transferencias ilegales desde las Fuerzas Armadas y de policías afines. Otras son robadas.
Los colectivos controlan quién entra y sale de los barrios. Si hay un desconocido, un ladrón, una persona que no les guste, “se lo cantamos a la Faes (Fuerzas de Acciones Especiales)”, dice “el soldado”. Puede ser un opositor, un ladrón o un violador. Las Faes son un componente de la Policía Nacional Bolivariana y hacen parte del aparato armado estatal. Fueron creadas en 2016 en el marco de las protestas en contra del Gobierno y son señaladas como responsables de la represión a las manifestaciones.
La misión es, según “el soldado”, cuidar a la gente porque “somos los guardianes”. Por eso el OVCS describe a los colectivos como “grupos armados que se consideran a sí mismos como parte de una vanguardia revolucionaria”.
“El soldado” tiene escoltas. Cuando entra un poco en confianza acepta mostrar los videos de sus motorizados. Son imágenes de hombres sin cascos haciendo piruetas en moto en una calle de Caracas, en medio de la multitud. Hacen piques, van uno tras otro retándose entre sí y son tantos que es difícil hacer la cuenta de las personas que están en el video. Cuando va en una de esas motos con sus “muchachos”, él es el rey.
Colectivos y el régimen
En 2017 la oposición convocó a protestas y al tiempo el Ejecutivo de Maduro implementó el Plan Cívico Militar Zamora 200, asegurando que Estados Unidos había dado “la luz verde para un proceso golpista” y el país necesitaba defenderse. Esa estrategia autorizaba la participación de fuerzas militares, milicianas y populares, poniendo así el cuidado de la nación en manos de un actor diferente a la Fuerza Armada Nacional, aún cuando la Constitución indica que la defensa del país está a cargo de actores estatales.
En las fuerzas populares y milicianas entran los colectivos. Junto a ellos están otros grupos: las Unidades de Batalla Hugo Chávez (UBCh), los Consejos Comunales, los Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP) y los Congresos de la Patria. Esa no fue la primera vez que desde el oficialismo se convocó a los colectivos. En febrero de 2014 fue asesinado el joven Juancho Montoya, señalado de hacer parte de esos grupos, y la Fiscalía aseguró que los colectivos eran autores de su homicidio.
Maduro entró en defensa de los paramilitares sentenciando que no aceptaba “la campaña de demonización de los colectivos venezolanos (...) Ellos debieron armarse en el pasado y se han organizado para proteger a su comunidad”. Son sus escudos. También en marzo de 2019, en medio del auge de las protestas opositoras lideradas por el presidente interino Juan Guaidó, pidió a los grupos sumarse a la “resistencia activa”, es decir, que salieran a las calles a confrontar a los marchantes, como sucedió, por ejemplo, el 16 de enero pasado, cuando estos grupos atacaron a profesores que marcharon en Caracas e hicieron disparos al aire para disipar la movilización.
Chávez también usó las asociaciones de ciudadanos armados como su pavés y en octubre de 2010 aseguró que “nacieron para darle mayores niveles de protección al pueblo”. Y “el soldado” está convencido de ello: ser el escudo protector del legado de la Revolución Bolivariana y de la presidencia de Maduro.
—¿Por qué si en Venezuela hay escasez de comida y el país colapsó usted sigue apoyando al régimen?
—Mi fidelidad a mi comandante y a mi presidente es ideológica, no económica...